Cuando Rabí Hilel tomó el tren

Este cuento es una respuesta

Hace algunos años aprovechaba los consultas que me llegaban desde mi antiguo blog como inspiración para escribir un artículo. Permíteme que ahora responda con un cuento que no es talmúdico ni nada que se le parezca, pero casi…

Un rabino de hace más de dos mil años

Dicen que el bendito Rabbi Hilel salió una extraña noche de su siglo para despertar solo y sin dinero en un tren francés en 1869. Aún peor, había olvidado todos sus conocimientos salvo el de la Torá. No recordaba dónde había vivido, ni su verdadero siglo, ni su lugar de nacimiento, ni siquiera su nombre.

Más tuvo por bendición del Alt·simo que ya hubiera pasado el revisor a comprobar los billetes y que junto a su asiento se encontrara un tal Moshé, joven estudiante de una yeshiva de París cuyo nombre fingiré haber olvidado. En cualquier caso el tal Moshé creyó, por su atuendo, encontrar en Rabbí Hilel un señor del medio oriente a quien, a pesar de suponerle de religión musulmana, no pudo evitar preguntarle en francés.

Señor, disculpe, ¿ha estado usted en Jerusalén?

Eran tiempos, te recuerdo, muy distintos a los nuestros, con otros odios y amores y en los que los viajeros eran fuente admirable de conocimientos.

El confudido Hilel hubo de responder en hebreo. Moshé reconoció el idioma que entrañaba alegría en su corazón al instante. Se desarrolló entonces una difícil conversación. Moshé apenas sabía un tercio de las palabras hebreas de la Toráh y alguna del Talmud. Rabbi Hilel no entendía nada de ese, —para él—, mundo moderno y solo el respeto a su propia dignidad le impedía asustarse del engendro mecánico en el que creía estar preso. Más aún con esas y mayores dificultades pudieron entenderse.

Moshé le contó, para terminar, que el tren pasaba por todas las estaciones desde Rennes a París. Y le habló además de las bondades de todas ellas. Sin embargo el maestro no pudo decidirse por ninguna.

—En verdad, —le dijo al joven estudiante, —si bajara ahora del tren, ¿podría enseñar la Torá?

—Sí, si hablara francés.

—Y si no bajara del tren, ¿podría enseñar la Torá?

—Sí, quizás a mí, si soy capaz de entenderle.

—Bien, empecemos ahora.

Y para cuando terminaron el viaje, el joven Moshé quedó tan impresionado que presentó a su nuevo maestro a su yeshivá donde fue enseguida admitido entre los formadores. Como puedes imaginar, querido lector, esta es la razón en la que debo fingir no conocer el nombre de esa escuela.

Destripando el midrash

No leas esto.

Piensa.

Que te destripo el midrash.

Si es que se le puede llamar así a esto.

Mi madre, qué vergüenza.

No sé como me atrevo a llamarlo midrash.

En fin, ¿cuento judío?

¿pseudo-cuento pseudo-judío? ¿pseudo-casi-algo?

Bueno, lo que quieras

No deberías leer esta parte

En serio.

Piensa

Vuelve atrás

En fin.

Vale.

Si insistes

Que te lo destripo, ¿eh?

Y a lo mejor tu meditación hubiera sido más fecunda.

No.

De hecho estoy seguro que debería meditar más y no seguir leyendo

..

.

.

.

.

En fin,

tú lo has querido.

Aquí te lo destripo…

Más para ti el nombre de la escuela no es importante, ni cómo consiguió Rabí Hilel volver a su siglo sin haber envejecido más de dos canas, sino que pienses en que el sabio, entre todas las opciones, eligió la que habitaba en su corazón, mostrándose así tal cual era, en esencia, más allá de las épocas y las culturas.

de Miguel de Luis Espinosa