El precio de la desconfianza

No seas tonto, te dicen, no confies en nadie, estáte siempre en guardia. Y los que así te cuentan se tienen por “más sabios” porque “saben más de la vida”, por “haber vivido más”. Y piensan también que es lo mejor en cualquier caso. Si luego resulta que no me están engañando pues mejor, pero más vale estar preparado, por si acaso. En lo que no caen estos expertos de todo es que por la desconfianza también hay que pagar un precio. Hay costes evidentes, incluso necesarios, pero que por ser necesarios no dejan de ser un mal. Hablamos de las cárceles, la policía, el ejército, los sistemas de alerta temprana y los servicios de inteligencia. Puede que no nos quede más remedio que tenerlos pero son un coste y no siempre, ni en todos los casos las mejor política.

En nuestra vida diaria, la falta de confianza produce oportunidades perdidas. También resentimiento y una sensación de impotencia que nos impide transformar el mundo, conformándonos con aceptarlo tal como es o poner parches. Así mueren muchas ideas innovadoras en las empresas, se paralizan las administraciones públicas, se crean resistencias en los clientes y convierte a las ong en instituciones. Ya seamos nosotros quienes desconfiemos, ya sean otros los quienes desconfían de nosotros, justa o injusta, la desconfianza genera pérdidas.

¿Y qué hacer? ¿Abrazar el poder de las flores y amor universal de kumbayá?

Lo primero es ser digno de confianza

Se habla mucho de “generar confianza”, centrándose demasiado en las apariencias. Casi, casi se trata a la confianza como si fuera un producto industrial de forma que uno puede meter materias primas en una máquina para que nos devuelva la confianza empaquetada. No me extrañaría que pronto vendieran alguna en la teletienda.

Sí, por supuesto que hay que tener en cuenta la imagen que proyectamos, pero por lo que le he entendido a Andrés Pérez Ortega esa imagen debe ser proyección de una realidad digna de confianza.

Sí, es bueno que te perciban como alguien fiable, pero lo primero es cumplir con la palabra dada. Sí, es bueno que anuncies tu puntualidad y tu compromiso de ser buen pagador, siempre que efectivamente lo seas. Y no, nadie exige, ni cree perfecciones, pero sí en un modo de actuar que se traduce en hechos.

Lo segundo es asumir riesgos.

La pregunta no es hasta donde, o desde cuándo se puede confiar en una persona. Pongas los filtros que pongas, examines como examines a alguien, sólo puedes saber, en el mejor de los casos, cual es su disposición en este momento. Dicho de otro modo, no hay forma de predecir con seguridad lo que una persona hará en el futuro. Y esto vale tanto para matrimonios, como para los amigos o los socios. Ni siquiera puedes depositar plena confianza en ti mismo. De acuerdo, es poco probable que te traiciones conscientemente pero nadie está libre de error.

¿Y qué hacer? ¿Esconderse en un búnker?

No, tomar la decisión de confiar a pesar de no tener seguridades absolutas. Eso sí, tener mecanismos para asegurarse de que una traición no suponga el colapso. El trabajo de todo el mundo debe pasar por un control de calidad, y eso incluye el tuyo propio. Y sí, también habrá gente con la que no puedes tener tratos y punto porque han vivido instalados en el engaño.

¿Y si pasa?

Pues pasó y seguimos adelante. Vivir es un riesgo; vivir como si fueras una tortuga protegida bajo un inmenso caparazón también y caminas mucho más despacio.

Miguel de Luis Espinosa