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Lo primero y último

> Nota: Publiqué este artículo en Esfuerzo y Dedicación. Prometí a mis suscriptores no publicarlo en abierto hasta pasado un año. Ese año ha pasado.

La vieja pluma

Escribo desde el jardín de mi casa; una bandeja de té, un cuaderno un tintero y la vieja pluma de padre son mis únicos compañeros. De la imagen idílica sólo se escapan los esfuerzos que necesite para mojar el plumier en la tinta. Y es que, de tan escaso uso, la tinta del tapón lo había pegado al tintero. La anécdota me sirve de primer ejemplo práctico de esfuerzo y dedicación. Ante la frustración de no poder abrir y el miedo a mancharme podría haber abandonado todo el trabajo, buscar un bolígrafo o reventarme las muñecas hasta vencer la resistencia del tapón. No se me ocurrieron otras opciones.

Mi motivación me impidió abandonar; tengo un lector a quien servir y niños a quien ayudar. Si tuve esta tentación, no fue otra cosa que esa reacción al miedo que llamamos procrastinación; dejar para otro momento lo que consideramos difícil, pero ya conozco a ese mentiroso y sé como ponerlo en su lugar. En cuanto a no buscar el bolígrafo, hablaré luego; por ahora diré que la elección de los materiales tiene mucho que ver con el propósito de esta carta. Quedémonos ahora en por qué no forcé el tintero e ilustremos así un primer malentendido.

Esfuerzo y musas

Trabajo, esfuerzo y dedicación se apartan de la tozudez. Deben ser más bien imaginación, conocimiento e inteligencia. La maña también está en el arsenal de la perseverancia. De niño, inspirado por los arquetipos de las películas, llegué a pensar en el esforzado como un buey: fuerte y constante, pero necesitado de guía, falto de imaginación, carente de carisma y toda brillantez. Tanto es así que creía que debía esperar a la inspiración como quien confía en un milagro. Sin esta magia era imposible hacer nada importante; por tanto crear era confiar en la suerte de haber nacido genio. Mi superstición peor era la fe en la inspiración del último minuto.

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Como alcanzar la excelencia

Tad Waddington me ha dejado impresionado con su “Dejar Huella”. El libro, es una profunda reflexión orientada a la práctica para orientar nuestra vida.

Tad William es una rara combinación de pensamiento práctico y filosófico (es especialista en religiones orientales y doctor en análisis estadístico) y se nota. A lo largo del libro toma inspiración de filosofía occidental y oriental, clásica y contemporánea, para armar un esquema sólido con el que encontrar primero e implementar después proyectos dignos de una vida humana.

Si la cultura del esfuerzo os dice algo, si pretendéis algo más que ir vegetando los días de vuestra vida, si tenéis más horizonte que el placer y dar una imagen vacía de éxito, Dejar Huella os encantará. Al menos, me gusta pensar que por eso me ha encantado a mí.

¿Cual es la idea principal?

“Hace unos 2300 años Aristóteles señaló la conveniencia de pensar en cuatro causas:”

  1. Causa Material, o de que está hecha una cosa.
  2. Causa Eficiente, o como esta hecho una cosa.
  3. Causa Formal, que es una cosa.
  4. Causa Final o para que se hace una cosa.

Para Tad la Causa Eficiente viene a ser algo así como la productividad. Aquellos de ustedes que ya dominen GTD o un método equivalente ya tienen bases sólidas en esta causa. Sólo que para Tad, para hacer una contribución duradera en el mundo, hace falta seguir una estrategia de “Selección K”. Esto es, invertir mucho esfuerzo y dedicación en unos pocos proyectos fundamentales. “La acción eficaz en un mundo complejo requiere una acción considerada, es decir, saber cuando y como emprender una acción y cuando no”.

La Causa Material son los recursos con los que disponemos. Y para Tad Waddington estos vienen a ser tres, que en realidad se resumen en uno: Percepción, Destreza y Maestría. La Percepción es vital porque nos permite ver el mundo tal cual es y actuar en consecuencia, tal como el cinturón negro es capaz de anticiparse a los movimientos del adversario. Pero esa percepción exige maestría y Tad Waddington no habla de una maestría básica, sino más bien del Areté griego, del muga japonés: “un estado de destreza en el que no hay ninguna diferencia, ni siquiera del grosor de un cabello entre la voluntad del hombre y su acción”.

No sé si los grandes pintores clásicos alcanzaron el muga. Seguramente no, porque uno siempre se pide más. Pero el truco es que basta alcanzar este nivel en una acción muy simple, como dibujar una línea recta. Una vez conseguido este triunfo, la creencia japonesa es que esta confianza fundamental se transmite a todas las áreas de nuestra vida.

La Causa Formal viene a ser el anteproyecto, el esquema que hemos de seguir, el mapa de carreteras que va desde nuestros valores a los resultados.

Por último la Causa Final se refiere a esos valores y sólo podremos hacer una contribución duradera a la humanidad desde los valores superiores. Son estos los que nos confieren fuerza y determinación para emprender y culminar una tarea significativa. Quien escriba una novela sólo por escribirla, lo lógico es que jamás la termine.

¿Así de fácil?

Tad Waddington es lo suficientemente honesto como para dedicar dos capítulos a los problemas teóricos y empíricos que presenta su tesis. No se refuta a sí mismo, como es natural, pero sí alerta de las posibles piedras que hay en el camino entre el libro y las realidades.

De entre estas me voy a quedar con dos. Primera, que para maximizar los efectos hay que repartir los esfuerzos a partes semejantes entre las cuatro causas. En otras palabras un esfuerzo sobrehumano de trabajo (causa eficiente) puede compensar nuestros defectos de maestría o dones artísticos (causa material) pero no va alcanzar el mismo resultado que una distribución más equilibrada entre maestría y trabajo.

La segunda que la teoría de las cuatro causas no describe el mundo sino que es una herramienta para la acción.

¿Sólo para genios?

Pues sorpréndase, la persona que aparece más veces citada como ejemplo es una enfermera Bryan que se acaba jubilando sin acceder a un ascenso. De medios y formación limitada, la enfermera es capaz de hacer una contribución duradera al hospital a través de un sencillo control de calidad: la regla de la enfermera Bryan: ¿Estamos seguros de que hacemos lo mejor para los pacientes? El genio está en aplicar esta regla de forma sistemática a todo lo que se hace en un hospital.

No lo dice Tad, pero es evidente que a más formación, más impacto hubiera logrado la enfermera Bryan. Pero su devoción a los pacientes, motivada por valores profundas y una maestría en las tareas que tenía encomendadas, junto con una especial sensibilidad, fueron suficientes.

Nota Personal: Me pregunto si la enfermera Bryan era en realidad grande, sólo que como lo era en habilidades “de mujer”, parecían “menos importantes”.

Además siempre nos quedará la regla Knickerboncker.

“Para alcanzar la areté literaria coloque el trasero en la silla y empiece a escribir”.

Una recomendación.

Por favor, leeros este libro. Ya ha demasiado gente instalada en la mediocridad, gente que no quiere hacer nada en la vida, gente cuyo solo horizonte es el fin de semana, el centro comercial y presumir de viajes.

Nos toca a contribuir al mundo, porque somos muy pocas personas las que de verdad queremos. Y quien de verdad quiere acaba encontrando una manera. A saber la de cientos de personas que, sin saberlo, han vivido gracias a la regla de la enfermera Bryan.

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El artesano del conocimiento

Escribo el borrador de este artículo en un cuaderno de papel. Encuentro justo que sea la pluma el primer instrumento de estos reglones. Resulta que, para este mundo online vengo a reivindicar una nueva artesanía, siguiendo a los primeros pioneros.

## ¿Qué es un artesano?

La imaginación nos trae recuerdo de un señor sembrado de canas, sentando en un taller polvoriento, rodeado de penumbra y colores cálidos, aparente desorden y precisión en el trabajo. Llegan también olores de honestidad, lamentos de la pobre recompensa monetaria y satisfacción con uno mismo y su esfuerzo.La conversación del artesano empieza dulce, da frescores de alegría al saberse escuchado y acaba con el regusto amargo del que se sabe especie en extinción.

Estoy seguro de que conoces el método de producción actual, supongo que también los previos modelos industriales y quizás te hayan llegado rumores sobre “generaciones automáticas de ingresos” o “semanas de trabajo de dos horas”.

Dejadme proponeros otra cosa. Trabajar con excelencia en lo que amáis para los demás. ¿Suena a “mundo de la tarta de fresa”? Ya veréis que no.

## La excelencia es sangre.

Sobran productos mal hechos. La calidad inferior sólo tiene sentido en el mercado si son baratos siempre que, al menos, cumplan los mínimos.

¿Pero qué sentido tiene un producto de conocimiento de baja calidad? Tengo a Aristóteles, a Marx, a Hegel, a Adam Smith y tantos otros. Sí, es cierto, no todo el mundo puede leer un manual de economía, por ejemplo, y aprovecharlo. Hacen falta divulgadores y desde luego un blog es una magnífica plataforma para ello y no hace falta ser un científico puntero para divulgar ciencia, ni filósofo para hablar de filosofía.

Y es que tengo también muchos medios -blogs, periódicos, libros, programas de televisión como Redes- de muy buena calidad a coste cero o casi. ¿Para qué necesito leer pamplinas a medio pensar?

## Líneas maestras.

Debo prohibirme producir contenidos de baja calidad, lo que en la era de la información llamamos ruido. Para ello debo ser organizado, apasionarme en mi labor y controlar procesos y resultados.

Contesto ahora, antes de que se me pregunte la razón del aparente fracaso de la calidad. ¿Por qué encuentra la gente más valor en las telenovelas que en Rilke? Ya sé, las telenovelas pueden tener también su calidad y sí, también sé que estamos comparando peras con tuercas, pero la respuesta se encuentra en la política de comunicación.

¿Dónde se anuncia Rilke? ¿Qué marca deja -en presente- hoy? Sólo los intelectuales, los aficionados a la poesía y algún aspirante a aficionado como yo, le recordamos y disfrutamos de él.

## ¿Podemos competir con la industria?

Nuestro feliz artesano con conversación de regusto amargo no pudo competir con la industria. ¿Y un artesano del conocimiento? Ya no tiene que andar solo; puede conectar con otros artesanos, e incluso con la industria -que ya no tiene que ser enemigo- y forjar alianzas más o menos permanentes. Tiene en su ordenador un herramienta casi tan sofisticada como la de cualquier empresa. Puede conectar con todo el mundo, dejar su huella. Sin más barreras que las del idioma y cultura – y ni estas son insuperagbles- puede posicionarme en cualquier lugar. No busca derrocar a la industria, no lo necesita, pero puede hablar de igual a igual.

No llegará sin esfuerzo y sin un buen hacer. Si quiero comunicar en Argentina, deberé encontrar la manera de comunicar a los argentinos. Si quiero hablar a los indonesios, tendré que desarrollar empatía con su cultura. Pero, como ya he dicho, no tengo que hacerlo solo.