Nueva memoria, haibun

Ante mí nueva costumbre de escribir algo que se parece a un haikú estoy empezando a fotografiar a lo que me parece que merece un poema. Y ya meto la pata porque en verdad todo merece un poema, porque la poesía lo abarca todo. Pero resulta que no he querido sacar el haikú que me estaba naciendo de esas flores de la foto que debería acompañar estas palabras, porque la foto ha robado la brisa y las hadas que en ella se escondían. Pues bien, también esta contrariedad merece un poema, seguramente mejor que el ahora sigue:

calma de viento

flores que no se mecen

¿nueva memoria?

Recuerdos, haikú

flor espinosa

entre polvo y rocas

nace el rocío

Experimentando con este formato. La foto no es mía, pero de dominio público, el haikú está basado en un recuerdo de verano y no puedo viajar en el tiempo para fotografiarlo. Pero siempre tenemos la poesía.

Quiere comernos, haibun

Os acordaréis del andén 9 ¾ de Harry Potter, del armario que lleva a Narnia o del pasadizo secreto de la casa de tus abuelos. Yo, desde luego, me acuerdo de este último porque era real; —lástima que derribaran la casa tradicional-caótica para construir un edificio en estilo contemporáneo-aburrido y no pueda demostrarlo. (Siempre es más difícil encontrar la magia en los edificios modernos, porque a los duendes no les gustan mucho).

Vale, pues a lo que voy es que en un parque cerca de mi casa hay muchos espíritus tragones que se colaron en el mundo aburrido en forma de patas de banco. Se alimentan de agujeros de imaginación, como ellos lo llaman, o más bien de abundancia de datos innecesarios y faltas de sonrisas. Antes, —en aquellos tiempos cuando los niños eran niños y el invierno, invierno, —estos sonrisas-gordas eran muy raros, pero ahora se están multiplicando, abriéndose paso desde su hogar ancestral, El bosque de las diez mil secoyas diminutas, hasta aquí. Si te los encuentras no tengas miedo, lo peor que te puede pasar es que te pierdas en su mundo y cuando descubras a Nutria-Amistosa, descubrirás que eso no es nada malo.

quiere comernos
el espíritu tragón
sonrisa-gorda

Nota: algún día, pronto, tengo que escribir un cuento sobre Nutria-Amistosa.

Montes en el asfalto, haibun

junto al árbol
montes en el asfalto
raíces libres

A las ocho de la mañana de hoy, 12 de octubre de 2019, salí para algo tan poco poético como hacer unos kilómetros en mi parque. Es muy buena hora el sábado porque ya se han ido los corredores más tempraneros y los niños aún no han llegado. (¿Es así en tu ciudad?) Así que puedo aprovechar para correr a gusto con la bici, sin tener que estar esquivando carritos de bebé, señores despistados y demás invasores del carril bici, que Dios confunda y ¡arggh! pirata. Sin olvidar las niñas de patines y bicicletillas de “ruedines” que, —teniendo todo el derecho del mundo,—dificultan mi correr. Pero a las ocho no hay casi nadie, hasta compartes una sonrisa con otro loco como tú que te encuentres a esa hora solitaria.

Pero nada es perfecto y los árboles que plantaron lanzan sus raíces bajo el delgado y estrecho asfalto del carril. Son raíces gruesas que empiezan agrietando el suelo y acaban por hacer surgir cordilleras en miniatura. Nada de particular, salvo cuando vas rápido en una bicicleta. Opciones: dos o esquivarlos o arriesgarse a salir volando. Soy ya demasiado maduro, por lo menos en años, para lo segundo, sobre todo porque nunca he sido precisamente un héroe del deporte, así que a esquivar y frenar, con la consiguiente frustración. Pero incluso esta pequeña rabia trae un poco de alegría: está bien que la naturaleza sea un poco rebelde.