Invisible.

De una lágrima nace una sonrisa.

Rubén estaba llorando de hambre, con la cabeza entre las rodillas, sentado sobre la cripta del cementerio que usaba de vivienda. Ya no se acordaba de cuando su madre le dejara abandonado al frío de las sombras grises del cementerio; años quizá, pero estos últimos cinco días habían sido los más dolorosos de su joven vida.

El domingo anterior la fiebre le había encadenado a su cama de piedra hasta hacía apenas unas horas, cuando su enfermedad se desvaneció de repente. En todo ese tiempo no había sido capaz de rebuscar comida en la basura, ni mendigar, ni siquiera quejarse a pesar de la angustia el sudor y el dolor – ¿de qué vale llorar cuando nadie escucha? –


Ya nadie amaba a Antonia, la señora del bolso rojo que había vivido con una sonrisa en la cara hasta hacía apenas 7 años. La señora, –que aún recordaba los días de prosperidad de cuando España era una nación rica—, luchaba por sobrevivir con una modesta pensión. Ahora en el año 2043 los 1200 euros que llevaba en el bolso apenas le permitirían comprar arroz, cebollas, algo de pescado y una pasta que podía hacer pasar por gambas troceadas.

Enrique, su muy querido Enrique, el que le regalaba ángeles de besos y corazones de caricias, había muerto en su cama sin quejarse un día de la falta de medicinas para su cáncer. «Sin dar la lata», como él decía, casi pidiendo perdón por estar enfermo, aguantó dos años enteros hasta que hacía exactamente cinco años, mientras leía el Evangelio a su muy querida Antonia, dejó de respirar.

A veces a Antonia le parecía que todavía podía escucharle: «Permaneced en mi amor».

Por amor a Enrique, Antonia se enfrentaría a los zombis que plagaban los cementerios de todo el país; es decir, a los niños que habían encontrado en las más viejas criptas que nadie ya visitaba un lugar para calentarse.

Aquella vez Antonia tuvo que sacar todo su valor. Después de un frenético día en el mercadillo de ropa usada se le había hecho muy tarde para su visita diaria al cementerio. Así, bajo la lluvia, entre el frío, sobre el barro y rodeada de macilentos cipreses se encaminó de noche por el sendero que llevaba al cementerio viejo.

Y aún mil demonios guardaran la puerta hubiera visitado a su muy querido Enrique el que le había llenado sus ojos de poesías de sonrisas con cada mirada de su vida.

Antonia no vio ni el más débil brillo de ningún fantasma. Fue incapaz de escuchar los lloros de María, la joven que se suicidara después de que su novio matara a su bebé y ahora vagaba desesperada con una muñeca de trapo de la basura. Tampoco a la pequeña Anita que volaba entre los árboles buscando a su mamá, ni a ninguno de los otros espíritus que seguían muriéndose de tristeza cerca del camposanto.

Antonia no creía en demonios, ni fantasmas ni paparruchas; solo temía que los zombis la pegaran y la robaran por cualquier cosa

¡Zombi! Rubén odiaba esa palabra casi tanto como ladrón. La primera la usaba para insultarle solo porque vivía entre las tumbas; la segunda porque todos suponían que como era un niño pobre y solo tenía que robar.

Eso era mentira. Puede que si estuviera realmente desesperado cogiera alguna cosa o, bueno, vale, dos del supermercado, pero eso no era razón para que lo llamaran ladrón. Al fin y al cabo había compartido su comida, incluso lo último que le quedaba, con muchos niños como él y a nadie se le había ocurrido llamarle santo.

Sin embargo contra la palabra zombi no tenía defensa. Cuando se miraba en el trocito de espejo que guardaba en un bolsillo le parecía que todos tenían razón. Si no era más que un cuerpecillo flacucho de diez años con el aspecto de ocho, vestido con ropa de propaganda sucia y rota, cubierto del polvo gris de las piedras salvo por los caminos que en su cara dibujaban sus lágrimas. Sí, era cierto que parecía un zombi, aunque un zombi no era.

En cuanto Antonia llegó ante la cruz de su amado que solo tres clavos adornaban, sonrió. De alguna manera se hacía la ilusión de que Enrique estaba aún allí, leyendo los salmos como tantas veces en misa. «Señor, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu santa montaña? Aquel que camine rectamente, y haga la justicia, y hable la verdad en su corazón»…

Justo entonces otro velado sonido, como el de un lloro que se apaga, reemplazó la fantasía de su mente con un sentimiento extraño, misterioso y lejanamente conocido.

Rubén, agarrándose a su última posibilidad de ser alimentado, había andado casi arrastrándose, casi flotando, casi sin entender lo que le pasaba hacia la espalda de Antonia y, llegando hasta a ella, perdiendo en ese instante su última esperanza, se había derrumbado exhausto y exánime en el suelo.

Antonia, algo resentida y, en mucho mayor grado, temerosa de las veces que algún niño mendigo la había insultado nunca se hubiera acercado a Rubén de no ser por Eduardo. Ante su tumba, ante el recuerdo de su amor por un hombre bueno, delante de aquel niño de respiración agotada, Antonia se vio inundada de un súbito amor que dispersó todo miedo.

Rubén, al sentirse besado en la frente, abrió los ojos y respondió con una sonrisa y luego, sumergiéndose en un sueño sin fondo, se deslizó de los brazos de la bella y vieja señora.

Antonia sintió sus labios extrañamente fríos y se turbó al ver que sus brazos perdían su fuerza. Un pensamiento desquiciado recorrió su mente – Quizás… no, no puede ser -se dijo- de ninguna manera puede ser. Se limpió entonces la boca y en su pañuelo pudo ver un rastro negro de mugre. -¡Tranquila, no es nada! -se dijo y, repusiéndose, recogió al niño del suelo -Pesa menos que un suspiro, pobrecito.


Rubén despertó en un mundo de flores, arte y limpieza. Estaba en una litera, recién bañado, oliendo a colonia y lavanda, vestido con un pijama azul que declaraba orgullosamente «Capitán del Espacio». A su lado, en el viejo sofá donde obviamente había pasado toda esa noche, Antonia volvía también a la vida.

Muchos días pasaron de alegría y cariño; Antonia pretendía no escuchar sus millones de palabrotas ni sus otros problemas de comportamiento que ya a nadie importan. En vez de eso se centraba en su lucha por ser un niño bueno, un niño como los otros. La verdad es que ambos suponían entonces que, al final, fracasarían pero se necesitaban lo suficiente como para intentarlo una y otra vez.

Y el arroz fue diario, el pollo mensual, el chocolate navideño y el amor incesante.

Antonia, como la adulta que era sabía que tendría que informar a las autoridades sobre Rubén, quizás le dejaran quedarse con él -¡Dios mío, por favor, tienen que dejarme!… O quizás no -pensaba en sus silenciosos lloros bajo la mortecina luz de las estrellas. …o quizás no, pero es que si no les llamo, tarde o temprano se enterarán y entonces sí que me lo quitarán…

Dos semanas más tarde, tan pronto como le fue posible, vino Luisa, la trabajadora social. La joven mujer, vestida aún como la estudiante universitaria que tiempo antes fue, tenía grabada en las mejillas una expresión extraña, mezcla de esperanzas tímidas y tristezas rutinarias de ver a personas rotas; especialmente con niños y ancianos, un poco de un corazón radiante y otro de mente hastiada de ser mentida día tras día.
Antonia, temblando, condujo a la profesional hasta la cocina-comedor de su pequeño apartamento donde, vestido de comunión, Rubén esperaba.

¿Dónde está? -preguntó Luisa.

¿No le ve usted? -respondió la señora- Ahí delante.

Luisa, por supuesto, no podía verle. Para ella Rubén no estaba en ninguna parte y tras un incómodo minuto silencioso, sonrió a Antonia y le dijo que eran cosas de la edad, que a veces se ve mejor la fantasía, nuestros deseos, que la gris realidad, que era una cosa normal, que bastaría ver al médico y tomarse un par de pastillas de vez en cuando.

Al día siguiente, de vuelta del médico, tomadas religiosamente sus medicinas, Antonia se dejó caer derrotada en el sofá.

Quería morir.

No era la humillación ni el temor a la institución mental lo que parecía deslizarla hasta las puertas del abismo sino el horror a perder a su niño; peor, a que nunca lo hubiese tenido.

Entonces, a su espalda, sintió el susurro de un alma y girándose, volvió a ver a su niño, con el pijama puesto y los pies descalzos flotando a dos centímetros del suelo.

No mamá, no llores. Por favor, no llores. No estás loca… solo soy un fantasma.

Oh, bueno -replicó Antonia sonriendo- ¿ era eso?

Miguel de Luis Espinosa