Diarios de ficción

Me gusta escribir diarios de ficción. A diferencia de un diario privado, en un diario de ficción puedo mostrar cosas comunes bajo un ángulo interesante sin comprometer ni ofender a ninguna persona real. A mis protagonistas los puedo llevar a toda clase de aventuras, peligros y situaciones embarazosas que deberán aceptar sin protesta alguna. Incluso si, como muchas veces pasa, toman mágicamente vida propia pueden mostrar lo que incluso para mí estaba escondido. Sí, nuestros personajes, en toda obra de ficción, —más aún en un diario— escriben con nosotros. Tan importantes son que de unos seres creados por nosotros, acaban por convertirse en parte de nosotros mismos. Sí, del lector, pero también y sobre todo del escritor. Entre ellos y yo acabamos con hacerlos interesantes, resueltos, valientes incluso afrontando los miedos y tan buenos como sea posible. O eso intento. Soy, ya vez, un antiguo y me gusta que mis protagonistas tenga algo de héroes y santos, al mismo tiempo que torpes, mequetrefes y cobardicas, aunque ni ellos mismos sean conscientes de ello. Curiosamente eso sigue siendo de interés al lector joven. Quizás porque al final, por imposible y risible que parezca, todos queremos ser santos y sabrá Dios qué imposibles más.


			

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