Como alcanzar la excelencia

Tad Waddington me ha dejado impresionado con su “Dejar Huella”. El libro, es una profunda reflexión orientada a la práctica para orientar nuestra vida.

Tad William es una rara combinación de pensamiento práctico y filosófico (es especialista en religiones orientales y doctor en análisis estadístico) y se nota. A lo largo del libro toma inspiración de filosofía occidental y oriental, clásica y contemporánea, para armar un esquema sólido con el que encontrar primero e implementar después proyectos dignos de una vida humana.

Si la cultura del esfuerzo os dice algo, si pretendéis algo más que ir vegetando los días de vuestra vida, si tenéis más horizonte que el placer y dar una imagen vacía de éxito, Dejar Huella os encantará. Al menos, me gusta pensar que por eso me ha encantado a mí.

¿Cual es la idea principal?

“Hace unos 2300 años Aristóteles señaló la conveniencia de pensar en cuatro causas:”

  1. Causa Material, o de que está hecha una cosa.
  2. Causa Eficiente, o como esta hecho una cosa.
  3. Causa Formal, que es una cosa.
  4. Causa Final o para que se hace una cosa.

Para Tad la Causa Eficiente viene a ser algo así como la productividad. Aquellos de ustedes que ya dominen GTD o un método equivalente ya tienen bases sólidas en esta causa. Sólo que para Tad, para hacer una contribución duradera en el mundo, hace falta seguir una estrategia de “Selección K”. Esto es, invertir mucho esfuerzo y dedicación en unos pocos proyectos fundamentales. “La acción eficaz en un mundo complejo requiere una acción considerada, es decir, saber cuando y como emprender una acción y cuando no”.

La Causa Material son los recursos con los que disponemos. Y para Tad Waddington estos vienen a ser tres, que en realidad se resumen en uno: Percepción, Destreza y Maestría. La Percepción es vital porque nos permite ver el mundo tal cual es y actuar en consecuencia, tal como el cinturón negro es capaz de anticiparse a los movimientos del adversario. Pero esa percepción exige maestría y Tad Waddington no habla de una maestría básica, sino más bien del Areté griego, del muga japonés: “un estado de destreza en el que no hay ninguna diferencia, ni siquiera del grosor de un cabello entre la voluntad del hombre y su acción”.

No sé si los grandes pintores clásicos alcanzaron el muga. Seguramente no, porque uno siempre se pide más. Pero el truco es que basta alcanzar este nivel en una acción muy simple, como dibujar una línea recta. Una vez conseguido este triunfo, la creencia japonesa es que esta confianza fundamental se transmite a todas las áreas de nuestra vida.

La Causa Formal viene a ser el anteproyecto, el esquema que hemos de seguir, el mapa de carreteras que va desde nuestros valores a los resultados.

Por último la Causa Final se refiere a esos valores y sólo podremos hacer una contribución duradera a la humanidad desde los valores superiores. Son estos los que nos confieren fuerza y determinación para emprender y culminar una tarea significativa. Quien escriba una novela sólo por escribirla, lo lógico es que jamás la termine.

¿Así de fácil?

Tad Waddington es lo suficientemente honesto como para dedicar dos capítulos a los problemas teóricos y empíricos que presenta su tesis. No se refuta a sí mismo, como es natural, pero sí alerta de las posibles piedras que hay en el camino entre el libro y las realidades.

De entre estas me voy a quedar con dos. Primera, que para maximizar los efectos hay que repartir los esfuerzos a partes semejantes entre las cuatro causas. En otras palabras un esfuerzo sobrehumano de trabajo (causa eficiente) puede compensar nuestros defectos de maestría o dones artísticos (causa material) pero no va alcanzar el mismo resultado que una distribución más equilibrada entre maestría y trabajo.

La segunda que la teoría de las cuatro causas no describe el mundo sino que es una herramienta para la acción.

¿Sólo para genios?

Pues sorpréndase, la persona que aparece más veces citada como ejemplo es una enfermera Bryan que se acaba jubilando sin acceder a un ascenso. De medios y formación limitada, la enfermera es capaz de hacer una contribución duradera al hospital a través de un sencillo control de calidad: la regla de la enfermera Bryan: ¿Estamos seguros de que hacemos lo mejor para los pacientes? El genio está en aplicar esta regla de forma sistemática a todo lo que se hace en un hospital.

No lo dice Tad, pero es evidente que a más formación, más impacto hubiera logrado la enfermera Bryan. Pero su devoción a los pacientes, motivada por valores profundas y una maestría en las tareas que tenía encomendadas, junto con una especial sensibilidad, fueron suficientes.

Nota Personal: Me pregunto si la enfermera Bryan era en realidad grande, sólo que como lo era en habilidades “de mujer”, parecían “menos importantes”.

Además siempre nos quedará la regla Knickerboncker.

“Para alcanzar la areté literaria coloque el trasero en la silla y empiece a escribir”.

Una recomendación.

Por favor, leeros este libro. Ya ha demasiado gente instalada en la mediocridad, gente que no quiere hacer nada en la vida, gente cuyo solo horizonte es el fin de semana, el centro comercial y presumir de viajes.

Nos toca a contribuir al mundo, porque somos muy pocas personas las que de verdad queremos. Y quien de verdad quiere acaba encontrando una manera. A saber la de cientos de personas que, sin saberlo, han vivido gracias a la regla de la enfermera Bryan.

de Miguel de Luis Espinosa