Recuerdos de quietud
Las nubes

En largos días de paz,cuando contemplaba bravas carrerasde naves espaciales,las nubes así hiladas,por los ojos mágicos de un niño.

La infancia es un periodo muy interesante de la vida. No es necesariamente el mejor, salvo porque nos vamos tragando aquello de Manrique, que «cómo a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor». Pero sin duda es un tiempo interesante, sobre todo cuando sabemos responder al aburrimiento con imaginación.

El juego de crear

No sé si habrá cambiado eso ahora con los videojuegos y esas cosas. Niños y adultos vivimos en mundos diferentes que solo se encuentran puntualmente. Sobre todo si, como es mi caso, no tienes hijos propios. Pero en mis recuerdos los tiempos de aburrimiento se suplían, si estaba solo, con imaginación. Muchas veces me bastaba el simple paso de las nubes para que me surgieran historias. Otras veces eran las formas del suelo o cualquier bicho que pasara. Cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa era vehículo de mi imaginación.

¿Y a dónde iba esa imaginación? Mayoritariamente a batallas y aventuras de fantasía. Pero francamente ni antes ni ahora creo que eso es lo importante. En el juego lo que cuenta es el acto de jugar, y en ese juego de creación lo relevante es poner la imaginación a trabajar. Nadie había para juzgarme, ni siquiera yo mismo, y pronto iba a ser todo olvidado, para ser sustituido por un nuevo juego.

¿Volver a ser niño?

Pues bien esta actitud no es un tesoro perdido en la infancia, ni un poder secreto que pierdas al crecer. Solo hay que, otra vez, dejarse llevar. Buscar el tiempo si hace falta y jugar a creer que todo es posible para poder crear en la más absoluta y gozosa de las libertades. Y sí darse permiso para borrarlo todo, olvidar y volver a jugar otra vez. Si sale algún producto literario de eso mejor, si no, no pasa nada, no era lo importante. No, esta vez.

de Miguel de Luis Espinosa