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Últimas Esperanzas, Librojuego

Advertencia

Lo que sigue es un post muy largo, vamos que es un libro, un librojuego para ser exactos, de unas 40,000 palabras, con ilustraciones, escrito al estilo de los librojuegos de los años 80, solo que mejor :).

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El texto en sí es Creative Commons -Atribución Miguel de Luis Espinosa.   Sin embargo las imágenes son ilustraciones de stock y Copyright de The Forge Studios.

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Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Esto no es un libro normal sino un librojuego que te convierte en el protagonista de la historia, tomando decisiones y descubriendo las consecuencias de las mismas.

Para jugar es conveniente que tengas algo con lo que escribir y un dado.

Reglas

Son sólo dos y muy sencillas

1ª. Secciones y Elecciones.

Este librojuego está dividido en capítulos minúsculos que llamamos secciones.
Cada sección te ofrecerá las decisiones que puedes tomar, acompañadas cada una
de un enlace.

Ejemplo: “Dudas entre esconderte de ese bandido 901 o atacarle 902 ”, que interpretado, significa “si quieres esconderte ve a la sección 901, si quieres atacarle, ve a la sección 902”

2ª. Pruebas

A veces las consecuencias de una acción no están muy claras y tendrás que tirar un dado.
En ese caso te encontrarás tres números presentados en este formato: x y, z.
Para pasar la prueba tienes que sacar, como mínimo, el valor del número x en el dado; en ese caso vas a la sección del número “y”, pero si fallas vas a la sección del número “z”.

Ejemplo: “Atacas al bandido, que se defiende con saña 3 903,904 ”, que, interpretado, significa: “tira el dado, si sacas un 3 o más habrás ganado al bandido y vas a la sección 903; si sacas menos que 3 o sea 1 ó 2 habrás perdido y tendrás que afrontar tu destino en la sección 904”.

wf1

Tu primera elección

La que yace bajo los huesos ha comenzado su venganza. Hoy,
en el Reino de Adell, se han alzado las novecientas sombras de
la profecía, tomaron forma de demonios grises, y emboscaron
a la Reina Uryele y toda su corte cuando acudían a rendir
pleitesía a los seres divinos del lejano Monte de los Espíritus.
Todos debían morir, pero el Príncipe Itair 399 , un joven de
quince años, herido, aún respira en los brazos de Deor 1 , el
más veterano de los guardias de palacio. Dicen que, desde más
allá del mundo de los dioses, el espíritu de un héroe, escogió a
uno de los dos como avatar.

1

Corres lo que te dejan tus años y tus fuerzas. Tu vista se fija en
la mirada de dolor del muchacho que sostienes en tus brazos.
Tiene un vendaje encarnado de sangre en el costado y los
pensamientos perdidos en el miedo. Llora de dolor, como
cualquier otro chico, pero no le sale queja alguna; quizás se
crea también afortunado de estar todavía vivo, quizás crea
como tu que no llegaréis a ver la luz del próximo día.

Vas menguando tus pasos, tus músculos no tienen las
fuerzas que exigen tus ansias de sobrevivir. Al final, claudicas y
te sientas junto a un arroyo; crees que es el que llaman Santo,
que nace del Monte de los Espíritus. Dejas el príncipe a tu lado;
tus dedos buscan sus latidos y encuentran miedo y fiebre. Si
todo pasa como anuncia la agonía de su respiración ya nada
importa. Va a morir. Tú lo harás después, cuando los grises te
encuentren.

Despojándote de tu capa, cubres al príncipe y lo acomodas
lo mejor que puedes. Su rostro palidece ante ti, el sudor le
perla la cara y sus ojos parecen perdidos. Como te temías, ya es
demasiado tarde y solo te queda una medida desesperada, la
misma que podría tomar un campesino supersticioso:
sumergirlo en el agua. Es de esas cosas de cuentos de viejas,
pero no tienes tiempo que perder, así que lo descubres y lo
levantas como un fardo. Evitando su rostro, te metes con él en
las aguas que te cubren hasta las rodillas y entonces, lo tumbas
sobre la superficie y lo sumerges por completo.

Uno, dos, tres; el chico lucha por respirar con todas las
fuerzas que le quedan y tienes que hacer verdaderos esfuerzos
para atraparlo. Ahora está en manos de los dioses, sabes que lo
normal es que lo desprecien y le dejen ir, como mortal que es,
pero nada hay qué perder, le quedaban minutos de vida.
Cuatro, cinco, seis, siete, ha quedado exánime, sin mas signo de
vida que una ristra de burbujas de aire que todavía abandonan
su cuerpo. Ocho, nueve, de repente se retuerce y se levanta,
tirándote a ti al agua. ¡Está vivo!

–¡Detrás! –Te grita, –¡Gris!

Corriendo dentro del arroyo descubres a una de esas
criaturas terribles que os vienen asesinando desde la
emboscada. Este es un ser de forma humana, con ojos sin
pupilas, calvo, espigado, cubierto de harapos negros y la piel
gris como la ceniza. Va armado de lanza y escudo y corre hacia
vosotros como si de vuestra muerte dependiera su vida.

¿Qué haces? ¿Luchas 3 35,125 o huyes con el príncipe
3 67,101 ?

2

Dormís; todo el tiempo que os dejan vuestros miedos. En uno
de tus despertares tus ojos ya habituados a la oscuridad más
profunda, descubren un filamento de luz colándose desde la
boca de la cueva.

–Despertad, alteza, debemos seguir adelante.
–¿No nos podemos quedar aquí?
–Alteza, sígame.

Al llegar al borde de la cueva te paras a observar. No puedes
contar con que los grises hayan abandonado su búsqueda, pero
no ves nada.

Consideras tus opciones. No estás muy seguro de dónde
estáis. Podrías volver a la cueva y salir solo para buscar agua y,
si puede ser comida 149 y aguantar así hasta que se cansen.
Por otro lado podrías seguir hasta la cima 29 .

3

El desfiladero ofrece solo una ruta angosta y empinada por la
que bajar con algo de seguridad. Afortunadamente habéis sido
capaces de encontrarla durante la noche y, muy poco a poco
habéis podido bajar hasta alcanzar las faldas de las montaña.
Muy lejos quedan ya los grises que ni siquiera imaginan dónde
podéis estar. Pronto os rescatarán los soldados.

Fin

4

–Deor, –susurras, –se me ha ocurrido una cosa. ¿Y si seguimos hacia delante? Pero escondidos, claro.
–Podría resultar, Alteza.
–¿Seguro? ¿No lo dices por…?
–No, Alteza. Perdón pero solo estoy seguro de una cosa, o nos movemos o morimos.

El alba es todavía muy débil, lo suficiente como para que
apenas os distingan. Corréis, os escondéis, esperáis, os
arrastráis y vuelta a empezar. A cada paso esperas toparte con
alguna de las bestias que os acechan, pero la suerte o hacer lo
que menos esperan os salva y abandonáis el cerco. Agachados,
descubrís a vuestras espaldas a los que os cerraban el paso,
todavía esperando a que aparezcáis, pero vosotros ya los
habéis superado.

–Alteza, esta es nuestra oportunidad, ¡corra! 3 96,148

5

El camino hacia la cima se transforma pronto en una pendiente
terrorífica por su inclinación y la oscuridad que se profundiza
según os va alcanzando la noche. Ahora mismo cualquier
opción que puedas tomar es temeraria. Si paras os pueden
encontrar los grises y cambiar de dirección no garantiza un
camino más seguro.

Por eso seguís los dos juntos, en vuestro viaje terrible, sin
saber que la mala suerte ha escrito vuestro destino, en la forma
de una sima en medio de la montaña, profunda y terrible, en la
que caeréis tras perderos y de la que no saldréis nunca.

Fin

6

La procesión de orugas gigantes continua infinitamente durante
horas y todavía no ha terminado cuando los grises os alcanzan.
En ese momento intentáis huir, pero la única dirección de
escape es precisamente bloqueada por las orugas y había una
razón para no interferir con ellas: en cuanto tropiezas con una,
un aguijón te inyecta un veneno que te quema por dentro.

Fin

7

–Sí, me siento capaz, –dices, aunque dudes por dentro. Toda tu
educación te ha preparado para aparentar más valor,
prestancia y gracia de la que tienes cuando es necesario,
porque para el mundo de fuera de palacio tú nunca has sido
una persona, sino el símbolo de un reino.

Pues bien, ahora le toca al símbolo de un reino trepar como
un mono. El guardia comienza la marcha, tu vas detrás
observando e imitando sus movimientos. Un par de veces
pierdes el agarre de una mano, otra el apoyo de un pie y otras
tres veces te haces daño contra la roca pero al final has
coronado la cima.

Bueno, en realidad no, lo que habías creído la cima no era
más que un repecho. Aún os espera una larga caminata en
pendiente de varias horas, que no podréis cruzar antes de que
os caiga la oscuridad encima.

–Alteza, será mejor que busque un refugio.

Te parece sensato lo que dice y quizás quieras dar tu
aprobación 24 pero puede ser que temas más a los grises que
a un accidente nocturno en la montaña y siendo así, prefieras
seguir adelante 172 .

8

Rechazas la tentación de lanzarte al vacío con el muchacho y
sigues corriendo, sin ni siquiera mirar atrás. Pero resultará que
la oportunidad que rechazaste es la última que tendrás y no lo
comprendes hasta que los grises os alcanzan en una horda y os
destrozan junto al desfiladero.

Fin

9

Animados como estáis por vuestra pequeña victoria os lanzáis a
por la cima con fuerzas renovadas. Casi os diríais alegres, pero
lo cierto es que ninguno de los dos puede pasar de una tímida
sonrisa, no es la noche, ni el cansancio, ni el hambre ni el frío,
sino el recuerdo de ayer lo que os acongoja. Seguís vivos, sin
embargo, y podéis subir por el terreno, cada vez más difícil
hasta que el sol muere por completo. Solo quedan las débiles
lunas y la tenue luz de las estrellas, que son incapaces de
revelar siquiera a dónde vais a escalar.

De pronto, el príncipe Itair te llama y señala al cielo con cara
de muerto. Y es que sobre el horizonte negro, se recorta la
escena de seis verdugos de cuerpo y pelo rojos, en ropas de
luto, llevando en la carreta de los condenados a siete
prisioneros: dos hombres, una mujer, un lobo y tres seres
quiméricos, mezcla de ser humano y bestia. Los dos conocéis la
antigua historia para niños, como la diosa de la justicia se
transforma en seis verdugos rojos que tiran de una carreta en
la que meterán a quien consideren inmundo para someterlo a
una eternidad de torturas y a cualquiera que los ayude.

–¿Vendrán a por mi?

El príncipe tiembla. ¿Habrá hecho algo que no sepas? Tal
vez sea mejor que os escondáis hasta que pasen 39 o
aproveches esta oportunidad para seguir adelante a pesar de la
oscuridad 307

10

Lo que viene al final son cinco grises, uno detrás de otro,
espaciados veinte metros. Al primero y al segundo los siegas
con tu espada, pero el tercero resiste tu furia, el tiempo
suficiente para que lleguen los otros y te rodeen.

El chico trata de ayudarte, pero sus habilidades y, sobre
todo, lo que queda de sus fuerzas no está de acuerdo con su
arrojo. Él recibe las primeras heridas y su sangre recibirá a la
tuya sobre la fría tierra.

Fin

11

Muerdes la calavera de mazapán y al instante el dolor te
tumba al suelo. Ardes en fiebre, convulsionas y no sabes lo que
está haciendo el mundo. Apenas puedes pensar, todo tu
cuerpo está lleno de dolor, dos hilos de sangre te corren por la
espalda. Babeas sin poder contenerte y hasta te muerdes los
labios y, entonces, tras el peor miedo de tu vida, duermes.

Despiertas. Estás tan cansado que crees flotar. Tienes la
camisa destrozada y te duele la espalda. Deor te mira con más
asombro del que te imaginabas. Y entonces, ¡caes!

Ahora lo comprendes, estabas flotando de verdad, te han
salido alas y puedes volar.

–Alteza, ¿está bien?
–Lo que siento es bien y mal y bien y… raro… y…
–Alteza, por favor, aproveche esta oportunidad, tiene que
escapar, son los dioses quienes quieren que viva. Si no, no le
habrían hecho este regalo. Váyase, déjeme a mí, sabré
defenderme.

¿Qué respondes a eso? “Tienes Razón” 236 o “No, yo no
abandono a mis amigos” 241 .

12

La escalada nocturna ha sido un baile con la muerte. El chico
temblaba de miedo antes de comenzar y llegó a la cima
abrazándose a ti. Aquí el verano no protege del frío y el suelo
está entreverado de musgo entreverado de la nieve sucia que
el sol no llega nunca a fundir. El viento, a colmo de males, sopla
con fuerza y las nubes se rasgan contra esta cima, llevando a
intervalos aún más oscuridad.

El chico señala asustado al cielo, una llama se os acerca,
volando como si fuera un pájaro y al punto de llegar a
alcanzaros da círculos sobre vosotros, como un buitre.

–¡Zrakos Adgé! –Chilla siete veces.
–Deor, lo que dice es “Busco a los muertos”. Habla en el
idioma de los Ancestros y dice busco a los muertos, el é final es
plural, creo y…
–Alteza, no soy vuestro preceptor. ¿Eso es un espíritu?
–Sí, como en las Leyendas. ¿Habremos muerto?
–No.
–Y, ¿qué le digo al espíritu, Deor?

Podrías pedirle al chico que diga la verdad al pájaro de
fuego, señalando el valle donde murieron tus compañeros y el
resto de la corte 161 . Por otro lado quizás sea mejor no
perturbar a los espíritus 116 .

13

Está siendo una jornada interminable y la fe te falta más que la
fuerza. De estar solo, querrías estar muerto, pero de ti
depende un reino, un rey y un niño. Itair va llorando detrás
tuya, pensando que no te das cuenta, pero no te hace falta ver
las lágrimas para saber que se está rompiendo por dentro y
perdiendo vigor. Y sin embargo los dos tenéis razones para la
esperanza. Solo hay que buscarlas.

¿Qué le dices al príncipe? ¿«Estaremos a salvo cuando
llegue el amanecer.» 266 ? ¿O «Dese prisa, Alteza, los grises
están muy cerca» 201 ?

14

Decididos a no perder la oportunidad, os guiáis por la
pendiente de la montaña. Echando la vista al cielo y al suelo
diriges lentamente tus pasos hacia lo que crees que será el
este, pero por lo demás no puedes estar seguro de tu situación.
Además es una zona de densa vegetación, casi todo matorrales
de hojas pequeñas y aterciopeladas al tacto, que apenas llegan
a rozar tu codo, pero molestan al caminar. Aún así os abrís paso
hasta que empiezas a escuchar unos aullidos extraños muy
cerca de vosotros, algo muy suave y dulce. No se parece a nada
que hayas oído de un gris antes, pero tampoco crees que sean
humanos, aunque por alguna extraña razón te recuerda a una
canción de cuna.

El príncipe Itair ya se ha girado en su dirección, con una
sonrisa en sus labios. ¿Quieres ir tú también, a investigar? 215
¿O espabilas al chico y os alejáis tan rápido como podáis
correr? 221

15

–De acuerdo, Deor, ¿pero cómo lo vamos a hacer?

En vez de responderle te lanzas al agua. Una vez allí te sacas
los pantalones y atas las perneras. Justo después tomas la
prenda por la cintura y, elevándola sobre tu cabeza, la
introduces de un golpe en el agua, cerrándola al mismo
tiempo. La maniobra te ha permitido hinchar los pantalones
como si fueran un flotador.

–Truco del ejército, alteza, –le dices.

Le cuesta un par de intentos, pero el chico logra emularte.
Después es solo cuestión de dejaros arrastrar por el río. La
corriente no es mucho más rápida que un trote, pero apenas os
cansa y pronto os aleja del Monte de los Espíritus y su
infestación de grises. Habéis sobrevivido, estáis a salvo y en
cuanto encontréis los soldados que ya os buscan el reino
tendrá una oportunidad.

Fin

16

Corréis como nunca habéis podido hasta lijar las gargantas en
el empeño. Más el infortunio interviene, haciendo que
equivoquéis la dirección solo en algunos grados sin que os deis
hasta que os topáis de frente con un grupo de cuatro grises que
cargan contra vosotros con furia destructora. Uno se enfrentará
al príncipe, los otros tres van a por ti. Sabes que lucharás con
valor.

Fin

17

Los venablos caen a vuestro alrededor y uno de ellos te acierta
en la espalda. Pero es el hasta del arma lo que te golpea y no la
punta. Poco después, casi como si os estuviera protegiendo, el
sol cae tras el horizonte y la oscuridad os protege hasta que
desaparecéis entre las sombras. Sin embargo todavía no habéis
llegado a la cima, ni siquiera estáis cerca. Ante vosotros se
interpone una enorme pared que, debido a la oscuridad, no
puedes saber qué dificultad tiene para su escala. Por otro lado
tampoco os podéis quedar aquí.

Una opción sería tratar de rodear el pico de la montaña por
la cota en la que estáis ahora, lo que tendría algún peligro
3 152,78 . Por otro lado
puedes apretar los dientes y tratar de coronar
la cima 137 .

18

–Tienes razón, Deor, ve tú a investigar.
–Alteza, aquí tampoco va a estar seguro.
–Ya lo sé, por eso quiero que te des prisa, venga.
–Como desee, alteza.

Pronto pierdes la vista de tu amigo entre la niebla de la
madrugada, pero los sonidos de pasos continúan mientras tú te
aprietas contra el suelo sin saber qué va a ser de ti.

Un cuarto de hora más tarde, Deor ha vuelto con la cara
torcida de preocupación. –Alteza, he descubierto el rastro de
los grises, tenemos que huir ahora 272 .

19

Os deslizáis entre los matorrales hasta que creéis estar
protegidos de la vista de vuestros perseguidores y solo
entonces emprendéis a correr. Con esto solo ganáis tanta
ventaja que para cuando los grises os descubren ya es
demasiado tarde y pronto desaparecéis entre las sombras.

Fin

20

Entráis, y descubrís un lago circular que se extiende doscientos
metros de una orilla a la otra. Está rodeado por un inmenso
bosque de abetos que se extiende hasta donde se pierde la
vista. El cielo está en calma y solo dos nubes rompen el azul,
como si puestas de decoración. Junto a vosotros veis a un lobo
jugar con un cordero y un niño los guía a los dos.

–¿Dónde estamos? –Le preguntas.
–En el Refugio de los Héroes. Aquí podréis vivir para
siempre o hasta que pase el peligro.

Fin

desfiladero

21

El bosque de robles no os ofrece ninguna dificultad, después de
lo que habéis pasado desde la emboscada a la reina. Los grises
aún os siguen, pero buscar vuestro rastro lo retrasa y cuando
emergéis a los cielos abiertos descubrís la bandera del reino
descollando sobre una columna de caballería. Son los soldados
que han venidos a rescataros y a matar a vuestros
perseguidores. Lo has logrado Deor, al joven príncipe le
esperan duras decisiones y peores recuerdos, pero tú, lo
primero que vas a hacer cuando vuelvas a casa, es presumir de
tus hazañas en la cantina.


Fin

22

–Príncipe Itair, tenemos que subir, no volveremos a tener otra
oportunidad como esta.
–Vale, Deor.

Hay un ingrediente de resignación y otro de duda en ese
“vale” del príncipe e incluso antes de empezar el ascenso
tienes que reconocer que el chico tiene parte de razón. Está
oscuro, hace frío y la subida será de todo menos sencilla. No
obstante ambos preferís eso a la amenaza de los grises.

Con todo, sumando moratones y más cortes a los que ya
teníais, conseguís alcanzar la cima del Monte de los Espíritus al
tiempo que se hace la noche. No habéis hecho contacto alguno
con los grises y el haber subido la cima pone una nota de
euforia en los ojos de Itair. No le dices nada de que aunque no
veáis a los grises no significa que no estén cerca, ya ha sufrido
demasiado.

Además está el espejismo que se ha formado sobre la cima.
Eso ya ha cambiado la euforia del chico por asombro, y tú
compartes ese sentimiento. Porque lo que ves ahora es un arco
de luz ambarina que parece surgir de la tierra y lo que es
escuchas es una voz que dice “Terdos”.

–Venid –explica el príncipe –dice “venid” en el idioma de los
Ancestros. O, “pasad”, no, creo que sí, dice “pasad”. Bueno y
eso es un arco, ¿pasamos? ¿o le decimos algo?

Quizás quieras que el muchacho le diga algo a los espíritus
en el idioma de los Ancestros, algo como para qué quieren que
paséis y quién es quien os habla 2 88,
145 o prefieras seguir vuestro camino
discretamente 158 .

23

No esperáis demasiado tiempo, solo lo justo para tener una
oportunidad. Entonces das la señal al príncipe Itair para que se
arrastre sobre el suelo. Tú vas justo detrás y juntos os deslizáis
de mata a roca y de roca a hondonada, rodando ladera abajo y
agachados siempre, hasta que la noche reina absoluta sobre el
Monte de los Espíritus.

Ahora mismo tu corazón se mueve entre la seguridad y
angustia con la que te confortan y asustan los espíritus de la
noche. Por un lado es casi imposible que te vean, pero por
otro, podrías confundir a algún gris con el príncipe o él se
podría pensar que tú eres uno de ellos. Quizás la salvación esté
ya muy cerca, y solo haga falta perseverar un poco
2 55,162 ,
pero también podría estar cerca la muerte, llegando hacia
vosotros con una espada oxidada. Si es así puede que prefieras
quedaros quietos hasta que vuelvan las primeras luces 71 .

24

–Tienes razón, Deor. Tenemos que encontrar un refugio.

Pero lo cierto es que perdéis el tiempo buscando un refugio
que no aparece por ninguna parte en este lado de la montaña
hasta que la noche cae sobre vosotros robándoos toda
esperanza. Al final no os queda otra que juntaros el uno con el
otro y resguardaros bajo su capa y su manta.

Algo te despierta a mitad de la noche y, en cuanto sientes lo
que es, rezas para que solo sea tu imaginación
4 70,102 .

25

Las horas de la noche pasan muy tranquilas, quizás los grises
estén durmiendo ahora o puede que sencillamente no hayan
sido capaces de encontrar vuestro refugio en la oscuridad. En
cualquier caso tu turno pasa tranquilo y es hora de que su
alteza te releve en lo que queda de la noche
2 373,273 .

26

A las armas debes tu vida hasta ahora. Decidido, te sumerges
en el agua. Palpas el fondo para superar la oscuridad absoluta
bajo la superficie, pero no encuentras nada hasta que la
necesidad te obliga a emerger. Y entonces, cuando surges del
agua, te topas con el rostro de Itair quebrado de miedo. Los
grises están saltando y caen a tu alrededor por decenas, listos
para arrojarse sobre ti y ahogarte en el fondo.

Fin

27

Buscáis un escondite pero la pared de rocas no os ofrece
ninguno. Ninguna de las oquedades se abre lo suficiente como
para que quepa ni un gato.

Desesperados, lo único que os queda es tomar esta cima, a
pesar de la noche 3 12,119

28

Decidido a no permanecer impasible ante la amenaza, agarras
la primera piedra que ves. Para entonces ya traban pugna el
guerrero y el monstruo, el guerrero intenta acercarse al
enemigo mientras éste mantiene su distancia con la lanza. Tú
intentas colocarte a su flanco, buscar su espalda para impedirle
retroceder, pero en cuanto te ve reacciona de manera suicida y
olvidando al guerrero te arroja su lanza al corazón. Los dioses
no vuelven a salvar a nadie una segunda vez y así mueres en las
aguas mientras el guerrero acaba con tu asesino.

Fin

29

Otra vez animas al príncipe a seguir adelante y tus palabras
tienen que ser convincentes porque deben convencer también
a ti mismo, no ahora, que aún estás fuerte, sino cuando el
miedo y el hambre se unan a los grises.

Eso sucede tres horas más tarde, cuando la noche se ha
convertido en un recuerdo. El verano se ha hecho con el
dominio del monte de los espíritus y hasta sudáis bajo el
esfuerzo. Os habéis internado por las ruinas de una vieja
población, cuyos viejos muros se entremezclan con los árboles
de un frondoso bosque.

–Deor, ¿qué es eso?

Miras a tu alrededor, puedes reconocer los cadáveres de
murallas y torres y, aún en pie, un silo fortificado. –Una
ciudadela de refugio.

–¿Es de la época de las Muertes?
–Quizás. Pero es nos da lo mismo, Alteza.

Seguís caminando, buscando las alturas, cuando notas que
el príncipe se agacha lentamente, y susurra. –Ahí.

Ahora los ves, son cuatro, su aspecto te recuerda a los
grises, solo que uno de ellos va vestido con las ropas de la reina
muerta y los otros tres con la de otras víctimas. Sería para
temblar entre el ridículo y el odio, si no fuera porque están
acechantes tras los restos de un antiguo almacén de madera.
Os han visto, eso seguro, pero quizás todavía no sepan que
vosotros también los habéis detectado a ellos.

El silo fortificado, que aún está en pie, quizás sea un buen
lugar donde refugiaros, ¿corres hacia
él? 238 . Si no también
puedes seguir avanzando hasta donde una vieja casa os
ocultaría de la vista. Si para entonces no han saltado podríais
desaparecer de sus mismas narices 229 .

30

Saltas a correr pero antes de dar veinte pasos te sale al paso
una banda de grises. Tu espada se multiplica en el aire para
detener una tras otra las lanzas que buscan atravesar tu
vientre. Deor estaría orgulloso de ti; lástima que no puedas
ganar este combate.

Fin

31

Lo que viene son cinco grises, uno detrás de otro, separados
por veinte metros cada uno. Tu única oportunidad es
reaccionar rápido y la aprovechas haciendo caer a tus
enemigos. Uno tras otros los tajos certeros de tu espada te
libran del ataque y después te mueves rápido, a otra posición,
burlando la carga de tus enemigos 235 .

32

–Por favor, dejemos eso, es de los Dioses.

No necesitas decir nada más; tu compañero está de acuerdo
contigo en dejar ese cáliz que la magia de los caprichosos
espíritus ha conjurado.

Y así, palpando las rocas con vuestros dedos ateridos,
volvéis a escalar la ya cercana cima, pero alcanzándola solo os
esperan las estrellas. Todo está extrañamente en calma,
demasiado quizás.

¿Pretendes observar a tu alrededor con tanta calma como
te sea posible 150 ? ¿O prefieres
lanzaros montaña abajo antes de que sea demasiado tarde?
223

33

Giráis y zigzagueáis entre los árboles, con tanta velocidad como
podéis, pero no conseguís ganar terreno. Los grises han
respondido con vuestra misma agilidad y se acercan lo bastante
para arrojaros sus proyectiles, uno de ellos te hiere el hombro
antes de volver a caer al suelo. Entre el miedo y la carrera casi
no lo sientes, pero estás herido y vas dejando un rastro de
sangre 400 .

34

–Está bien, alteza, no nos vendrá mal un poco de luz.

La lámpara revela un mundo extraño. La cueva está pintada
con criaturas etéreas, que parecen hechas de luz y fuego. Sobre
el suelo están esparcidas varias docenas de las vasijas que
antes palpaste. Van pintadas de negro y ocre y tienen todas
unas letras grabadas. Junto a una de ellas, rota, hay un
montoncillo de ceniza.

–Alteza, no me llegan los ojos a leer, ¿qué pone?
–Está en la lengua de los antiguos. Son como palabrotas o
maldiciones o ambas cosas a la vez. –El chico se para y le ves
palidecer. –Son, tienen que ser cenizas de criminales. Es tierra
maldita.

¿Quieres apagar la lámpara para poder pasar la noche aquí
a pesar de todo? 2 ¿O no deseas
exponerte a la maldición? 147

35

No has tenido tiempo para el escudo y en los primeros
momentos te concentras en esquivar las acometidas del gris.
Pero pronto descubres un sutil brillo en sus ojos sin pupilas. Es
el príncipe que se acerca a su costado enarbolando una piedra
con las dos manos. El gris te olvida y se prepara para arrojar su
lanza contra el muchacho, pero antes de que salga tú te has
lanzado contra él y le has clavado tu acero en sus entrañas. Una
asquerosa sangre negra de pútrido olor se vierte en el río
mientras el monstruo desfallece hasta extinguirse.

Tu mente se aviva, recuerdas que, al este, queda la
Ciudadela del Búho, en cuanto su guarnición sospeche el
desastre que habéis sufrido saldrá a buscaros, pero por ahora
tienes que pensar en sacar terreno a los grises, internándote
en lo más profundo del monte 188 o
siguiendo la corriente del Arroyo Santo hasta su manantial
56 .

36

Aún apurado por los perseguidores, no tienes más que
recordar a Deor para saber lo importante que es elegir la ruta.
Necesitas una sencilla y rápida y una sonrisa acude a tu boca en
cuanto ves lo que tienes delante. Increíble, casi una escalera
natural perfecta que lleva directamente hacia abajo y que solo
se puede ver si estás justo en frente.

Bajas avanzando rápidamente y los únicos grises que te
adelantan son los desafortunados que se desprenden de la
pared de rocas. Sus restos te esperan cuando llegas abajo,
junto con el cadáver, ya frío, de tu amigo. No puedes sonreír, ni
tampoco tienes tiempo de llorar, pero cuando te lanzas a la
carrera sabes que ya nada podrán hacer para detenerte. Que
los dioses reciban a Deor.

Fin

37

Estáis perdidos, por mucho que consigas mantener la calma,
nada puede cambiar este hecho. Deor mira para todas partes,
en un inútil esfuerzo. Ni siquiera tus jóvenes ojos consiguen ver
nada más que las copas de los pinos recortándose en una
oscuridad menos plena. Y el ulular, el odioso ulular de los grises
cobra ahora mucha más furia. Están cerca, los miles de
monstruos están más cerca, pero no sabéis dónde.

Tu mente bulle por una idea salvadora, pero todo te parece
estúpido, como imitar la llamada de los grises
369 , abrazar el primer árbol para fundiros con su
tronco 375 o lanzaros a correr y que los dioses
repartan su fortuna 381 .

38

Hierves en una batalla de emociones. Piensas que todo esto
está perdido desde el principio pero al final tu fidelidad se
impone hasta al sentido común.

–Está bien alteza, viviremos juntos.
–O moriremos con valor.
–Eso seguro.
–A lo mejor tenemos suerte.
–¿Suerte?, eso sería como si fuera en esa dirección –dices
señalando con el brazo al azar– y encontrar un refugio.
–Pues vamos por ahí, –dice el chico sonriendo.
–Como desee, su alteza.

Estás seguro de que será vuestra último ilusión, pero no
pasan diez minutos a tu paso que te topas con una entraña
roca, labrada en su exterior, con dos pequeñas aberturas, a
modo de minúsculas ventanas y una puerta de hierro.

Soportas la mirada de “te-lo-dije” del príncipe con alegría.
La extraña morada es sólida y la puerta, aunque vieja, es sólida
puede atrancarse desde dentro.

–Dormiremos aquí.

Cerrada la puerta, os tumbáis en la húmeda tierra y acabáis
dormidos antes de que tengáis oportunidad de hacer cualquier
otra cosa.

No te despierta el sol, sino el retumbar de la puerta. Os
levantáis mano a las armas justo cuando una lanza se introduce
por una de las ventanas. Están aquí y el sonido de sus pasos se
multiplica como en un enjambre, silenciando todos los sonidos
de la mañana. Con todo, no pueden pasar, todavía.

–¿Aquí se acaba todo?
–Sí, alteza.
–Pues no seamos cobardes. No me gustaría ser un cobarde
en lo que nos quede de vida. Y con esa idea final encaráis
vuestro malvado destino.

Fin

39

Permanecéis muy quietos, callados, pegando la cabeza a la
tierra, prestando pleitesía a los espíritus, para no llamar su
atención ni su ira. Los verdugos rojos dan vueltas a vuestro
alrededor, como las águilas a sus presas, hasta que deciden que
no sois dignos de su atención y empiezan a alejarse levitando a
un codo del suelo, arrastrando su pesada carreta. Los
condenados, aún amordazados, os miran con ojos suplicantes,
pero habéis decidido no inmiscuiros en los asuntos de los
dioses.

Solo hay un pequeño detalle, la ruta que siga la carreta,
parece la más segura posible. Quizás quieras seguir a los
espíritus durante la noche, por lo menos el tiempo suficiente
para llegar a lugar seguro 222 . O tal
vez no os guste la compañía 213 .

40

Deor avisado, os disponéis a volver a por los grises cuando los
descubrís a punto de entrar en vuestra cueva. Quieres salir,
pero Deor te retiene y los dos juntos esperáis a que se atrevan
a entrar. En cuanto lo hacen, vuestro ataque acaba con ellos en
tres segundos, ni siquiera tuvieron tiempo de veros.

–Alteza, debemos irnos de aquí, te dice Deor y tú asientes.
Pero Deor duda en cuanto salís de la cueva, lo notas porque
acaricia el pomo de su espada.
–Deor, ¿qué hacemos?, le preguntas.
–Príncipe Itair, –te responde, –¿por qué había paja en esa
cueva?

Le dices que algún campesino, pero él te recuerda que es
tierra desolada. Si quieres aprovechar la oscuridad para
escabulliros dile a Deor, que no merece la pena investigar eso
208 . Si, por el contrario, piensas
que es importante, dile que deberíais mirar
en esa paja 337 a ver qué encontráis.

41

Tu búsqueda desesperada de un escondite te lleva de un mato
a otro intentando encontrar un lugar que resguarde de la vista
y el frío, permita observar y escapar rápido en caso de apuro.
No descubres nada que cumpla esos requisitos, lo más
parecido es una ermita semi excavada en el suelo, donde en
tiempos no tan remotos se abandonaban los restos de los
sacrificados. Es honda lo bastante para que el chico pueda
permanecer de pie, pero tú tendrías que sentarte; huele a
humedad y frío, pero una vez que cubras las tejas con ramas
nada debería ser capaz de verte. Eso sí, si os encuentran no
tendréis forma de defenderos ni escapar.

Por eso probablemente prefieras seguir corriendo 195 ,
aunque por otra parte, ¿qué mejor lugar en el Monte de los
Espíritus que uno dedicado a los dioses? Si así piensas, busca
refugio en la ermita 100 .

42

Sigues adelante y el chico detrás, tratando de seguir tu ritmo
pero al fin retrasándote cada vez más. Media hora más tarde
sucede lo que tiene que pasar: cinco de los grises os descubren
y no tenéis más remedio que huir o morir
3 138,170 .

43

Avanzáis los dos con pasos fuertes, disfrazando de aplomo el miedo que estáis pasand
o. Los espíritus, indiferentes, siguen a lo suyo, hasta que vuestros cuerpos penetra
n sus formas sin tocarlos. Entonces el mundo se vuelve en un mar gris sobre el que
flotan los espíritus, que siguen con su extraño baile. Vosotros flotáis y bail
áis con ellos, quizás hasta la muerte del cosmos.

44

Mantienes la calma y aprovechas el tiempo extra para
desenvainar y prepararte para el combate mientras señalas al
chico que se quede a unos pasos a tu espalda: suficiente para
protegerle sin que te moleste.

El engendro de magia negra carga contra ti con toda su furia
irracional, pero es ahora cuando un corazón firme, curtido en la
experiencia gana con facilidad. La espada alcanza mucho más
que la daga, todo se reduce a eso, y unido al escudo se
convierte en una combinación mortal. Solo tienes que dar un
paso y dejar que la propia fuerza del mal le lleve a tu filo. Una
vez herido lo rematas antes siquiera de que se derrumbe sobre
el suelo.

El muchacho te mira impresionado, pero tú no sientes nada.
Tu cerebro está todavía demasiado concentrado en la batalla
para permitir emoción alguna. Más ahora eso ha pasado.

–Deor, ¿qué hacemos?

Quizás pienses que lo mejor sea aprovechar este respiro
para buscar un escondite 74 o tal vez prefieras seguir
adelante hacia la cima de la montaña 22 .

desfiladero

45

Cuando coronáis el Monte de los Espíritus todavía es de noche
y es entonces cuando el miedo religioso se apodera de ti,
desplazando a los demás. Recuerdas las viejas leyendas de este
sitio que ahora te parecen más reales que nunca.

–Alteza, este no es buen sitio para quedarse.

¿Qué respondes? “Tienes razón, Deor, pero tenemos que
hacer un sacrificio primero a los Dioses o será peor.” 209 , o
“Vale, sigamos” 305″ .

46

Tras la decisión no os vino la calma, como suele ser, sino la
serpiente de la noche, que se deslizó sobre el mundo
tragándose el sol y trayendo las débiles luces de las estrellas y
las dos lunas. Os vino también su frío y su miedo pero no pudo
robar vuestra determinación de seguir vivos.

Bajáis, usando esas lunas y esas estrellas para guiar al
príncipe y os lleváis algunos tropiezos que añaden tantos
rasguños y moratones como metros que avanzáis. Escuchas
algo. Te giras.

–Deor, ¡mira!

El príncipe señala a lo lejos, pero no ves nada.

–Deor, ¡grises!

Sigues sin ver nada. ¿Será que tus ojos ya no valen lo que
valían cuando tenías su edad? ¿O es la imaginación de su
juventud? En cualquier caso sería estúpido ignorarlo.

–Alteza, ¿cuántos son?

–Dos o tres o más. ¡Vienen muy rápido!

Ya no hay tiempo para elaborados planes, ¿vas a luchar y
enfrentarse a lo que venga?
3 31,10 o
correr 164 ?

47

Itair tiene la cara encalada por el miedo cuando te despierta
pero dice que no tiene nada especial de lo que informarte, solo
los espantosos ruidos de la noche. En cuanto le das la
oportunidad, ocupa tu lugar en el refugio y tú debes salir al
exterior.

Van pasando los minutos y el frescor de la noche te aviva los
sentidos. Vas dando vueltas, intentando pasar desapercibido
hasta que descubres a dos grises husmeando cerca. No te han
visto, estás a su espalda y, de seguir su dirección, podrían llegar
a ver el refugio.

Quizás sea mejor seguirlos a hurtadillas 278 o tal vez
prefieras saltar sobre sus nucas ahora mismo
3 259,376 .

48

Te abalanzas sobre las filas de los grises, con el chico detrás
tuya, pero pronto tienes que frenarte. Es el alcance de sus
lanzas, de nuevo, el que te frustra la maniobra. Además son
demasiados para intentar alguna floritura de esgrima.

Perdida la furia de la arremetida, te van haciendo
retroceder sin prisas ni riesgos, sabiendo que a vuestra espalda
os espera el filo del acantilado.

FIN

49

–Tiene usted más experiencia que yo.

Lo que le dices al guardia es tan cierto como nada pueda
ser. Sin embargo, notas un tono tristón en sus ojos que lo
mismo podría ser decepción como resignación.

–Está bien alteza, subiremos montaña arriba hasta buscar
un sendero para alcanzar la otra vertiente.
–¿Y después?
–No creo que eso importe ahora, alteza. Y no tenemos
tiempo. Sígame.

Y le sigues cuesta arriba a través de la montaña, esperando
que sus decisiones te salven la vida.

Fin

50

Los días se van pasando lentamente en el fondo de la cueva. El
hambre os ha vuelto locos, os ha hecho llorar y discutir por las
cosas más tontas. Pero todo eso ha pasado ya.

Ahora, tras dos semanas sin comer, tratáis de dormir lo más
que podéis, para conservar las pocas fuerzas que os quedan.
Apenas te pones en pie, la fatiga te vence. El príncipe ni
siquiera se mueve, a lo más habla, pidiéndote que le cuentes
anécdotas de la vida en palacio como si fueran cuentos de
hadas de una era que nunca existió. Precisamente estás en una
de esas cuando escuchas voces llamándoos, voces humanas.

Arrastrándote sales al borde de la cueva. Y ahí están, como
respuesta a las oraciones de tu corazón, doce soldados de
caballería, nunca has visto visión más hermosa en el mundo.

Fin

51

La subida a la cima va ganando en dificultad rápidamente. Ya
está todo oscuro y no puedes elegir una ruta. Te tienes que
conformar con escoger bien el siguiente paso para confirmar
que no llevará a un precipicio. A peor aún, la pendiente se hace
cada vez más inclinada y poblada de arbustos espinosos.

O te abres camino con tu espada 65 o tendrás que
arriesgarte a darte la vuelta y buscar otra ruta
3 134,90 .

52

–Sí, alteza, pasaremos frío, pero tiene que hacerse.

Has dejado al muchacho tu capa esperando que no se
congele, gracias a que todavía es verano, pero no lo pasará
bien. En cuanto a ti, tus ropas son más adecuadas para el frío y
eres lo suficiente rudo. No, de lo único que tienes que
preocuparte es de los grises y los accidentes 366 .

53

Iniciáis el descenso por una pendiente desprovista de peligros,
pero pronto el terreno se complica con un bosque en el que os
internáis sin ni siquiera daros cuenta. A partir de entonces os
repartís tropezones y hasta alguna caída de bruces.

Pero lo peor es que os perdéis en ese bosque, dando a los
grises el tiempo que necesitaban para alcanzaros.

Fin

54

Aceleráis tanto como podéis, pero sin que te des cuenta Deor
se ha ido quedando atrás. Paras cuando escuchas el rumor de
la lucha y corres a ayudarle cuando todo para él está perdido.
Tu último gesto de valentía no será recordado por nadie porque
ante la horda de grises que llega sin interrupción no puedes
tener ninguna esperanza.

Fin

55

Os agazapáis, tanto como podéis, y camináis con el sigilo de los
ratones, huidizos al menor sonido, buscando siempre un lugar
dónde esconderse y una dirección por la que huir. Seguís así
durante horas hasta que el día conquista de nuevo el mundo y
os encontráis solos, en la falda de la montaña, muy lejos de los
grises, que solo recobrarán vuestros rastro cuando los soldados
que venían a rescatoros os encuentren.

Fin

56

Seguir las corrientes de agua, santas o no, significa no perderse.
Por tanto andáis a paso firme, río arriba, entre el rumor de las
aguas que van aumentando su velocidad conforme subís. Todo
lo demás está en silencio, los animales que deberían estar
disfrutando del verdor han desaparecido hacia el interior del
bosque.

El chico se vuelve. –Nos siguen, –te dice y sin más se lanza a
correr. Has podido ver a cuatro de las bestias sin alma
acelerando hacia vosotros, con lanzas y hachas. Poco a poco los
vais dejando atrás pero sabes que no van a soltar vuestro rastro
y que no podéis estar corriendo para siempre. Quizás quieras
dar un acelerón aún a riesgo de consumir toda vuestra energía
64 o prefieras esconderos para tenderles una emboscada
154 .

57

Cuando caes a dormir Deor cae contigo. Despertáis a la vez,
rondando el alba. Pero ahora los grises no están aquí. Vuestro
problema inmediato, por primera vez, es precisamente decidir
cuál es vuestro problema: construir un refugio para sobrevivir
en este bosque hasta que los grises desaparezcan 252 o
volver a vuestra huida tan pronto como encontréis algo de
comer 263 .

58

Van pasando los minutos pero no tienes forma de saber si el
peligro se ha disuelto. Más bien, siempre algún ruido te da
razón para dudar. Una y otra vez vas postergando la decisión de
salir a la carrera o incluso de arrastrarte a explorar. Es el miedo
el que, sin que te dieras cuenta, ha tomado tu mente,
haciéndose más fuerte con cada nuevo peligro. Por su parte el
chico solo te sigue, como hasta ahora, y permanece quieto,
aunque dudando de ti hasta que revienta. Discutís y vuestras
voces llegan a los grises, que pronto os rodean y cazan.

Fin

59

Corres y los grises corren detrás de ti, intentado alcanzar tu
marcha. Sin embargo, una vez más sus largas lanzas les impiden
moverse como querrían en medio de este terreno abrupto y
poco a poco los vas dejando atrás hasta que desaparecen en
medio de la vegetación. Pero la angustia no ha abandonado tu
cuerpo, ¿dónde está el príncipe?

Tu primer instinto, por supuesto, sería ir a buscarlo 288
pero quizás prefieras aguardarlo aquí, confiando en que
aparezca una vez se alejen los grises 77 .

60

–Deor, no me gusta esa cueva, tengo un mal sentimiento.
–Muy bien alteza. ¿Tiene fuerzas para seguir adelante?
–Desde luego.

Y seguís adelante en la más profunda oscuridad. No tenéis
antorchas ni lámparas de aceite y, francamente, tampoco
tendríais valor para encenderlas por miedo a atraer a los grises.
Sin fuego el único peligro de aquí son las fieras o las
irregularidades del terreno.

–¡Au!

Antes lo piensas antes te hubieras caído. Has metido el pie
en un hoyo y ahora te duelen las rodillas y las manos, pero
sobre todo el tobillo. Deor se acerca a ti.

–Alteza, ¿está bien?
–Creo que sí. –Pero tu voz se quiebra por el dolor.
–Esperemos un momento. Yo haré guardia.

Aprovechas el descanso para examinar el hoyo donde
metiste el pie. Descubres asombrado que ha sido tallado en la
piedra y tiene forma de una letra del alfabeto de los
Antepasados. Esta tiene la forma aproximada de un búho u
otra criatura semejante. A su lado hay otra, de las mismas
dimensiones, que recuerda a una espada. Intrigado, sigues el
terreno con tus manos para descubrir un mensaje que traduces
en tu mente.

Escucha atento,     magia te otorgo
Mi porte oculto,     mi canción canto
Rauda me dicen,     Muerte me llaman
Espanto a los grises,     muelo sus huesos
Amo la lluvia,     nunca amanezco
Escribe ahora,     el nombre que guardo.

Se te ocurre que podrías dejar todo esto bien tranquilo
79 si es que no te atreves a intentar
presionar la letra del búho 129
o la de la espada 118 .

61

Convencido de que la ventaja del terreno elevado será decisiva
esperas a los grises al borde del repecho, con el príncipe
convenientemente armado a tu espalda, listo para actuar si te
ves superado.

Los primeros minutos te dan la razón y ocho grises acaban
sus días rodando colina abajo, con el corazón literalmente
quebrado, las tripas abiertas o el pecho partido en dos. Pero
siguen viniendo más y más hasta que te das cuenta de que no
podrás matarlos a todos. Dándote cuenta de que todo está
perdido le pides al muchacho que huya. Tu última esperanza es
que tu vida dure lo suficiente para que él escape.

Fin

62

Intrigados por el canal de luz, seguís su fluir, completamente
hipnotizados por ella hasta que, de repente, un rayo surge del
suelo matándoos inmediatamente. Los dioses no han querido
descubrir sus secretos arcanos.

Fin

63

–¿Podemos entrar en el bosque?, hasta lo más profundo quiero
decir.
–Alteza, todo es peligroso aquí, pero sea lo que sea, que sea
rápido.
–¿Qué me decís?
–¿Prefiere su alteza que tome yo las decisiones?

A decir verdad lo único que tienes por encima de Deor es tu
derecho a la corona, pero el guarda te supera con mucho en
experiencia, así que quizás debas dejar que sea él quien tome
las decisiones 49 siempre que no prefieras seguir con lo que
habías pensado, 87 dado que no hay tiempo que perder.

bog05

64

La carrera cuesta arriba os sega las fuerzas. Acabáis de golpe,
tendidos sobre la gélida hierba del monte sin fuerzas ni para
esconderos del frío. Al menos aquí arriba no hay signos todavía
de los grises. El corazón os bombea con fuerza y tú hasta
sientes dolor en las sienes y en el bazo. Temes que tu cuerpo te
esté pidiendo descanso. El muchacho, por su parte, teatraliza
sus respiraciones para parecer más cansado de lo que está pero
tú haces todo lo contrario hasta que te das cuenta de lo
ridículo de la situación. Ninguna de esas actitudes retrasará a
los grises. Lo importante ahora es observar lo que pasa y
determinar un plan.

Reuniendo fuerzas consigues ponerte de rodillas. A tu
alrededor la vegetación se ha hecho más rala, el arroyo un
surco de agua entre rocas húmedas y el sol está acercándose al
suelo. Pronto será de noche. En cuanto al chico tiene las
piernas cubiertas de arañazos y empezará a pasar frío en
cuanto descansen sus músculos, pero por lo demás está bien.
¡Grises! Antes de que pudieras desarrollar un plan os han
encontrado. Son cuatro y se acercan a vosotros tan
rápidamente como pueden, apoyándose en sus lanzas. Quizás
quieras aprovechar el momento para atacarles colina abajo
antes de que puedan reaccionar
4 97,173 o tal vez prefieras
arrancar a una nueva carrera 199 .

65

Cuando empiezas, tu espada necesita dos tajos para abatir las
ramas de los zarzales, pero con eso solo avanzas un paso.
Pronto necesitas tres y hasta cinco tajos porque te es difícil
acertar siempre en el mismo sitio. Además rápidamente el filo
de tu espada se va mellando y cada vez corta peor.

De todas maneras eso no es lo peor. Lo peor es que cuando
los grises os encuentras, estáis todavía en el centro de un mar
de espinos, con solo una espada mellada para defenderos. Es
el…

Fin

66

El choque de armas transforma el caos en dos muertes, las de
los grises. Uno de ellos atravesado por el arma del príncipe, el
otro por la tuya. Como por un milagro no tenéis nuevos dolores
que lamentar.

Para cuando recuperáis resuello y la adrenalina os deja
pensar, la Estrella de Oriente te hace recordar que hacia al este
queda la Ciudadela del Búho, seguramente para este momento
deben haber estar inquietos por la comitiva real.

Lo primero, sin embargo, es rodear la cima de la montaña.
Esto lo hacéis despacio, tanteando los pasos, buscando los
reflejos de las lunas, y guiándoos por las estrellas. Aún así, Itair
está a punto de caer al abismo, así que cuando llega la nueva
luz de la mañana sentís más alivio que miedo.

Los grises, sin embargo, podrían estar muy cerca y la bajada
directa hacia el este es un desfiladero fatal, por lo que te
enfrentas a un nuevo dilema. O afrontáis el riesgo de ser
interceptado por los grises mientras buscas una mejor ruta
246 o afrontáis el desfiladero 3 104,
279 .

67

–¡Corra! –Gritas a tu joven señor, y echándote el escudo a la
espalda salís saltando del río. No sabes de dónde sacas las
fuerzas, pero te mantienes junto al chiquillo, al que no le
estorban ni años ni armaduras, y juntos vais sacando ventaja al
gris quien, desesperado, os arroja su lanza como último gesto
de desafío, pero ni siquiera te ocupas en ver dónde ha caído,
sigues corriendo y poco después os habéis perdido entre los
árboles.

Cuando recuperáis el aliento no estás seguro sobre lo que
tienes que hacer. Estáis en un bosque en medio del Monte de
los Espíritus, pero ni siquiera sabéis exactamente dónde. A la
mente te viene la peregrina idea de que estar perdido podría
ser bueno, con tal que también lo estén las decenas de grises
que os persiguen. Por otro lado tampoco puedes pararte
demasiado tiempo, a la vista de lo que acaba de suceder.

Quizás desees explorar los alrededores para descubrir
dónde estáis 198 salvo que creas que lo principal es seguir
moviéndoos 4 153,120 .

68

Tres segundos preceden los movimientos. Al final reaccionas tú
antes de que lo hagan ellos, y opones tu escudo a dos puntas
de lanza mientras atacas al tercer gris. Pero ellos se retiran,
manteniendo la ventaja de sus lanzas y rodeándote. Enseguida
el combate se transforma en un asedio, donde cada lanza te
ataca por una dirección diferente y no puedes estar por todas
partes.

Treinta segundos después una lanza atraviesa tu espalda.

Fin

69

Giráis y zigzagueáis entre los árboles y la fortuna quiere que los
grises os pierdan de vista. Después es todo correr hasta que
sentís el silencio profundo del bosque. No sabes dónde estás,
un techo de ramas y hojas cubre el cielo, y todavía no has
recuperado el aliento como para preguntar a Deor, pero
tampoco debe saber nada 400 .

70

Pensabas que había sido… pero solo era una pesadilla que
ahora ni alcanzas a recordar. Pasado el susto te vuelves a
acostar.

Despertáis a las primeras luces de la madrugada, con un
extraño sonido de pasos a vuestro alrededor. ¿Le dices a Deor
que tenéis que salir corriendo inmediatamente? 242 ¿O te
ofreces para salir a investigar? 157

71

Lográis pasar escondidos todas las horas de la noche. Pero las
luces del alba os revelan docenas de grupos de grises,
rondando a vuestro alrededor, todos sedientos de sangre. Con
la seguridad de que vais a ser descubiertos, tratáis de forzar
vuestra huida corriendo, pero son demasiados y salen en todas
direcciones hasta que sus armas se hunden en vuestras carnes.

Fin

72

En cuanto ves al gris te das la vuelta y corres. ¿Quién podría
reprochártelo? Eres un muchacho que acaba de volver de la
muerte y no tienes ni armas ni armadura. Solo serías un
estorbo. A tu espalda escuchas el entrechocar de espada y
lanza sin que cedas a la tentación de mirar hasta que has
dejado un buen trecho por detrás. Entonces te das la vuelta y
ves al guerrero empujando al monstruo al río y acabando con
él a espadazos. Solo entonces, aunque abochornado por tu
poco heroica conducta te acercas a él. Ni siquiera tienes el
alivio de poder disculparte, te han enseñado que un príncipe
nunca se excusa ni pide perdón y aunque quisieras hacerlo no
sabes cómo. Solo tus ojos hablan por ti.

–¿Necesitáis un arma, alteza? –Te pregunta como único
saludo, con la voz áspera de quien le falta el aliento.
–Sí, Deor. –Le respondes.
–Podéis tomar las armas del gris, alteza, si queréis usarlas.

Una vez armado podrás preocuparte de qué hacer a
continuación. Quizás quieras ofrecerte para trepar a un árbol
para tener una idea de dónde estás antes de que las decenas
de grises os alcancen 82 . Pero por otro lado quizás no sea
momento de perder el tiempo y prefieras seguir adelante
127 .

73

–Alteza, –le dices, –necesitamos un refugio, y me preguntaba
si, dadas las circunstancias, me podría ayudar usted.
–Deor, ¿crees que podremos vivir?
–Creo que vivimos todavía.
–Entonces creo que sí, si es que soy capaz de ayudarte.

Cavas en la memoria de tus jóvenes años, durante la guerra,
para improvisar un refugio. Claro que entonces tenías un hacha
y sabes que tu espada perdería su filo si la usaras como
herramienta. Así que, en vez de árboles, te concentras en
buscar un arbusto, y encuentras un joven mato de hierba-de
caño, una especie de bambú de ramas flexibles, que hundís en
el suelo y entrelazas y atas para formar una cúpula. Después, y
por no tener otra cosa, extendéis sobre ésta tu manta,
tensándola tanto como es posible.

Antes, has pedido a Itair que cave un hogar para el fuego.
Pronto tenéis un hornillo natural que os aliviará lo suficiente
para pasar la noche sin morir de frío. Después de esto, lo único
que queda por hacer es decidir quién hará la primera guardia.
Puedes preferir hacerla tú mismo 4 25,
106 aunque sea para
dar ejemplo, o reservarte para ti las horas mas tardías
3 47,144 que se te
antojan también más peligrosas.

74

Ansiosos por encontrar un lugar donde refugiaros de los grises
y de la noche creéis haber llegado al paraíso cuando encontráis
la boca de una cueva, angosta y húmeda, alta como tres metros
pero lo suficientemente estrecha como para que tengáis que
pasar de lado y buscando huecos para que no tropiecen las
armas.

Tras dos metros, sin embargo, la cueva se abre a una gruta
más espaciosa. Nada más podéis ver. Hasta aquí no llega la luz
y hasta el aire es escaso. Tropezáis con algunos objetos sueltos
que cuando los examináis parecen al tacto urnas de terracota.

–Deor –te llama el príncipe –creo que esto es una lámpara.
¡Y tiene aceite! ¿La encendemos?

Aquí, en esta húmeda oscuridad, te va a costar una
eternidad hacer fuego y lo más probable es que no revele nada
interesante. El chico es joven, pero tú ya has estado en otras
cuevas antes y sabes que no hay más que piedras, bichos y
basura, y por ese orden. Por eso tal vez quieras aprovechar este
lugar para dormir lejos del alcance de los grises 2 . Por otro
lado, Deor, quizás quieras complacer a tu joven señor 34 .

75

El gris no se arredra y carga contra vosotros con nada más que
una daga de cazador, apenas un juguete ante tu espada. Quiere
compensar con energía y valor el poco alcance de su arma,
pero tú eres un guerrero experimentado y el filo de tu arma
abre sangrientos cortes en su cuerpo antes de que
simplemente te aparte y le dejes al suelo.

Tras su caída volvéis a vuestra huida porque os azuza el
miedo hasta que primero el chico, después tú, caéis exhaustos
en la hierba. Quieres relajarte pero ni emoción ni razón te lo
permiten: sabéis que se acercan, que no vendrán ya de uno en
uno y tienes que aprovechar estos instantes de descanso para
buscar un plan al mismo tiempo que recuperáis resuello.

Podrías tratar de buscar algún tipo de escondite mientras
aún estéis a tiempo 41 o simplemente seguir corriendo
monte arriba sin perder ni un segundo más 84 .

76

Os pegáis al suelo tanto como podéis mientras veis a los
espíritus acercándose. Fantasmas y luces bailan en un corro
abierto y caótico, a veces entrando una pareja al centro, otras
saltando una sobre otros y acompañados por una música
siempre cambiante. Por fin os alcanzan y, por pura mala suerte,
el fantasma de un ciervo pisa un pie del príncipe. Al instante el
chico se une a la compañía sobrenatural; poco después darás
tu también el primer paso de una danza que durará hasta los
siglos alcancen su muerte.

Fin

77

Esperas al príncipe durante un tiempo que aviva tus miedos
hasta que un grito distante te rompe el corazón. Claman
victoria los engendros del mal y aunque no escuches ni
lamentos ni gritos de dolor estás seguro de que el último
miembro de la familia real ha perecido.

Fin

78

La jornada se endurece por el frío pero es la falta de luz la que
os confunde. Sin daros cuenta os vais metiendo por una loma
cada vez más peligrosa. No pasa mucho tiempo hasta que,
perdiendo pie, caes al vacío.

Fin

79

Pasáis el resto de la noche lentamente, intentando conservar
las fuerzas todo lo posible, aunque los nervios son demasiado
grandes como para permitiros descansar. Y tienes buena razón
para ello porque en uno de tus desvelos, descubres que a
derecha y a izquierda dos grupos de grises os están rodeando a
escondidas y deben ser más de cien. Delante vuestra ya os
espera un retén. Estos, ufanos, no hacen ningún esfuerzo por
esconderse.

¿Avisas a Deor para que huya inmediatamente contigo
187 o le sugieres avanzar a
escondidas hacia delante? 4

80

La puerta se abre y deja ver una extraña estancia. Para empezar
es casi cilíndrica y angosta, y está ocupado por una extraña
estructura con forma de pájaro gigante, con dos asientos en su
centro. Sin perder tiempo os montáis y cuando eso pasa la
pared se abre dejando mostrar el cielo. Esta es una maravilla de
la era de los antiguos y vosotros vais a escapar en ella, volando.

Fin

81

–Deor, nos podemos turnar, yo haré la guardia primero y si hay
problemas te despierto, ¿vale?

Deor se limita a sonreír y a dormirse cuando todavía está
sentado en el suelo. Desde ese mismo momento te sientes
profundamente solo. La cabeza se te va a los reinos de los
sueños. ¡No! Luchas por concentrarte hasta que te sacudes la
modorra de encima. Ahora el problema es no verse
sorprendido. ¿Deberías quedarte en la cueva 219 donde estás
más protegido o deberías salir al exterior, bajo la noche
desnuda y fría 224 ?

82

–Creo, me gustaría trepar a ese árbol, –le dices a Deor tratando
de ganar una aprobación que te dé un poco de seguridad, –es
que así veremos dónde estamos.
–Muy bien alteza. –¿Querrá decir eso muy bien, es usted el
príncipe y puede hacer lo que quiera, o que le parece buena
idea? No tienes forma de saberlo.

Tus dudas siguen cuando empiezas a subir, eres ágil, pero
nunca habías hecho algo como esto; el chico del arrozal de tus
sueños no hubiera tenido tus problemas para encajar pie,
encontrar agarre a su mano y, sobre todo no mirar al suelo; el
de la realidad de palacio lo tiene más difícil. Superando mil
titubeos consigues subir y cuando lo haces el estremecimiento
casi te derriba. Estáis en la ladera sur del Monte del Espíritus a
dos mil metros de su cima, nevada aún a trozos en el centro del
verano. Lejos, en el valle, los buitres dan círculos sobre los
restos de la comitiva real. Y entre los árboles, moviéndose con
rapidez, oleada tras oleada de grises, los tres primeros grupos
caminando hacia vosotros tratando de rodearos.

Tienes la tentación de quedarte en ese árbol, pero en
seguida descartas la idea. Puede que sea mejor buscar esa
cima 105 , aunque no te apetece afrontar el frío con los pies
descalzos. Otra opción sería primero subir y luego desviarte
hacia el oeste donde ves asomar bocas de cuevas entre viejos
abetos 91 .

83

–¡A los árboles!

No le das al chico posibilidad de dudar. Sin otra posible
solución, vas hasta el borde del acantilado y ante los ojos del
príncipe te descuelgas hacia los pinos. Itair, apurado por la
llegada de los grises te sigue inmediatamente. Descendéis las
ramas como podéis, hasta abrazar el tronco del árbol y desde
ahí alcanzáis el suelo. Vuelan tras vosotros algunas lanzas que
no os alcanzan, protegidos como estáis por el árbol.

Habéis quedado en un estrecho saliente en la roca, ¿os
atreveréis a intentar descolgaros de saliente a saliente
2 286,281
u os defenderéis aquí de lo que quiera que os
manden los grises 2 291,296 ?

84

Casi no puedes arrancar a correr por el gasto de la pelea, pero
cuando lo haces enseguida llegues a un buen trote. Unos días
antes no hubieras creído que tus músculos adornados con
canas podrían mantener el ritmo que tenían cuando eras joven.
Quizás sea el ansia de seguir vivo, quizás sea simplemente que
tienes más experiencia para correr. El chico, por su parte, tiene
en su rostro un guiño de dolor. Debe ser demasiado para su
corazón y sobre todo para su alma, no está acostumbrado a
estos esfuerzos, por no hablar lo que ha sucedido a todo su
familia.

Te tienta acercarte a él, bajar un poco el ritmo y darle
ánimos 132 , pero lo primero es la supervivencia, por eso
quizás prefieras liderar por el ejemplo y seguir adelante 42 .

85

–Lo siento, Deor, me parece que no puedo más, me estoy
helando.
–Podemos, pero es mala idea, por los grises. Podría dejarle
mi capa 126
–¿Y si buscamos un refugio?

Deor te mira apesadumbrado y tú te sientes avergonzado de
tu propia debilidad pero al final accede. Empezáis así una
búsqueda desesperada en medio del frío. Al final lo único que
encontráis antes que la negritud os nuble por completo la vista
es una hendidura en la montaña, lo suficientemente grande
para que os encajéis los dos juntos. Deor improvisa ahí un
refugio con piedras y su manta y os pegáis el uno al otro para
conservar el calor.

Ya habéis conseguido dormir cuando empiezas a escuchar la
canción de un niño: –Ekeles, Yekoles, Aekilesh

Es “mil uno, mil dos, mil tres”, en la antigua lengua de los
Antepasados. Este idioma solo se aprende de los eruditos,
como tu preceptor, y si no fuera porque estás en el Monte de
los Espíritus estarías seguro de que se trata de un sueño.

No puedes reprimirte y asomas la cabeza. A seis metros de
ti hay una niña sin pies flotando en el aire. Viste de una dorada
túnica sin mangas que le cae hasta los muslos y en sus manos
porta un bastón.

–Bienvenido –te dice sonriendo en el idioma de los
Antepasados, –soy Alisdar, y estoy jugando a contar mis
estrellas.

No puede ser, Alisdar es la pastora de las estrellas. Si es
cierto estás delante de una de las diosas, en su forma más
infantil y juguetona. Tienes tanto miedo que te dan ganas de
resguardarte en tu refugio y cerrar los ojos 190 pero tal vez
prefieras responder a su saludo y presentarte 180 .

86

Decidido a no ser un estorbo en esta batalla, agarras la primera
piedra que ves y flanqueas a los combatientes, intentando
alcanzar la espalda del gris. Éste se gira y arroja su lanza contra
ti, pero apenas te roza su punta el brazo, mientras que Deor
atraviesa su espalda hasta que su pútrida sangre contamina el
lecho del río.

No te ha hecho nada que un soldado pudiera llamar una
herida, pero del susto lo primero que haces es arrebatarles sus
armas. Con dos miradas el guardia y tú os ponéis de acuerdo
en que hay que salir de aquí. Quizás siguiendo el curso del río
hasta su naciente 159 o tal vez internándoos en lo más
profundo del Monte de los Espíritus 63 .

87

Apresurando la marcha, avanzas buscando la oscuridad y la
espesura. El viaje sería tranquilo si no fuera porque cada
sonido extraño recuerda a tu vientre tus perseguidores. Tras
dos o tres horas acabáis en un palacio de árboles gigantes, de
copas tan densas que no dejan ver el cielo y con el suelo
alfombrado por capas de musgo, hierbas y setas. A falta de un
cartel que ponga “lo más profundo del bosque”, te quedas con
este lugar.

–Ya hemos llegado.
–Muy bien, alteza, ¿cuáles son sus órdenes?

Esos árboles parecen fuertes y altos, fáciles de escalar y
algunos tienen el suficiente espacio en sus copas como para
que durmáis los dos juntos. Quizás quieras pasar allí toda la
noche 171 o tal vez prefieras usar la cobertura del bosque
para intentar deslizaros entre vuestros perseguidores y escapar
108 .

88

El príncipe habla con dificultad y traduce después la respuesta
del arco lentamente.

–Dice que es la puerta de la muerte y la vida. Que si
pasamos es vida, pero que si pasamos es muerte. Es que… es
difícil de decir… es como que son cosas gramaticales distintas.
Lo de la vida es como si pasamos nosotros porque queremos,
lo de la muerte es como si algo hace que pasemos.
–Bueno, –respondes, –la respuesta está clara.

¿Es “entremos” la palabra que completa tu frase 20 o más
bien “salgamos de aquí” 163 ?

89

Apresuras la marcha todo lo que os es posible bajo la luz
nocturna. Pero pronto tienes que parar. Muy cerca, aunque no
puedes determinar su dirección, has escuchado unos pasos
susurrantes. Podría ser solo unos animales, pero no crees que
debas correr ese riesgo.

Con todo, ¿debes salir corriendo ahora mismo? 30 ¿O será
mejor esconderse y esperar? 192 .

90

Os apresuráis a dar la vuelta sobre vuestros pasos y ponéis ojos
a cada pista que pueda ofrecer el terreno pero la desgracia
hace que no encontréis ninguna ruta. Peor aún, los grises os
han ido rodeando y antes de que podáis reaccionar saltan
sobre vosotros como una horda asesina. Mueres con la espada
en la mano; poco consuelo cuando el mundo se derrumba.

Fin

91

Los grises no os molestan durante la subida y casi dirías que
nunca existieron. La preocupación más inmediata ahora es el
frío, el hambre y la fatiga, que de esos tienes más que
suficiente. De hecho no te acuerdas de haber estado tan
cansado jamás. Pero seguís con vuestro plan y os acercáis a las
cuevas. El suelo se hace ahora rugoso a tus pies por las
extrañas rocas ocres y las raíces de los árboles que corren entre
ellas. Pronto las ramas van ocultando el sol que, adivinas, está
poniéndose en el horizonte y seguís adelante hasta que, por
fin, das un salto movido por la excitación.

–¡Allí! Las cuevas.

No hace falta que digas más. Tenéis ánimos de correr,
fuerzas para andar y acabáis alternando marcha y carrera hasta
entrar en una de las bocas del Monte de los Espíritus. Un lugar
oscuro que huele a cuadra, pero protegido para pasar la noche.
Hay incluso paja cubriendo el suelo, que sin duda te
aguijoneará la piel pero te protegerá de la humedad.

Si esta cueva no acaba de convencerte, puedes intentar
seguir adelante en la oscuridad 60 , pero después de lo que
has sufrido, ¿merece la pena plantearte buscar algo mejor
128 ?

92

Tras una corta carrera os internáis en la fronda. Desde ahí guías
al príncipe hasta uno de los árboles más viejos, donde esperas
que paséis desapercibidos. Poco después empezáis a escuchar
las pisadas y a oler el hedor de los grises y la oscuridad cae
sobre el mundo haciendo completamente invisible todo lo que
se esconde bajo las ramas de los árboles, pero al mismo tiempo
se multiplican también los sonidos de las bestias.

Si quieres intentar escapar esta podría ser tu última
oportunidad 309 , aunque quizás prefieras comerte tus
miedos y aguantar entre las raíces y la tierra 123 .

93

La noche entre los espinos pasa fría y lenta. Un rumor de
angustia en tu alma no te deja dormir y ni siquiera pides al
príncipe que te haga una guardia. Eres tú solo el que ve a
veinte grises acercándose con lentitud, husmeando el aire
nocturno.

Doscientos pasos, aún están lo suficientemente lejos como
para ganar la huida si salís inmediatamente a la carrera 19 ,
pero todavía no os han visto y quizás prefieras confiar en tu
escondite 174 .

trasbatalla2

94

El príncipe parece no creerte cuando le hablas.

–Deor no deseo que mueras. Tienes que buscar otra idea,
por favor.
–Yo tampoco deseo morir, Príncipe Itair, pero no puedo
seguir vuestro ritmo.
–Pero yo sí puedo seguir el tuyo.
–Y también los grises, alteza.
–Me da igual.

El muchacho, con razón o sin ella, no está dispuesto a
abandonarte y no consigues alejarlo de ti. Quizás sea éste el
momento para enfadarte 122 o tal vez prefieras probar a
buscar un refugio, si es que tanto insiste 2 189,38 .

95

La ladera de la montaña es para vosotros un campo del terror
porque cada paso os recuerda que los grises pueden aparecer
en cualquier momento. La mandíbula te duele de los nervios y
el músculo del canto de la mano se mueve a pulsos sin control
pero sonríes por tu compañero y los dos seguís adelante.

Llegáis a la vereda bajo la oscuridad, un viejo camino
hollado a fuerzas de pies y patas que desciende enrollándose
en torno a las irregularidades del terreno. El chico se pega a ti,
y tú le rodeas con tu brazo.

–Es mejor así, Alteza, de noche no podrán vernos.

Pasa media hora y empiezas a pensar en buscar un refugio
para la noche cuando vez aparecer por el camino el farol de un
caminante que sube al Monte de los Espíritus. Puede que
quieras avisarle de lo que le espera, o al menos verle de más
cerca 206 aunque quizás prefieras esconderte ahora entre la
hierba alta 268 .

96

Y corres, vaya sí que corres, feliz, casi como si estuvieras en los
Juegos de Verano. Pronto desaparecéis de la vista de los grises,
escudados por la pendiente de la montaña y seguís hasta que
no os queda aliento. Para entonces los grises ya se han dado
cuenta de tu artimaña, pero es demasiado tarde para ellos.

Fin

97

Corres contra ellos colina abajo buscando que el impulso y la
sorpresa sean suficientes para multiplicar tus fuerzas contra las
suyas. Apenas te das cuenta, pero estuviste a punto de
tropezar y caer, lo que te habría llevado a la muerte. En su lugar
saltas sobre el primero, que ni siquiera ha tenido tiempo ha
preparar su lanza y lo derribas con un mortal corte en el
vientre.

Tu energía te sigue impulsando cuando todavía quieres
detenerte y para cuando giras las bestias inhumanas ya están
listas para defenderse. Si se hubieran contentado con eso
habría ganado, pero les vence su sed de sangre y solo dejan a
uno de ellos contra ti; los otros dos siguen a por el príncipe. Un
intercambio de golpes y te has llevado una punzada en el
antebrazo izquierdo, por haber abierto demasiado la guardia
del escudo, pero el enemigo ha caído al suelo con la cadera
destrozada por tu espada.

No pierdes tiempo en rematarlo, corres a por los otros dos,
que por fin intentan defenderse, pero en este terreno tan
abrupto no hay sitio para el baile de las lanzas y es tu espada la
que se impone; tu espada y el arma del príncipe que te ayuda,
como puede, a finalizar lo empezado.

Mano con mano, celebráis vuestra victoria, y sonreís solo un
momento, por las docenas de grises que todavía acechan esta
montaña y os preguntáis que hacer. En estos alrededores no
hay lugar dónde esconderse y solo os queda decidir hacia
dónde huir. Quizás quieras simplemente seguir colina arriba,
alejándote de los grises 9 o tal vez prefieras hacer justo lo
contrario, dirigirte al bosque que crece más abajo en la falda
del Monte de los Espíritus y aprovechar la noche para infiltrarte
entre los grises. Seguro que no esperan algo así 197 .

98

Dicen que cuando los valientes van a morir escuchan a las
Damas de los Guerreros cantar en su corazón las hazañas de los
antiguos héroes. Cuéntanos pues, oh valiente, las gloriosas
gestas que escuchabas mientras arremetías contra el mal con
tu bello acero que ten por cierto que los escribas de los dioses
no han perdido nota de tus acciones.

Descansa en paz, última esperanza del Reino.

Bueno, esa era la teoría. Porque apenas le dices al príncipe
que se ponga a salvo mientras tu cargas el chico te da un
bofetón. Deja que lo repita: un crío de quince años te ha
pegado un bofetón.

–Mañana seré rey y el Rey desea que vivas.

Poco después estáis corriendo los dos juntos, tanto como podéis,
colina arriba 194 .

99

–Alteza, no olvidemos lo que es importante, tenemos que salir
de aquí.

El chico asiente.

–Tenemos el monte de los espíritus al oeste y las estrellas
nos indican el este. ¿Ves la constelación de la cigüeña? Su pico
nos indica el este. ¡Vamos! 388

100

Os acomodáis como podéis en la angosta ermita, el chico con
todo el cuerpo dentro, en la oscuridad, y tú de pie, asomando
la cabeza, vigilando la llegada de los monstruos mientras la
oscuridad va descendiendo sobre la montaña.

Llega por fin la noche, coronada por las dos lunas y el
universo de las estrellas. Nada parece indicar la tragedia que
ocurrió en la madrugada de este día, salvo las quejas del
muchacho.

–No puedo respirar, quiero salir.

Podrías responder diciéndole que aguante y que duerma,
hasta que pase el peligro 165 , o tal vez prefieras aprovechar la
noche para deslizaros entre sus sombras 139 .

101

–¡Corre! –Gritas a tu joven señor, y echándote el escudo a la
espalda salís saltando del río y corréis tanto como os permiten
las piernas. Un momento antes habrías jurado que no podías
más, que ya tienes demasiados años para ser un héroe, pero tu
espíritu aún brama por sobrevivir. El chiquillo, con sus ligeras
ropas de palacio te lleva la delantera. El gris os sigue al
principio con torpeza, pero después arroja lanza y escudo y
cobra una velocidad sobrehumana.

Quizás quieras ahora enfrentarte a tu enemigo ahora que se
ha desarmado 75 o hacer un último esfuerzo para huir 133 .

102

No descubres nada, el ruido se desvanece y tus miedos se
entumecen entre el frío y el cansancio de la noche. Legas la
guardia a Deor y caes rendido sobre el suelo de la caverna.

La mañana te despierta al hambre y a la sed. Has recuperado
algo de fuerzas, pero es más el miedo lo que te mantiene
alerta. Tienes las piernas de un lazarillo, cruzadas de rozaduras
y pintadas de moratones, los pies de carbonero.

Deor no está en la cueva. Supones que está afuera
vigilando, pero podría haberle pasado algo. ¿Deseas esperarlo
en la cueva 160 o sales en su búsqueda 142 ?

103

Corréis tan rápido como os es posible y aún más pero, la Araña,
la Señora del Destino, ha decretado que corráis justo hacia un
grupo de treinta grises. Al descubrirlos, tratáis de escapar, pero
sus ululares avisan a los suyos, y os rodean y juegan con
vosotros y se acercan, robando metros poco a poco hasta que
llegan a una distancia en la que sus lanzas no pueden fallar.
Caéis al suelo atravesados por las armas. En seis segundos los
grises rematarán al príncipe, tú morirás desangrado, dentro de
tres horas.

Fin

104

–Itair, Alteza, siga mis pasos. El desfiladero es peligroso pero si
no nos equivocamos no nos pasará nada malo. Use las manos
siempre que pueda, pero no confíe en ningún agarre. Cada vez
que coloque un pie apure la vista, si duda, respire y espere a
que se disipe.

La bajada es tan lenta como habías planeado y no es el
chico, sino tú quien tiene más problemas, pero al final,
conseguís llegar al fondo. El suelo aquí es blando y vuestros
pies se hunden en el barro y la hojarasca hasta los tobillos.

A la madrugada, os sorprende el rugir de los cascos de un
escuadrón de caballería. Son los soldados que os han
encontrado y pronto os llevarán a lugar seguro.

Fin

105

El viaje a la cima se va haciendo eterno. La parte buena es que
es solitario y si no fuera por el miedo que te reconcome la
garganta podrías soñar que estás en una gran aventura. A pesar
del verano, a la altura que estáis llegando, el frío te perfora las
plantas de los pies desnudos y sientes agujas en todas tus
articulaciones. Además, ya se acerca la noche y la oscuridad
traerá más frío. El guardia, por su parte, está perfectamente
bajo sus rudas ropas militares. Todavía no tienes miedo de
morir congelado ni nada por el estilo: eres fuerte, y joven y un
príncipe, ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿una gripe? Ya te la
curarás cuando escapes de esas bestias.

Aquí ya van quedando pocos árboles, pero sí hay hierba alta
y toda clase de matos y plantas de una clase que jamás habías
visto ni estudiado: leñosa, espinosa, con hojas finas como
lanzas y pequeñas flores rojas y bayas diminutas que oscurecen
según maduran.

Dioses… te acabas de acordar de tu pedagogo y tu última
imagen de él es el de un cuerpo tendido el suelo, desfigurado…
y la sangre. Te agitas físicamente para sacudirte ese recuerdo
de la mente.

–Alteza, ¿está bien? –Estás preocupando al guardia, que por
primera vez parece perdonar tu anterior cobardía.

¿Qué respondes a Deor? Quizás quieras aprovechar para
confesar que tienes frío y que necesitas un lugar para pasar la
noche 85 o le tranquilizas y le animas a
seguir adelante 126 .

106

La primera hora de la noche va calmando los ruidos del mundo,
excepto la angustiosa respiración del príncipe, que se agita en
sus pesadillas. Tú vas dando lentas rondas alrededor del
refugio, sin dejarte ver ni escuchar.

En esas estás cuando tienes que sujetarte a un árbol del
susto porque van flotando hacia ti, doce fantasmas, víctimas
recientes de los grises. Conoces sus hombres, y los encabeza la
Reina Uryele, con su cuerpo etéreo teñido en sangre. La
tradición lo dice, hasta que los siervos de los dioses los atrapan,
las ánimas persiguen a los suyos, a veces para dar un mensaje,
otras para llevarlos consigo y muchas otras para hacerlos
descender a la locura.

Quizás, por tanto, pretendas interceptar a los fantasmas y
enfrentarte a ellos 248 , guiar la madre hacia
su hijo 277 o tal vez agarrar al chico
y salir corriendo, para evitar lo peor 284 .

107

Es Itair quien te despierta. –Deor, están aquí.

Agachado entre la hierba alta, puedes ver a los grises
andando por el camino que antes tomasteis a cincuenta metros
de vosotros. Cuentas hasta treinta, divididos en cuatro grupos,
con dos en vanguardia y otros dos al final.

–Deor, ¿qué hacemos?

Una opción sería abrazaro al suelo y quedaros tan quietos
como os sea posible 297 . También puedes intentar huir, antes
de que se os acerquen más 329 . Por último, y como opción
intermedia, tienes la posibilidad de iros arrastrando por el
suelo lentamente, confiando en que la hierba os esconda 380 .

108

La noche ha transformado el monte boscoso en una laberinto
de sombras que se hunde en la más vacía negritud. El silencio
es tal que podéis escuchar el planear de un búho, pero los
troncos y las ramas permanecen completamente invisibles,
listos para golpear vuestra osadía. Pronto acabáis agachados,
unidos mano con mano para no perderos y palpando cada
paso. Así el avance es muy lento, y aún así confuso. Podríais
estar caminando directo a unos grises o a algún peligro mayor y
no tendríais forma de saberlo hasta que fuera demasiado
tarde. Quizás ya lo sea 2 117,135 .

109

La ruta que se hunde en la tierra es tan oscura que os obliga a
avanzar palpando las paredes. Incluso así tenéis la sensación de
ir avanzando bastante trecho hasta que, tras un rato largo,
habéis salido de la hondonada y ante vosotros queda la
vertiente opuesta de la montaña. La sensación de éxito os
reavivan fuerzas y ánimos para la siguiente decisión:
aprovechar lo que queda de la noche para tratar de dejar atrás
a los grises para siempre 3 131,14 o dormir para conservar nuevas fuerzas para mañana 182 .

110

Las palabras muerte y fracaso se meten en tu mente tan pronto
como marchas colina abajo. Pero incluso antes de que
empiecen a caer las jabalinas te das cuenta de que solo
escuchas tus propios pasos. No te hace falta darte la vuelta
para saber que el príncipe ha escogido su propio camino, hacia
arriba, donde aguardan los espíritus, quizás tenga mejor
suerte.

En cuanto a ti, y tu locura, te enfrentas a demasiados
enemigos como para tener alguna esperanza de sobrevivir.

Fin

111

No podías ver por dónde pisabas y aunque no puedes culparte
de intentar lo que estabas forzado a hacer, a la naturaleza le da
igual que tuvieras la culpa o no. Lo cierto es que el peligro te ha
superado, has perdido agarre y has caído tres metros, hasta un
saliente, donde se estrella tu hombro .

–Alteza, no se mueva, por favor, estoy bien, busque un lugar
seguro para dormir, tenemos que pasar aquí la noche 393 .

112

Crees que subir esa pared de rocas es demasiado peligroso y
así se lo haces saber al guardia que responde con un
monosílabo casi inaudible.

Después de eso comenzáis a dar un rodeo para buscar otra
ruta pero antes de que podáis encontrarla, una turba de grises
os intercepta. No tienes valor para contarlos, sin duda pasan de
treinta y se dirigen contra vosotros como una masa turbulenta
y asesina.

Tratáis de huir, pero el terreno es demasiado escarpado y
así, atrapado entre las rocas, caes atravesado por siete lanzas.

Fin

113

–Príncipe Itair, sígame, debemos encontrar otra ruta.

Tras veinte minutos tienes que desistir de otra ruta que os
lleve directamente a la cima. Quizás sea la oscuridad que va
cayendo sobre el Monte de los Espíritus, pero todo te parecen
paredes verticales, peores incluso que la empinada ladera que
habías descartado. No obstante sí descubres una cañada
tortuosa, poco más que un surco profundo y estrecho en la
tierra que parece llevar a la otra vertiente de la montaña.

Si te parece esta última la mejor elección, quizás deberías
tomarla 109 . De lo contrario podrías intentar la pendiente
que antes desechaste, eso sí con más oscuridad y tras haber
perdido una ventaja preciosa 119 .

114

Queréis correr, pero la pendiente os va restando las fuerzas
hasta que lo máximo que conseguís es una marcha rápida.
Rezáis para que a los grises les pase lo mismo.

Tras, quién sabe si cuatro horas, la noche se va imponiendo
y oscureciendo la pared rocosa en que se va transformando la
pendiente. Mientras quede algo de luz no debería ser
demasiado difícil de trepar.

Ante esto no te queda más remedio que tomar una decisión
o atacáis la pared rocosa 3 12,
119 o buscáis un escondite
entre sus oquedades 27 .

115

Antes de que pueda pensárselo, sin decir una palabra, tomas al
muchacho con el brazo y, mano con mano, saltáis al
desfiladero. Caéis con la sensación de que el estómago se os
quiere salir por la boca, y entráis al agua al mismo instante.
Durante dos segundos os recibe un caos de espuma, pero en
seguida podéis reponeros y saltar a la orilla. Lejos, ante el
desfiladero, se agolpan los grises, pero has perdido tus armas y
tu escudo. ¿Vas a buscarlas al fondo 26 o aprovechas para
escapar 191 ?

116

El espíritu insiste en sus preguntas durante minutos sin que
respondáis una palabra ni hagáis más gesto que intentar
alejaros lenta y respetuosamente. Tras un rato desaparece en
el aire y creéis que podéis volver al transcurrir normal del
mundo, pero no das ni dos pases y caes de bruces en el suelo,
el vientre estallando de dolor. El príncipe ha caído también, su
cara llena de pústulas y llagas.

Justo entonces el pájaro de fuego vuelve a manifestarse
sobre vosotros para esperar que la enfermedad vaya
cobrándose vuestra vida durante siete días de dolor y fiebre.

Fin

117

El silencio de la muerte desaparece entre los familiares ruidos
del bosque nocturno. La preocupación sigue en tus huesos y
tiembla también tu mano, fría y sudorosa como la de un
esclavo pillado en una falta.

Esta es la situación, solo sabes que estás dentro de un
bosque, en algún lugar del Monte de los Espíritus y parece que
os habéis separado de los grises. El hambre y el cansancio es
real, todo lo demás es misterio. Ya te tambaleas y solo avanzas
apoyándote en Deor, cuyos párpados también luchan por no
cerrarse.

¿Quieres derrumbarte aquí mismo y dormir 57 o seguir
avanzando hacia donde quieran los dioses y los demonios
244 ?

118

Tocas la letra de la espada, pero la estructura no reacciona,
aplicas toda tu fuerza, pero igualmente el mundo te ignora,
mientras Deor mueve la cabeza. –Alteza, recuerde a los grises,
¿no le parece esto una tontería? 79

119

Tienes que animar al chico para que se decida a escalar detrás
de ti. El miedo le agarrota los movimientos y le hace temblar,
por mucho que le eche la culpa al frío. Tú, por otra parte,
decides olvidarte de tus propios nervios y haces lo posible para
ir palpando la roca.

Poco a poco vais subiendo, sin que la noche os retrase
demasiado. –Solo hay que fijarse, –le mientes al príncipe,
tratando de infundirle valor–, solo hay que fijarse y el resto es
como una escalada normal.

Pero no pudiste ver que uno de tus apoyos era una roca rota
desde dentro hacia fuera y que se desprendió bajo tu peso en
cuanto pusiste pie. A punto estás de caer en la oscuridad, solo
te salvan tus brazos, que te sostienen en el último momento,
aunque de la inercia te llevas un gran golpe en la rodilla. Estás
herido , e hirviendo de dolores, pero aún decidido a sobrevivir
12 .

120

La marcha os ha ido quemando las fuerzas que menguan según
el sol va bajando por el horizonte. Sois una desdicha de hambre
y sed, de heridas y cortes, de malos recuerdos y peores
miedos. El príncipe está mucho peor que tú, al ser más joven y
estar más desprotegido. No puedes evitar sentir lástima por él,
aunque sabes muy bien que eso no ayudará a ninguno.

Y entonces, justo cuando empezabas a perder la
concentración de lo fundamental, os topáis con ellos: cuatro
grises que corren hacia vosotros. Inmediatamente echáis a huir
en la dirección opuesta, con el alma en vuestras piernas. Ya ni
los cortes, ni las fatigas, ni el hambre ni el frío importan nada.

Una mirada atrás. ¡Se acercan! Aceleras. Escuchas sus
pisadas. ¡No! El chico ha caído. Te giras y desenvainas. Respiras,
el grupo de grises se ha dividido, el más rápido le saca treinta
metros a los demás. Corres a por él gritando como en los
cantares de gesta y arremetiendo contra su cabeza con el
escudo lo derribas pendiente abajo. Entonces vuelves a girarte
y azuzas al príncipe que ya se ha levantado. Llueven los
venablos de los grises, pero no os alcanzan. Corréis y corréis
hasta que caéis sin fuerzas entre la hojarasca del monte.

Te tiembla el pulso, respiras, poco a poco recuperas el aire y
solo después el dolor. Tu sangre ha formado un círculo oscuro
en tu pantalón, el gris debió darte una punzada con su lanza.
No es grave, pero sabes que ha sido solo el ansia de la vida lo
que te ha permitido correr como lo has hecho. Lo que va a
pasar, si tienes suerte, es que te va a doler y retrasar tu
marcha. No vas a poder repetir esta carrera y un mar de dudas
te asalta el corazón. El chico, por otra parte, está bien, solo un
poco cómico, con toda la suciedad que se le ha pegado al sudor
y una mirada de no saber qué hacer.

Quizás quieras decirle que debéis dividiros para que él tenga
una mejor oportunidad de escapar y tener así un fin noble 94 ,
pero tal vez pienses que lo mejor sea buscar un escondite antes
de que caiga la noche sobre el Monte de los Espíritus 141 .

121

La batalla fue confusa, breve y acabó en un silencio
desesperado. Ya no escuchas las voces de los grises, ni sientes
la respiración del príncipe a tu lado, ni siquiera ves al abrir los
párpados. Solo resta el dolor que te atraviesa el muslo mientras
te desvaneces, como una vieja nube.

Fin

122

–¡Lárguese! ¿Qué cree que tiene la razón por tener la corona?
¿Qué lo sabe todo? No es más que un niño. Ya no puede darme
órdenes.
–¿Por qué! ¿Por qué no estamos en palacio?
–Porque voy a morir, ¡imbécil!

El chico, que nunca le habían dirigido palabra ni la mitad de
fuerte que esa, se queda callado.

–Pero ya te he dicho que no quiero que mue…

Cortas la frase con una acción de la que no te sentirás
orgulloso y que define todo tu enfado y que hace al chico caer
sobre sus rodillas en silencio mientras tú te alejas tan rápido
como puedes.

Pronto morirás, solo esperas que tus acciones, aunque
rudas le hayan dado una mínima oportunidad al muchacho.

Fin

123

Las raíces de este viejo árbol se alzan del suelo y forman una
especie de cabaña que muchos animales han usado de cubil.
Os refugiáis allí y dormís a turnos, tanto como os dejan
vuestros miedos porque nunca os desprendéis del rumor de
pasos de los grises y, a veces, hasta los descubrís acercándose
entre los matos, sin alejarse nunca lo suficiente como para
sentiros seguros.

Al fin la noche está dejando paso al día, y, tenéis que tomar
una decisión. ¿Os escabullís a la primera oportunidad que
tengáis 4 205,251 ,
o esperáis a que sea seguro 176 ?

124

Después de la terrible experiencia de la muerte de Deor te
parece un suicidio seguir adelante sin luz. Pero la noche no es
agradable; a pesar del verano a esta altura el tiempo es
húmedo y frío y como único refugio solo encuentras una
oquedad rugosa en la pared rocosa donde cobijarte.

Cuando despiertas, a la primera brisa, descubres a un
enjambre de grises escalando tu pendiente. No estás seguro de
que te hayan visto todavía pero sabes que tienes que actuar
rápido. ¿Tendrás tiempo para explorar una ruta de descenso al
otro lado de la montaña? 36 ¿O debes salir inmediatamente
185 ?

125

Sin tiempo para empuñar tu escudo, pero aún decidido a
combatir, defiendes la vida del príncipe. La bestia
antropomorfa te mantiene a distancia, atacando con su lanza a
tu cabeza o a tus pies con tan solo un giro de muñeca. Tú
intentas acercarte hasta donde tu espada tenga la ventaja pero
el terreno te dificulta los movimientos.

Al mismo tiempo el joven príncipe se acerca con una piedra
en sus manos. En ese instante, por solo un segundo, pierdes la
concentración, y el gris lo aprovecha hiriéndote con su lanza,
solo tu cota de malla y tu gambesón han impedido que te
atravesara de punta a punta. Justo después Itair arroja su
piedra al gris y falla, pero te ha dado tiempo. Tu escudo aparta
la lanza del enemigo y tu espada le siega la vida, tiñendo el
suelo en negra sangre.

Estás herido , no tanto como para arriesgarte a las aguas
santas, pero sí lo suficiente para debilitarte para un nuevo
combate.

–Gracias, alteza –le dices, –creo que se defendería mejor si
tomara las armas de ese gris.

Recuperas tu escudo y tu armas y decides si quieres
internarte a lo más profundo del Monte de los Espíritus 188 o
prefieres seguir la corriente del Arroyo Santo hasta su
manantial 56 .

trasbatalla

126

–Sí, Deor, gracias, estoy bien, solo era un mal recuerdo.
–Me alegro de escuchar eso, alteza.

Sonríes, orgulloso de ti mismo y de tu temperamento de
hierro para los pocos años que tienes.–Tenemos que seguir adelante.
–Muy bien, príncipe, sigamos.

Pero a los pocos pasos quieres cambiar de opinión y el
miedo se acrecienta según van pasando las horas. El día avanza
hasta morir y, en todo momento, el burlón ulular de los grises
os acompaña. Rabias por preguntarle a Deor cuándo van a
atacar, pero te contienes, no sea que vuelva a considerarte un
cobarde. Además ahora tienes que concentrarte en la
pendiente que casi no puedes ver ahora que cae la noche.
Miras al guardia suplicante, pero o no se entera o no quiere
enterarse. Al final aprietas los dientes, sigues adelante y
esperas que todo vaya bien 2 45 , 37 .

127

–¿Podemos irnos ya?
–Debemos irnos, alteza. Veremos hasta dónde llegamos.

Y salís tan rápido como podéis. Enseguida el sol de la
montaña hace brotar el sudor que la brisa transforma en rachas
de escalofríos. Vuestra huida se va ralentizando según entráis
en una zona escarpada y pedregosa entre abetos centenarios
que acaba en una pared de piedra casi vertical que os corta el
paso. Le calculas la altura de siete hombres y está cuajada de
los caprichosos recovecos que han tejido aquí los dioses.

–Alteza, –te dice entonces el guardia, –¿se siente capaz?

Capaz te sientes 7 , aunque no tengas la seguridad absoluta
porque nunca has hecho algo parecido, y podrías aprovechar la
circunstancia para responder que no e imponer tu voluntad de
buscar otra ruta de huida 112 .

128

Tanto has buscado un buen lugar para pasar la noche que
cuando encuentras uno no lo puedes dejar. El sitio te hubiera
resultado infame hace dos días, pero hoy te parece el mejor de
los refugios. Además, en cuanto se acerca el ocaso la oscuridad
es tan profunda en esta cueva que, literalmente, no te permite
ver ningún defecto. En cuanto a los olores tu nariz se
acostumbra pronto a ellos y no les echas cuenta.

–Alteza, ¿debería vigilar toda la noche?

Tu primer impulso es responder con un sí, que para eso es
un soldado 171 , pero también podrías ofrecerte para hacer la
primera guardia por aquello de no parecer un niño asustado
81 .

129

Nada más presionar el glifo del búho el suelo se abre bajo tus
pies para revelar algo que se parece a una vaina de judías, pero
retorcida y de madera, con inscripciones de letras que te
resultan desconocidas, quizás más antiguas que el mismo
tiempo.

Haces por abrirla, pensando que no va a pasar nada, pero
dentro descubres un cráneo de ratón, hecho de mazapán y
que, aunque macrabo, parece tremendamente apetitoso. Si lo
deseas puedes probarlo 11 , de lo contrario será mejor que te
ocupes de escapar de los grises 79 .

130

No estás dispuesto la soportar la idea de pasar la noche
escondido como una zorra a la espera de los cazadores. Ya has
visto cómo acaba la zorra. Tu idea es aprovechar el abrigo del
bosque para rodear la cima del monte santo cruzar la vertiente
y escurrirte entre las sombras de la noche. La idea es tan
demencial por peligrosa –una caída puede darte peor muerte
que lo haría un gris– que te estremeces y tienes que
contenerte delante del chico.

–No nos podemos quedar aquí, hay que seguir, alteza.
–Pero… ¿no podríamos pasar frío?

El muchacho ya la está pasando; puedes compartir tu ropa
pero no hay forma de que tus botas encajen en tus pies. Tu
mochila tiene cuero de sobra para improvisar unos mocasines;
de lo único que no estás seguro es de si habrá tiempo antes de
que os asesinen los grises.

Una vez consideres todo, quizás te mantengas en tu plan
52o prefieras compadecerte del chico 167 .

131

Decididos a no esperar las horas, seguís la pendiente de la
montaña buscando abandonar este lugar de locura. Poco a
poco la tierra se cubre con espesos matos pero que solo se
alzan hasta la altura de tu codo. Con todo, os ofrecen, de
cuando en cuando, alguna rama donde sosteneros mientras
descendéis muy lentamente.

Así pasáis la noche hasta que la madrugada os sorprende
envolviéndoos en una tenue luz. No hay rastro de los grises y,
cerca, sobre los árboles divisáis los estandartes granate de la
caballería que marcha en vuestra dirección. Estáis a salvo.

Fin

132

–Alteza, todavía quiero que viva.
El chico rompe a llorar bajando el ritmo de correr hasta
andar. –Yo no lo sé, –dice.
–Al Reino le gustaría que viviese.
–Pues el Reino lo tiene crudo.
–Ya lo sé. –Te acercas hombro con hombre. –Y aún si vive,
piense en todas las maneras en que podría cagarla.
–¿Cagarla? Se le puede decir cagar a un príncipe.
–Solo si uno todavía es capaz de cagar, su alteza.
–No me vas a hacer reír. Tampoco quiero.
–No hace falta. Basta que disimule, que pretenda ser un
príncipe, un héroe, el pueblo aquí presente, que soy yo, pondrá
lo demás. Esperamos sus órdenes.
–Corramos.

Y seguís adelante, aunque lo de correr hace tiempo que se
convirtió en trote y caminata, hasta que la noche y su frío se
cierra sobre vosotros. Apenas veis nada y no tenéis más
remedio que ir cada vez más despacio.

Crees que estás ya cercano a la cresta del monte y quizás
quieras pasarla ya en esta cota 184 , o tal vez prefieras
aprovechar la noche para llegar a la cima, lejos de cualquier
gris 51 .

133

La espalda te mata cuando corres bajo el peso de tu cota de
malla y es el chico el que tira de ti, literalmente, mientras el
monstruo va ganando terreno. Sabes que pronto te alcanzará,
es mucho más ligero que tu ahora que va armado con esa daga
pero todavía te quedan unos pasos con los que ganar alguna
ventaja.

Podrías buscar un lugar protegido entre los matorrales
donde luchar contra él 177 o tal vez prefieras probar una
batalla a campo abierto 44.

134

Ves la cara de preocupación en el rostro del príncipe cuando le
dices que tenéis que dar la vuelta. Tú no tienes mucha mejor
cara porque sabes el riesgo que asumes. Vais descendiendo
mientras buscáis desesperadamente una forma de subir. En
esas estás cuando Itair se percata de una roca a la que está
unida una argolla a guisa de aldaba. Sin poderse reprimir tira
de ella y descubre una apertura perfectamente triangular, lo
suficientemente amplia como para entrar reptando.

¿Será buena idea hacerlo 211 o prefieres seguir buscando
178?

135

Al final no tienes tiempo de tener miedo a la muerte. De no
haber estado tan cansado, entre tanta oscuridad y teniendo,
además, tantas muertes que recordar, no te habrían
sorprendido así. Pero apenas notas la maza que te destroza de
un golpe la cabeza. Lo que pasó después no podrás saberlo y
quizás sea mejor así.

Fin

136

La rueda de metal gime cuando aplicas todas tus fuerzas sobre
ella hasta que cede, deslizándose hasta la mitad. Ya no se
moverá más, pero su apertura ha revelado un pasadizo
cilíndrico perfecto.

–Príncipe Itair, ¿sabe qué es esto?
–A lo mejor algo de la Era de las Muertes.
–Las Muertes murieron, ¿verdad?
–Lo dicen los libros.
–Pues adentro.

El túnel se hunde en la tierra como el interior de una larga
caracola. Lo que más miedo da es que se ve como a pleno día,
sin que pueda verse ningún foco de luz. El pasadizo gira,
cambia su inclinación y sigue durante horas hasta que emergéis
en un extraño camino, rodeado de hierba gigante 290

137

La dificultad de la escalada no hace sino incrementarse según
ascendéis y la oscuridad cubre el mundo. El chico protesta,
quiere parar, pero sabes que aquí, tarde o temprano se os
cansarían los músculos y os desplomaríais, uno tras otro, antes
de que llegara el día. Por eso sigues adelante pero, a pesar de
toda tu precaución, la noche impone la muerte a la montaña
cuando, el chico se despista con un estrella fugaz y acaba
cayendo al abismo.

Fin

138

Aunque corréis a romper los pulmones los grises se mantienen
detrás vuestra. A rematar, un precipicio os corta la huida y solo
frenáis a un palmo de caer al abismo. En sus paredes
escalonadas se agarran a la vida algunos pinos que parecen
brotar de la misma roca, si eso fuera posible.

Rápido, se acercan, aquí no os podéis quedar. ¿Tratas de
salvar la vida encaramándote a los pinos 83 ? ¿O intentas
abrirte paso entre los grises 48 ?

139

Comiéndote tu frustración aceptas abandonar el refugio que
has buscado. Ahora toca una noche horrorosa. Os movéis
agachados, observando en cada momento cualquier pista que
pueda indicar la presencia de los grises. Las horas os van
pasando por encima aplastándoos con la preocupación de
sobrevivir.

Quizás por eso habéis llegado a ver lo que estáis viendo, una
acequia donde corre la luz, en vez del agua, rodeado de espesa
vegetación que parece no de jardín por su perfección.
Intrigados, os acercáis y tienes la sensación de que tus armas
tratan de moverse hacia el canal. El estómago se te hace un
nudo, ¿será cosa de los espíritus de este monte?

¿Sigues el canal de luz 62 , o
te alejas de él 228 ?

140

Avanzáis tan rápido como os deja la pendiente. Nunca llegáis a
correr sino que pasáis del trote a una caminata que va
endureciéndose según subís. Todavía os sentís acosados: el
chico, al miedo, suma el frío que le atraviesa sus prendas de
palacio y en esta zona pelada de vegetación no hay dónde
esconderse. Peor aún, se acerca la noche y la subida que tienes
delante aparenta ser de algún peligro. No puede llamarse una
pared, pero está lo suficientemente empinada como para que
una caída suponga rodar sabrán los dioses cuántos metros y
con cuántos dolores. Así pues, tus opciones son claras, o tratáis
de negociar esta pendiente 168 o intentáis encontrar una ruta
mejor antes de que os encuentren los grises 113 .

141

–Alteza, si me lo permitís, me gustaría buscar un lugar para
descansar.
–A mi también me gustaría Deor. ¿Puedes andar?
–¿Tanto se nota?
–Un poco.

Pero el refugio que encontráis, tras bastante andar, no es
más que una hoya semicircular en el terreno rodeada de rocas,
y en su centro un extraño círculo azul con una especie de rueda
de metal herrumbroso.

–Príncipe Itair, –le dices al príncipe. –Usted ha estudiado
esas cosas. ¿Podría ser del tiempo de los Antepasados?

Él te mira dudando y frotándose un pie contra el otro. –No
lo creo. Podría ser del tiempo de las Muertes.

Te paras un momento para considerar tus opciones. Desde
luego no vas a abandonar este lugar ahora que ha caído la
noche pues esas Muertes son de una era de la que solo quedan
leyendas y los grises son muy reales. Lo más simple sería que
ambos os acostarais bajo tu gruesa manta, escondidos tras los
espinos 93 . Por otro lado, no puedes quitar tus ojos de esa
vieja rueda 136 .

142

Te arrimas a la boca de la cueva; no hay nadie. Sales despacio
pero aún eres incapaz de detectar nada. De pronto un ciervo
salta desde detrás de un árbol y corre ante tus narices, dándote
un susto de muerte.

¿Qué haces? ¿Te vuelves a la cueva? 260 ¿Exploras los
alrededores? 265
¿Sigues al ciervo? 270 .

143

El sueño os llega rápido y cuando despertáis el sol ya ondea
tras las nubes. Pero no hay un segundo para contemplar el
paisaje. Los grises, ¿dónde están? No podéis descubrirlos a
vuestro alrededor pero te imaginas que deben estar
emprendiendo la subida, si es que no os están esperando ya
emboscados a este lado de la montaña.

Desde aquí ves tres rutas para bajar. La primera te permite
seguir una pendiente larga y suave, aunque casi pelada de
vegetación 267 , la segunda es un pinar espeso y salvaje que
no permite ver su interior 261 , y la tercera una sucesión de
paredes con formas caprichosas, y salpicadas de piedras por las
que podríais intentar bajar 256 .

144

Cuando Itair te despierta el miedo desfigura su mirada. –Los
estoy oyendo, los estoy oyendo.
–Calle.

Ahora los escuchas tú también, un extraño ulular como el
que nunca has escuchado antes. No puedes estar seguro, es
probable que sean nervios de novato aunque es posible que
alguien esté intentando comunicarse tratando de imitar a una
lechuza.

¿Le dices el chico que se tranquilice y que tu harás el resto
de la guardia 298 u os preparáis
para huir 303?

145

Es posible que el chico conociera los rudimentos de la lengua
de los antiguos, pero no lo suficiente para impresionar a uno
espíritu. O quizás demasiado porque lo siguiente que pasa es
que el arco os traga enteros. Y ahí os quedáis, dentro de su
dimensión o dónde sea que vivan los espíritus, envueltos por
una luz blanca perpetua e infinita, sin poder moveros ni
tampoco hablar.

Quién sabe si cuando salgáis todavía existirá el mundo.

Fin

146

La carrera es larga, pero no conseguís dejar atrás al temible
ulular de los grises. Más bien, os parece que, van ganando
terreno según pasan minutos y casi sentís el dolor de sus
venablos atravesando vuestras espaldas.

–Deor, ¡para!
–¿Alteza?
–Allí, mira.

A dos metros, te esperaba una pared vertical que cae a
plomo sobre el abismo. Pasado el susto, tus ojos te traen la
visión de la Luna de Cobre en el fondo de la sima.

–Deor, es agua, ¿verdad?

El Monte de los Espíritus es famoso por sus lagunas y eso te
da la idea desesperada de saltar 115 .

–Deor, ¿no dices nada? Deor, oigo pasos, ¿corremos? 8

147

La maldición quizás te ha perseguido, porque, poco después de
salir de la cámara, los grises os han rodeado, todo ellos. Os
quedan dos segundos de vida.

Fin

148

Tu carrera te lleva al extremo del cansancio, pero no por eso
paras. Ni siquiera piensas, el mundo se te ha perdido a tu
alrededor, completamente absorto. No escuchas así los gritos
de Deor que te advierten de la enorme grieta en el terreno en
la que sin remisión vas a caer…

Fin

149

Respiras, tragas saliva y te concentras en hablar con calma y
seguridad.

–Alteza vamos a encontrar comida y agua. Si la encontramos
iremos a la cueva y esperaremos a que vengan los soldados.
–No saben si estamos vivos.
–No os encontrarán entre los muertos.
–¿Habrá caza? ¿Con todos esos grises?

Tiene razón, pero no te conformarás hasta que, un día más
tarde, os veis forzado a volver a la cueva, sin nada que llevaros
a la boca. ¿Decides aguantar ahí lo que sea necesario,
aguantando el hambre 50 o sales a por alimentos 225 ?

150

–No se preocupe, alteza, estamos en la cima del monte, aquí
no hay animales grandes, ni grises, aún no.
–¿Qué hacemos ahora?
–Déjeme pensar alteza. Si nos quedamos aquí 320 , el frío
que vamos a pasar esta noche no quiero ni contárselo, y luego
está que se presentasen los grises, claro. Pero si bajamos
ahora, con esta oscuridad…, podría ser peligroso 3 131,398 .
¿Usted qué opina?

151

Al examinar la copa descubres que tiene su borde, justo donde
apoyarías tus labios, decorado con alas de buitres, los laterales
relatan la historia de un barquero, y en su interior, el líquido
parece tomar el color de las perlas.

Probablemente pienses que lo más prudente sea dejar el
cáliz a los dioses 32 , pero, dadas las circunstancias, quizás te
atrevas a derramar el líquido 230 o incluso a beberlo 214 .

152

La ruta alrededor de la cima se hace difícil y miserable por el
frío; peligrosa por la oscuridad. Más de una vez estáis a punto
de perder apoyo y caer, pero los dioses han querido
favoreceros en esta noche. De hecho quizás el príncipe se haya
pasado en sus oraciones, porque cuando ya empezáis a
descender desde la otra vertiente de la montaña, os encontráis
con una curiosa procesión de orugas, grandes de largo como un
pie, brillantes en la oscuridad como el oro bruñido y emitiendo
una música que recuerda a una tarde verano.

Tu primer instinto sería dejarlas en paz 6 , pero es que
siguen la misma ruta que queréis seguir y, a su paso, tardarán
horas en desaparecer de vuestra vista. Por eso quizás quieras
correr hasta adelantarlas, tratando de interferir lo menos
posible 186 .

153

Estás convencido de que nada podría ser peor que parar ahora
y apresuras la marcha colina arriba. Ni siquiera intentas correr
porque sabes que eso es imposible, a pronto solo conseguirías
fatigarte y desfondar al muchacho.

Sigues durante un cuarto de hora hasta que te alarmas al
darte cuenta de que has cometido un error fatal: en tu esfuerzo
por salvar lo peor del terreno te has ido desviando a tu
izquierda, justo hacia donde te sale al paso una docena de
grises. Ya no te quedan fuerzas para escapar.

¿Un último gesto de gloria y cargas contra el mal después de
decirle al príncipe que se ponga a salvo 98 ? ¿O intentas correr
a la cima, a pesar que tus piernas te digan que es imposible
194 ?

154

–A mi señal saltamos sobre ellos –le dices al príncipe que te
mira con los párpados tensos y las cejas altas.

Estáis arrodillados tras un matorral esperando la aparición
de los grises. Los segundos, minutos quizás, van pasando
desgranándote los últimos restos de calma. En cuanto al chico
parece como que está en otro mundo.

Al fin llegan, exhaustos de la persecución, y entonces, sin
dar la señal convenida, corres hacia ellos. El príncipe solo
acierta a levantarse pero se queda paralizado.

En el choque rebanas a un gris medio cuello de abajo arriba,
mandándolo a la muerte. Sorprendidos, los otros tres huyen en
tres direcciones diferentes, pero cuando estás a punto de
cantar victoria se giran y se vuelven hacia ti. Preocupación
sobre preocupación, el chico ha desaparecido. Tienes un
instante para reaccionar. ¿Luchas 68 o huyes 59 ?

155

–Treinta días, podemos sobrevivir treinta días más sin comer,
Alteza, ninguno si nos encuentran los grises.

Los dos os conformáis con este razonamiento. Listos,
arrastráis la balsa al lago y os montáis en ella. El agua es turbia,
muy tranquila y tan somera que os podéis impulsar con una
caña a modo de pértiga, sin hacer apenas esfuerzos.
A la tercera hora de vuestra partida, los pájaros verían a un
adolescente tumbado de medio cuerpo sobre la balsa, con las
piernas en el agua, adormilado por el hambre. Mientras, un
guardia cansado, rema a las puertas de entrar en un río.
Calculas que, si os mantenéis en su centro, el caudal deberá ser
suficiente para cubrir completamente una persona, y tendrá
veinticinco metros, de margen a margen. Tus pensamientos se
dirigen, por tanto, a la transición al río, cuando lo interrumpen
la visión de los grises que corren por la orilla norte. Son cuatro,
pero ahora que os han descubierto sabes que llamarán a más.

¿Apresuráis la navegación 3 323,351 , o desembarcáis en la
margen sur 358 para continuar vuestra huida a pie?

156

Partís ladera abajo, a desprecio de los peligros de la noche,
buscando una ruta segura. La oscuridad no os ofrece ninguna y
pronto os tenéis que enfrentar a una terrible complicación. El
príncipe cae rodando por la pendiente hasta chocar contra
unas rocas y, con una costilla rota, chilla de dolor, mientras tú
sopesas tus posibilidades.

Si no estás herido tú también, puedes intentar cargar con él
y seguir adelante 218 . Ya sea porque no te quede otro
remedio, o porque te parece mejor idea, siempre atenderle y
dejarle descansar el resto de la noche 233 .

157

–Deor, ya sé que me vas a decir que no vaya, pero debo ir yo,
me escondo mejor y tengo mejor vista y oído.
–Por supuesto, alteza.

Antes de que puedas responder Deor se mueve hacia los
ruidos, y tú le sigues. Sin embargo, en algo tenías razón, tú eres
el primero en detectar las huellas de los grises. En cuanto las
señalas sobre el barro, Deor menea la cabeza. –Son buenas huellas,
perfectas, no sé cómo no las he visto antes.

¿Le dices a Deor que las siga 253 , que corra en su
dirección 243 o que huya en dirección contraria 272 ?

158

Dais media vuelta tranquilamente y, como quien estuviera
despistado, os alejáis del arco. Sin embargo a cada paso que
dais el mundo parece ir perdiendo sus colores y su formas
hasta disolverse en un blanco absoluto.

Asustados, tratáis de volver sobre vuestros pasos pero sin
saberlo acabáis dando vueltas en círculos hasta acabar en
mundo donde todo ha sido reemplazado por un vacío blanco,
infinito y eterno.

Fin

159

Aceleráis siguiendo el curso del río, aprovechando su frescor y
la seguridad que sabéis a dónde vais. Al poco, la mala suerte
hace que una docena de grises haya tenido la misma idea. Los
descubrís primero por el silencio que su horror antinatural
impone a las criaturas del bosque y después por el rumor de
sus pasos y el chocar de sus armas mientras intentan negociar
el terreno y los árboles.

–Alteza, apresuraos, –te dice Deor intentando disimular el
aire que le falta a su aliento.

Sintiendo que tienes que tomar la iniciativa, das un acelerón
corriente arriba 54 o giras bruscamente, buscando perderos
entre los árboles 4 69,33 .

desfiladero2

160

Esperas durante toda la mañana y Deor no aparece. La culpa y
el miedo te hacen ir de un lado para otro impidiéndote tomar
una decisión.

¿Qué podrías hacer? ¿Aguantar dentro de la cueva? 250 o
sales a buscarle 245 ?

161

No ha terminado el chico de contar su historia al espíritu y éste
desaparece en el aire, dejando una estela de luz tras su vuelo.

–Ha ido a por las almas.

Te gustaría poder decir algo para confortarle, pero no se te
ocurre nada. Quisieras escucharle pero notas como cierra la
boca tan fuerte que parece querer comerse los labios. En vez
de todo eso te acercas y estás con él un rato, los dos, en la
cima.

Aquí no queda nada por hacer, solo te toca decidir si quieres
esperar al alba en esta cima 210 o partes inmediatamente
ladera abajo 4 111,156 a pesar de la noche.

162

Camináis a la desventura, aguzando los oídos, tratando por
todos los dioses no hacer ningún ruido, agachándoos como
ratones, buscando cada escondite que pueda proveer la hierba,
por bajo que sea.

Pero a pesar de todas las precauciones, los grises os huelen,
os siguen, os rodean y saltan sobre vuestras gargantas.

Fin

163

Agarras al chico y os lanzáis a corres, pero antes de que deis
diez pasos, el portal se materializa justo antes vosotros y
entráis en él sin tener tiempo de esquivarlo ni parar. Nunca
saldréis.

Fin

164

Giras de un salto y corres con Itair a tu lado. Os persiguen los
sonidos de las pisadas de los grises. Uno de ellos grita. Algo
golpea el suelo junto a tu tobillo, quizás una flecha. Agarras al
chico de la mano y aceleras. Dejas de pensar, la carrera lo
inunda todo convirtiéndoos en un par de animal perseguidos.
Minutos más tarde paras y caes al suelo, hirviendo de dolor.
Itair se queda a tu lado, doblado del esfuerzo.

–No… no los… o… oigo. –consigue decirte entre toses.

Tú solo puedes sonreír. 235

165

A duras penas consigues imponer tu voluntad. No es algo que
hubieras conseguido en palacio y si lo has logrado aquí es solo
porque el chico tiene demasiado miedo para protestar con
fuerza.

Después de eso las horas de la noche van pasando con
calma hasta que sientes algo extraño en tus piernas. Llamas al
chico, pero no te contesta, pronto descubrirás la tragedia a la
que le ha llevado una lenta asfixia entre las cenizas de otros
niños muertos.

Fin

166

Has apostado tu vida a que los grises no serán capaces de
acertar a herir tu espalda. Y tienes razón, solo una de las hastas
de sus armas golpea tu muslo sin hacerte daño.

El príncipe Itair, sin embargo, cae rodando montaña abajo,
su cuello mortalmente atravesado por el asesino metal. Solo
puedes rezar para que su muerte sea rápida.

Fin

167

Te apresuras a cubrir al chico con tu capa y después a trabajar
en los mocasines. Nada que enorgulleciera a un zapatero, solo
un truco de soldado. Se pone el pie sobre el, se corta alrededor
dejando altura suficiente para cubrir dedos y talones y se cose
el mínimo cordel necesario para mantenerlo todo atado al pie.
–Gracias. –Hay un alma en el mirar del príncipe que es muy
distinta a las gracias formales que se da a un sirviente de la
corte.

Los dioses han querido que no os hayan alcanzado los grises
durante todo ese proceso, pero la preocupación por el tiempo
perdido te azuza a moverte precisamente cuando el sol inicia
su descenso hacia la noche.

Es posible que quieras seguir camino hasta la cima de la
montaña, alejándote de los grises tanto como te es posible 5
o quizás prefieras cruzar a la otra vertiente de la montaña por
una cota inferior y menos expuesta a los elementos 46.

168

La subida ladera arriba os quema las caderas y las rodillas, pero
evitáis las caídas aunque en dos ocasiones estuvierais a punto
de perder pie. Pero, antes de que hagáis cima, el miedo pasado
no encuentra respiro.

Abajo, escucháis el ulular de una docena de grises.
Seguramente habrán descubierto vuestras formas
recortándose como sombras y estén iniciando el ascenso tras
vuestros cuellos. Además, en la cima se ha formado una nube
de insectos luminosos, dirías que luciérnagas, sino fuera por la
altura de esta cima y porque parecen acompañar a fantasmas
de animales terribles.

Si sigues avanzando tendréis que enfrentaros a esas
extrañas criaturas 43 de lo contrario solo os queda correr
colina abajo tratando de esquivar a los grises 110 o esperar
pegados al terreno, en la esperanza de pasar inadvertidos
2 175,76.

169

Esperáis pegados al suelo tanto tiempo como os es posible y
solo cuando crees estar seguro das señales al príncipe Itair para
que se lance a reptar. Tú vas justo detrás, guiándole de roca en
roca, y hacia cualquier pliegue del terreno, pero, en uno de
esos lances, os topáis con dos grises, casi invisibles por la
noche que ya se posa sobre la montaña. Están demasiado cerca
para ofrecer vuestras espaldas a sus lanzas, atacad 3 66,121

170

Corréis todo lo que podéis, pero no es suficiente para alejaros
de sus lanzas. Desesperados, aceleráis todo lo que os es posible
hasta que perdéis la visión de lo que tenéis delante.

Caéis al precipicio sin ni siquiera daros cuenta hasta que os
encontráis en el aire, dos segundos antes de vuestra muerte.

Fin

171

Al principio te cuesta mucho coger el sueño por todos los
nervios pasados en el día, pero al final el cansancio vence. No
llegarás a despertarte nunca más.

Fin

172

Nunca te hubieras aventurado a escalar esta cima de noche si
no hubiera sido por los grises. Ellos tienen la culpa de todo,
ellos son los que han matado a Deor.

Si no fuera por ellos, no hubieráis subido y Deor no habría
caído gritando en el abismo nocturno ni hubieras escuchando
el estruendo de sus huesos sobre las rocas, ni estarías tú
llorando de dolor. Porque tú has tenido peor suerte, te has quedado solo en
medio de la oscuridad, en esta montaña pelada y fría. Crees
que ya has llegado a su cima y que todo lo que te queda es un
descenso, pero, ¿quién te defenderá cuando lleguen los grises?
Si quieres puedes arriesgarte a bajar la montaña por el otro
lado durante la noche 89 pero quizás prefieras esperar al
amanecer 124.

173

Cargas tan rápido como puedes, pero con tal mala fortuna que
la fuerte pendiente te hace tropezar y caer. A partir de ahí el
combate se transforma en una lucha desesperada por la vida
en la que cuatro largas lanzas se imponen a una espada
solitaria.

Tu último pensamiento, antes de que tu mente sucumba al
dolor, es para el joven príncipe.

Fin

174

Os quedáis muy quietos, ni el más leve susurro escapa de
vuestros labios, pero todo es inútil. La búsqueda de los grises
es muy concienzuda y cuando os descubren ya es demasiado
tarde para correr.

Fin

175

En el margen de la pendiente, hundidos en un surco del
terreno, donde los dioses han querido, pasáis una hora sagrada
bajo el baile de los espíritus. Los grises se han acercado hasta
alcanzaros, pero no os atacan, fascinados o aterrados por las
apariciones. Vosotros, en vuestro doble espanto, no os atrevéis
a alzar la cabeza y cuando por fin lo hacéis veis a los doce grises
unirse a la danza hasta desaparecer.

Al final, todo lo que queda es una copa de plata sobre el
suelo, llena de lo que parece ser vino 151.

176

Lentamente esperáis el momento perfecto. Los minutos pasan
mientras los grises se acercan y se alejan, pero nunca lo
suficiente, hasta que, finalmente, uno de ellos señala en
vuestra dirección. Corréis pero para entonces estáis rodeados y
aunque conseguís matar a algunos, al final caéis atravesados
por sus lanzas.

Fin

177

Corres con el chico a tu lado hasta un círculo de matorrales y
desenvainas la espada. Ni un segundo después el gris te
alcanza. Intentas mantenerlo alejado pero las ramas de la
vegetación desvían y entorpecen tus golpes que la criatura
infernal esquiva con facilidad hasta colocarse en un momento
de descuido a tu espalda, justo donde está el príncipe quien,
aterrado, aún alcanza a herir al gris, pero éste, a desprecio de
su vida, salta sobre hasta hundir el filo de su arma en su
corazón. Un instante demasiado tarde después, tu espada
rebana la cabeza del monstruo. Pero para el reino que habías
jurado proteger esto es el…

Fin

178

Tan pronto como descartáis la gruta del pasadizo triangular os
ponéis como locos a buscar otro refugio. Pero antes de que
podáis encontrar nada mejor los grises os rodean y os atacan
por todas partes. Vuestra lucha salvaje se lleva a muchos de
ellos antes de morir.

Fin

179

La primera salida de caza os ha provisto de cuatro gazapos. No
es mucha carne, pero no tenéis previsto dejar ni los huesos así
que volvéis al refugio con ánimos renovados. Por eso se os
hiela la sangre cuando descubrís a un gris corriendo
desesperado. Va solo, desarmado, en dirección al este, cuando
vosotros vais al norte. ¿Os escondéis 324 , salís a interceptarle
328 o huís tan rápido como podéis 332.

180

–Mis saludos, su Majestad. –Tiemblas al pronunciar las
palabras. En palacio sabrías como dirigirte del primero al
último de los mortales, ¿pero cuál es el protocolo con una
diosa infantil?
–Mis saludos, su pequeñez, nunca había visto chicos
humanos por aquí.
–Es que me persiguen.
–Ah, bueno, ¿no quieres jugar conmigo a las estrellas?
–Es que no puedo volar.
–¿No lo sabes, eh? Estás hecho de cachitos de estrella y yo
tengo poder sobre las estrellas. Si quisiera te podría convertir
en una.
–Pero no quieras, por favor.
–Hoy no. Hoy puedo hacer que vueles.
–¿Y mi amigo?
–Es muy viejo, no querrá jugar, pero me da igual, yo sí.

Y de pronto los tres estáis volando en el cielo, incluso Deor
que, aún durmiendo, se lleva el susto de su vida. En un
segundo os convertís en luz de arcoiris y adelantáis a las
estrellas fugaces hasta aparecer sobre el océano, bajo un cielo
azul de mediodía. No entendéis este milagro, pero os da igual,
solo os ocupa jugar al escondite entre las nubes o a asustar a
las águilas. Muchas horas después el espíritu decide que ha
tenido bastante juego y os deja en los jardines de un palacio.

La pega es que no es vuestro palacio, sino otro que está al
otro lado del mundo y se os acercan doce guardias a los que
tendréis mucho que explicar mientras os parece que las
estrellas se burlan de vosotros.

Fin

181

Corres como el niño que todavía eres, dejando al adulto que
guarde tu vida y la suya. De todas maneras, ¿qué podrías hacer
a tus quince años, descalzo y sin armas? Ni siquiera cedes a la
tentación de tornar la mirada hasta que has cubierto un largo
trecho.

Y cuando lo haces ves al guerrero morir atravesado por la
lanza del gris. El monstruo corre entonces hacia a tí y tu haces
lo que puedes por alejarte de él. No tienes escudo y armadura
que te estorben y vas cobrando ventaja hasta que el monstruo
se despoja de lanza y escudo y corre hacia a tí, armado solo con
un daga de cazador. Aún así redoblas tus esfuerzos pero poco a
poco el gris va acercándose. A punto de alcanzarte, quiebras su
persecución como una liebre, una, dos, tres veces, pero a la
cuarta te agarra por un brazo y entonces su cuchillo, una y cien
veces, se hunde en tu carne.

Fin

182

La luz del sol calienta tus brazos. Itair ya está despierto, hecho
un zorro muerto, a decir verdad, con ojeras de viejo, lleno de
polvo y tantos roces en la ropa como en la piel.

–No hay grises cerca, –te comenta como quien da los
buenos días.

–Mejor. –Te levantas, bajo la luz, la jornada parece sencilla,
la única dificultad es el matorral que se extiende ladera abajo.
Por no hablar de los grises, por supuesto. ¿Te decides a
atravesar el matorral? 249 ¿O prefieres evitarlo dando un
largo rodeo? 254

183

En cuanto enfrentas tu escudo a los grises, los monstruos
cambian de táctica. Ahora la mitad de ellos se apresura
pendiente arriba mientras la otra mitad os apunta con sus
lanzas. Aguantas hasta que los grises llegan a tu posición y
entonces vas a despacharlos uno por uno.

Acabas con el primero, pero antes de que tengas
oportunidad de atacar al segundo un venablo te perfora el
costado. Los grises te abandonan mientras te desangras
patéticamente y se lanzan a por el Príncipe Itair que ya no tiene
ninguna oportunidad.

Fin

184

La cresta de la montaña se desdibuja según os acercáis a ella.
En realidad no hay cresta, te recuerdas a ti mismo, es solo un
efecto de la perspectiva, y ahora, en la oscuridad de la noche,
no tienes forma segura de saber dónde estás. Quizás lo mejor
sea iniciar el descenso tan pronto como puedas 53 o seguir
caminando a esta misma altura hasta que las lunas sobrepasen
el horizonte de la montaña 196 .

185

Deor, como experto militar que fue, era capaz de encontrar una
ruta de escalada de forma instintiva. Pero tú te has criado en
palacio y no tienes experiencia en estas cosas, así que ni lo
intentas. Con todo, eres capaz de seguir subiendo la cumbre,
pero no con la velocidad suficiente. Los grises pierden a varios
en la subida en su precipitación, pero eso no es más que una
pequeña pérdida. Pronto el enjambre te rodea en la roca de
forma que no te dejan ni avanzar ni retirarte.
Sin otra opción, peleas con uno, arrojándolo al abismo, pero
otros dos te agarran por la piernas y te tiran.

Rebotando entre las rocas no llegas vivo al suelo.

Fin

186

–Itair, alteza, tenemos que ir por ahí. Habrá que correr entre las
oruga, pero sobre todo no se le ocurra acercarse a ninguna.
–No pensaba hacerlo. Deben ser criaturas de los dioses.

Emprendéis la carrera. La dificultad está en que el terreno
es muy abrupto y, a ratos, se abre en despeñaderos, pero
conseguís mantener el equilibrio y seguir adelante hasta
adelantar a la procesión de los espíritus. Por fin tenéis ante
vosotros un campo libre y detrás una de las columnas de
caballería que os buscaban.

Fin

187

Tenéis que salir de aquí. Te lanzas a correr con tu compañero a
tu lado, a reventar los pulmones, pero no conseguís salir antes
de que terminen el cerco. Vuestra lucha es tan salvaje y heroica
como breve y acabas tu última hora escupiendo sangre, las
piernas rotas, el estómago hundido por una maza, mientras
soportas las burlas de los grises regocijándose en tu
sufrimiento y la cabeza de Deor, separada de su cuerpo, te mira
desde la punta de una lanza.

Fin

188

Marcháis siguiendo las sombras más profundas del Monte de
los Espíritus, procurando llegar a su mítico corazón. Dejas que
el chico vaya primero, guardando tú la distancia a vuestros
perseguidores. A tu espalda nada está tranquilo, los pájaros
chillan y revolotean y el repugnante aliento de los grises llena
el viento. Barruntas pisadas, imaginas esos ojos sin pupilas
fijados en tu nuca y tiemblas sabiendo que no hay final a la
furia de la profecía que no descansará hasta tener vuestra
sangre.

Por fin llegáis a un lugar donde las copas de los árboles
tiñen de verde el cielo y el sol apenas llega como agujas de oro
en medio de la oscuridad húmeda y fría.

Quizás quieras empezar a buscar un lugar dónde pasar la
noche a resguardo 73 o tal vez pienses que lo mejor sea
abandonar el bosque y tratar de alcanzar la cima del monte
para cuando llegue la noche 130 .

189

–Está bien, Alteza, no le desobedeceré aunque nos lleve a los
dos a la muerte.
–Gracias, Deor. ¿Es normal tener tanto miedo en la guerra?
–Es lo normal y más cuando se va perdiendo, Alteza. Ahora
busquemos donde escondernos, antes de que nos alcancen.
–¿Por dónde empezamos?
–¿Por donde quiera, Alteza?
–¿Qué tal por ahí?
–Lo mismo da.

Y lo que encuentras, pasados cinco minutos, es una tienda
de campaña, de paño azul bordado en hilos dorados con
figuras de ciervos, nutrias y cuervos. Deberías estar soñando,
es la tienda de Naná, la bruja de los cuentos de tu abuela.

–Deor, ¿qué es?
No son cuentos que se escuchen en palacio. –Es, bueno, se
parece a algo que me contaron hace mucho tiempo, alteza…,
leyendas de magia y… eh… eso.
–¿Entramos?
–Alteza, ¿acaso tenemos mucho qué perder?
El príncipe responde con un “no” juguetón, casi alegre.
–Vaya, vaya, vaya, –dice una extraña señora en cuanto os ve
entrar– si es mi niño Deor, ¿sabes cuánto te vengo esperando?
–¿Naná?
–Pues claro. ¿No reconoces mi tetera de avestruz y mi
escudilla de plata? ¿Ahora crees que tu abuela era una
mentirosa? –Y diciendo eso toma la tetera y vierte el te
humeante en el recipiente. –Acercaos.

Aunque sabías por el cuento lo que ibais a encontrar allí, no
dejas de asombrarte. En el interior del té se ha formado una
miniatura de todo lo que existe. En cuanto miráis el mundo se
engrandece ante tus ojos girando hasta mostrar una vista de
pájaro del monte de los espíritus y de los centenares de grises
que bullen en él.

–Hmm, esto no parece estar muy buen lugar, vamos a otro.
Un segundo después oléis el olor del mar cruzando la entrada
de la tienda. Al salir os topáis con una pléyade de mil islas
rodeadas de un mar de terciopelo azul. La vuestra está
rebosante de árboles frutales. Muy cerca, junto a la costa, hay
un pueblo de cabañas de bambú y gente feliz. Volvéis, pero
dentro de la tienda ya no está Naná, sino una nota escrita en
cristal que flota en el aire. –Salí a unos asuntos. Vuelvo en
catorce meses o cincuenta años, da igual, aquí el tiempo no
envejece a nadie. Cuidad mi casa, Naná.

Fin

190

Tan pronto como cierras la puerta del refugio notas una extraña
sensación en tu cuerpo, que rápida se transforma en luz.
Pronto eres una bola de fuego que atraviesa la protección del
refugio, sube a los cielos, donde seguirás vagando, hasta el fin
de los tiempos o a Alisdar se le pase el enfado.

Muy lejos, en una torre de observación, un sabio anota tu
primera aparición: “Estrella Fugaz, constelación de La Lechuza,
ángulo 37, luminosidad 2, color rojo”.

Fin

cueva

191

Dejas las armas donde han caído, y arrancas a alcanzar la orilla.
Agarras a Itair en cuanto llegas y los dos os lanzáis a correr
cuesta abajo. Al mismo tiempo los grises se arrojan desde las
alturas y caen también en el agua. Aceleráis, ganando metro
tras metro, hasta que crees que la vegetación y la oscuridad os
oculta de la vista de vuestros perseguidores.

¿Aprovechas para esconderos? 3 308,202 ¿O prefieres
cambiar súbitamente de dirección? 2 356,262

192

Te arrepientes de esperar tan pronto como tomas la decisión.
En un segundo estás buscando desesperadamente el escondite
perfecto y, sin encontrarlo, optas por meter al príncipe Itair
entre las raíces de un árbol moribundo y meterte tú mismo en
una poza infecta de bichos, con el agua hasta las orejas.
Y ahora toca esperar mientras los pasos de los grises se acercan
y se transforman después en sombras que van apareciendo en
cada dirección. Bueno, no exactamente en cada dirección,
ahora que te fijas, ves que están dejando libre la que tienes
precisamente a tu espalda, un gran pasillo de tierra yerma,
apenas molestado por árboles y vegetación. Quizás debieras
aprovechar esta oportunidad 220 , o tal vez pienses que quizás
sea mejor seguir escondido 226 .

193

La marcha alrededor de la laguna mantiene la misma angustia
que hasta ahora. Deor no te deja descansar ni un segundo, por
mucho que lo necesites. Pero ni siquiera eso os aleja lo
suficiente de los grises. Lo primero que notas es unas sombras
moviéndose entre los árboles y, tras fijar la vista un momento,
puedes distinguir la punta de una odiosa lanza.

¿Le dices a Deor que acelere 330 o le pides que os
escondáis dentro del bosque 334 ?

194

Vuestra carrera a la cima se ralentiza hasta un rápido caminar,
monte arriba, según la pendiente se empina y se complica.
Afortunadamente los grises tienen que enfrentarse a las
mismas dificultades y durante minutos la persecución
mantiene la furia y la angustia, solo que a un ritmo más lento.
Poco después notas un venablo que ha cae junto a ti, fallando
tu espalda por poco y sabes que tienes que tomar una decisión
definitiva.

O te das la vuelta para enfrentarlos y proteger al príncipe
tras tu escudo 183 o seguís adelante a despecho de las lanzas
y de la muerte que puedan traer 3 17,166 .

195

Tras la decepción, esperas que los dioses se compadezcan de
vuestra situación, pero te equivocas. La búsqueda del refugio
te haya llevado demasiado tiempo y para cuando empezáis a
correr los grises, tres grupos de ellos, os han descubierto y
caen sobre vosotros desde tres direcciones distintas. Morís
bajo una lluvia de lanzas.

Fin

196

Desconfiando de las traiciones de la noche, decides esperar a la
luz. Para entonces descubres una larga y suave pendiente
cubierta por un bosque cuyo único franqueo es un pequeño
río. Animándoos, conseguís bajar junto a su orilla, hasta que el
alba os alcanza mucho más abajo.

Ante vosotros, la luz del sol descubre un extenso desierto de
rocas y grava, donde nada parece crecer, salvo ahí donde la
corriente surca la dura tierra.

–Alteza, se me ocurre podríamos dejarnos llevar por el río.

¿Estás de acuerdo con Deor en deja que el río os lleve
flotando 15 ? ¿Prefieres caminar junto a la corriente 212 ?

197

Bajas con el príncipe por la pendiente desnuda, pegados tanto
como os es posible al manto de la tierra, que ni se apiada ni os
presta cobijo del viento. Seguís adelante, tan rápido como
podéis hacia el bosque protector. Pero allí, sin que vosotros lo
sepáis, os esperan emboscados dos docenas de grises. Morirás
antes de qué te des cuenta de lo que pase.

Fin

198

–Tenemos que saber a dónde vamos y a qué nos enfrentamos,
alteza –aseguras al chico que te mira con desconfianza, –vamos
a explorar.
–Pero los monstruos.
–Eso, tenemos que saber por dónde vienen, ¿no lo
entiendes?

El chico reacciona con rabia contenida quizás porque tus
palabras han olvidado que es el príncipe heredero con quien
hablas. Pero ni tus nervios te dejan disculparte ni confías en
que alguno sobreviva a esta noche. Así que, tras una mirada
experta, localizas tres puntos desde donde otear tanto como te
deje el monte. Lo que descubres te deja sin aliento, colina
abajo os siguen tres grupos, tan numerosos que roen tus
esperanzas. El del centro se va retrasando, juzgas que aposta,
mientras que los que van a la derecha y a la izquierda aceleran
la marcha.

Quizás quieras continuar la jornada colina arriba hasta la
cima del Monte de los Espíritus 114 o tal vez pretendas
sobrepasar al grupo que os intenta rodear por vuestra derecha
3 16,140.

199

La carrera, en este caso, es un apresurarse a subir la pendiente
tratando de no desfallecer. Afortunadamente los grises se están
sometiendo a la misma prueba y son incapaces de cerrar
vuestra ventaja. La persecución continúa así durante casi una
hora hasta que sois capaces de coronar la pendiente.

No, no habéis alcanzado la cima, sino tan solo un repecho
del grandioso monte. Ante vosotros se abre un bosque ralo de
árboles delgados, entreverado de espinos y rocas, por la que
desaparece, asustado, un rebaño de cabras salvajes. Detrás de
esto descuella como una torre la cima nevada del Monte de los
Espíritus.

Quizás quieras correr inmediatamente al bosque 92 o
prefieras aprovechar la ventaja que da la altura para combatir a
los grises justo en el punto de inflexión de la pendiente 61 .

200

El jardín de la bruja parece algo más que un laberinto de
espinos secos. Cada mato tiene flores amarillas y unas bayas
blancas que, como huelen a almendras, no os atrevéis a tocar.
Nubes de lagartos, del color del polvo, corren entre ellos a
vuestro paso y por todas partes tenéis la seguridad de ser
observados.

Tras media hora, el horizonte se ha transformado en una
alambrada de arbustos espinosos que os cubre en todas
direcciones; más allá no podéis ver nada y rezáis para que
desde fuera nada más os pueda ver. Todo lo que sabéis del
mundo exterior es el cielo desnudo de nubes y el rumor de los
centenares de pies que se acercan; no pueden ser otros que los
grises. Es por eso que hacéis lo posible por agacharos, dentro
de lo que el dolor y el cansancio deja, y por internaros todo lo
posible entre los matorrales y así llegáis a un claro de tierra
seca, en cuyo centro aparece un iglú de espinos, apenas más
alto que un hombre, con más abertura que la entrada y desde
cuyo interior surge una leve letanía.

¿Dejáis este lugar 384 u os acercáis a quien quiera que sea
su habitante 390 ?

201

–Dese prisa, Alteza, los grises están muy cerca.
–Vete, –dice con los ojos enrojecidos.
–Alteza, perdone si…
–¡Vete!, Vete ya, ¿vale? Ya sé que me van a matar.

Quieres decir algo más pero no entiendes la reacción del
príncipe que, a pesar de todo sigue siendo un adolescente.
Incluso te alejas un poco, y esperas a que se le baje la furia. Al
menos ahora, del enfado, anda más rápido 4 95,363

202

Buscas apresuradamente un escondite y te conformas con
pegarte a una hondonada llena de espinos. Ahí os quedáis los
dos juntos, deseando que los grises no lleguen nunca. Pero
aparecen desde dos direcciones distintas y cuando los veis ya
es demasiado tarde para huir. Sin armas, no tienes esperanzas
en la última batalla por vuestras vidas.

Fin

203

Coges al príncipe de la mano y juntos corréis hasta estar casi al
lado de los zarzales, entonces lo sueltas y salta, apoyado por tu
fuerza. Tu vuelves atrás, para tomar carrerilla y saltas también.
Decenas de espinas te arañan la piel pero contienes cualquier
expresión de dolor. No hay tiempo para eso, una de las
criaturas ha saltado detrás de ti y ha quedado atrapado entre
las ramas espinosas. ¿La rematas 313 o sales corriendo 321 ?

204

Itair dejó de hablarte hace una hora. Solamente te sigue, un
paso detrás del otro, con la cabeza colgando. Tú, con tu brazo
izquierdo sobre sus hombros, le prestas tu determinación para
caminar; desgraciadamente dentro de dos pasos se te cerrarán
los ojos y caeréis los dos al suelo, rodando cuesta abajo. Tú
morirás y solo los dioses saben que será del chico.

Fin

205

Una nueva carrera en la que dejáis atrás a los grises. Aunque
sea por los pelos, ninguno de los dos ha muerto. La única y
grandiosa diferencia es que esta vez los grises han perdido
vuestra pista y para cuando la encuentren ya estaréis con los
soldados que también os buscan. Habéis sobrevivido y con
vosotros el reino.

Fin

206

–Alteza, escóndase aquí, ese farol puede atraer a todos los
grises de la montaña a este camino. Cuando esté bien chirriaré
como la lechuza.
–No quiero dejarte solo, Deor.
–Gracias Alteza, pero confíe en mí. Me basta con que deje
los ojos abiertos, le llamaré en cuanto necesite su ayuda.
–Está bien Deor.

Por supuesto no planeas llamarle ni aunque estés muerto,
pero necesitas la pequeña mentira para salvar el honor del
chico y que no haga estupideces. Escondido el chico,
desenvainas la espada y sales del camino, buscando el abrigo
de cualquier roca, moviéndote despacio pero con decisión
hasta que puedes ver claramente al viajero.

Es un extraño peregrino vestido con una túnica verde que la
cubre hasta los codos y las rodillas, los pies descalzos. Trae
boca grande, nariz pequeña, ojos saltones, la cabeza rapada y
un pequeño cuenco sobre ella. En un brazo lleva el farol y en el
otro una bandera formada por quince cintas de colores.

–Paz, –le dices.
–¿Paz?, ¿por qué me enseñas tu espada, amigo?
–Los… –no sabes si creerá la verdad porque hasta la
emboscada los grises eran criaturas de leyenda –… bandidos.
Pueden que estén cerca.
–Oh, en ese caso mi luz será un inconveniente. –De un gesto
apaga su farol.
–Gracias, señor…
–Oh, mi nombre es Puca, pero quizás ya es demasiado
tarde, ¿es ese uno de nuestros asesinos?
Te das la vuelta de un salto. –Alteza…
–Lo siento, Deor, no podía dejarte solo.
–¿Alteza? –Sonríe el peregrino– Un nombre extraño para un
niño.
–Es un mote.
–Mentís. Bien, tendréis vuestras razones supongo, seguiré
con mi camino.
El príncipe interviene. –Los asesinos son reales.
–Ah, alteza, ¿tienes miedo a los asesinos?

Ninguno de los dos respondéis, raptados por el asombro de
ver que el peregrino está disolviéndose en el aire.

–Oh, no os preocupéis, nací para dar luz me apago si mi luz
se apaga, déjame hacerte de nuevo la pregunta, ¿sabes para
qué vives?
–No.
–Bueno, debería ser una pregunta interesante, ¿no te
parece?

Y dicho eso Puca termina de desaparecer del mundo.
¿Te parece mala idea seguir por este camino y decides
continuar tu huida campo a través? 99 ¿Prefieres seguir
adelante sin perder más tiempo? 326 . O quizás quieras pasar
la noche escondido entre la hierba alta que rodea este camino
solitario 107.

207

Os habéis perdido en esta jungla. Crees que has mantenido
aproximadamente la dirección al este, pero es más una
esperanza que otra cosa, intrigado por una suave flauta que
acompaña el terso rumor del agua. Corréis en esa dirección
hasta que vuestros pies se hunden el barro. Habéis llegado un
punto en que la hierba cede a las cañas de papiro y, más allá, se
abre una laguna que, a lo lejos, desemboca en una corriente,
quizás un río.

¿Pretendes seguir adelante inmediatamente, nadando si es
necesario 276 ? ¿Os hacéis una balsa 293 o investigáis el
origen de esa música 350?

208

Pronto estáis caminando de nuevo y tan pronto tenéis que
esquivar a un nuevo grupo de grises que pasa sin veros. Diez
minutos más y encontrarán a sus muertos. Aquí no podéis estar
y os apuráis tanto como podéis, bajando la montaña, hasta que
llega la madrugada.

–¿Nos hemos perdido?

Deor no contesta a tu pregunta directamente. –Alteza, –te
dice, debemos bajar de esta montaña.

Ahora puedes ver, el camino no es fácil, pero tampoco
peligroso, es solo una pendiente fuerte, con algún desnivel que
podrías saltar con cuidado. Mientras no os encuentren los
grises no podría pasar nada más que algún roce en los codos.
La única duda es que ninguno de los dos sabe exactamente
dónde estáis. ¿Le dices a Deor que debéis descubrirlo primero
216 o te centras en bajar 240 a dónde sea?

209

–¿Un sacrificio? ¿Pero qué podemos sacrificar?
–La sangre de un príncipe.

Ya lo has hecho otras veces, en palacio, para hacerte el
gallito delante de los otros chicos. Deor no se impresiona ni
discute y se va a buscar las ramas que servirán el combustible
para vuestro fuego, lo enciende murmurando una oración y
dejas que nazca una llama. Justo entonces te rajas el dorso de
la mano y dejas que tu sangre apague el fuego.

–Dioses y espíritus, –recitas, –yo Itair, príncipe de sangre
real os hago servicio y reverencia, os ofrezco regalos, doy para
que deis, hago para que hagáis, protegednos. –Y a la oración
añades algo de tu cosecha, –o al menos dejadnos en paz o
matadnos sin dolor. Así sea.

Normalmente la respuesta a este tipo de ceremonias es
interpretable, pero esta vez se manifiesta en la forma clara y
contundente de una criatura con voz de dama consentida y
cuerpo de cabra peluda.

–Soy Fara, la diosa de este lugar y puedo salvaros. Solo me
tenéis que prometer devoción eterna y ya nunca tendréis que
preocuparos de esos tontos grises. ¿Tenemos trato?

Si estás de acuerdo, jura devoción perpetua a este extraña,
aunque agradable criatura 310 . De lo contrario puedes
negarte amablemente 315.

210

Antes de que el amanecer expulse a las lunas del cielo, los
grises han subido hasta vuestra altura. Agazapados entre los
zarzales os han rodeado por decenas. Ha sido el sueño que no
te ha permitido reconocer sus apagados sonidos hasta que fue
demasiado tarde.

Fin

211

Encabezas la entrada al túnel, aunque hubiera sido más
práctico que Itair lo hubiera hecho. Él no tendría tantos
problemas como tu para desencajarse de los bordes de la
pared ni se habría dado tantos golpes. Además ya has avanzado
lo suficiente para que no quede luz ninguna aquí y, por si fuera
poco, al palpar hacia delante, por mucho que extiendes tus
brazos y todo tu cuerpo tus dedos no encuentran nada, ni
arriba, ni a derecha, ni a izquierda ni hacia abajo. Intentas lo
mismo con tu espada y la respuesta es casi l adelante, pese a todo 316 322 ? ¿O te das la vuelta y le dices a Itair que haga lo mismo
178 ?

212

El príncipe se pone quejoso, casi lloriquea protestando de que
está harto de ir sin rumbo, que ya no cree en ti y todas esas
cosas, pero no propone plan mejor. Por tanto, camináis junto al
río, molestos y apesadumbrados, durante horas hasta que los
grises os alcanzan. Vuestra última oportunidad es correr.
5 257,274.

213

No tienes ninguna intención de seguir a los espíritus, cuyos
poderes y caprichos van más allá de la comprensión de los
mortales. Por eso observas el terreno y te decides por una
hendidura en el terreno, que se te antoja una cañada.

–Alteza, tenemos que alejarnos de esta gente, sígame, –le
dices y él te responde con un sí aliviado.

Le guías los primeros pasos hasta entrar en la cañada y justo
entonces te aborda la desolación. La pendiente, lo que adivinas
de ella, te daría miedo de día, inclinada como un tobogán, pero
plagada de rocas y zarzales. A colmo de males, tras vosotros,
escuchas los pasos acechantes de los grises.

–No moriremos, le dices al chico, como si pudieras
prometerlo.
–¿Que hacemos?
–Alteza, no dudaremos, no miramos atrás, no nos
preocuparán los grises. Pasos precisos, el enemigo más cercano
es la montaña. Piense, piense solo en el siguiente paso y en su
cabeza no habrá sitio para el miedo. Vamos.

Descendéis con apuros y sin seguridad, pero vuestra mente
os salva de cada paso, uno por uno. Miras atrás, no hay miedo
en el rostro del chico, bien. Más allás, los grises comienzan a
bajar. Seguís adelante, un grito, una caída,

–¡Alteza!, –le gritas.
–Deor, estoy bien, los que se han caído son grises.

Es cierto, los grises, están corriendo y dos se han tropezado
uno contra otro y han caído hasta partirse los huesos. Pero lo
que quedan os siguen, una jabalina surca el cielo hasta
perderse en la noche.

–Alteza, no corra, por los dioses, no corra, es lo que buscan.
La persecución continua, ahora los grises tienen más cuidado y
mantenéis la distancia. La noche avanza y cuando llega la
madrugada alcanzáis la base del Monte de los Espíritus. Los
grises aún os siguen y rápidamente examinas el terreno a tu
alrededor, tienes un extenso robledal delante, que te retrasaría
la marcha, pero también os ocultaría, seguramente podrías
atravesarlo 21 para intentar que los grises pierdan vuestro
rastro. Sin embargo, podrías aprovecharlo para intentar
despistar a los grises y volver al Monte de los Espíritus por una
nueva ruta 341.

214

Nada más beber de la copa un intenso dolor te revienta el
estómago y la cabeza. Caes al suelo, entre convulsiones, sin
que tu compañero pueda hacer nada por ti. Cuando despiertas
te mira con horror, pero tú respondes saltando al viento,
transformado en el más gigantesco de los buitres.

Fin

215

Te concentras tanto como puedes en lo que tienes delante y
aguzas tus sentidos tratando de descubrir cualquier mal, pero
no hay nada. De pronto te sientes en paz y sabes que nada
malo puede pasarte. El mundo no tiene sentido, solo conoces
este instante que te guía a un paraíso donde las manzanas
brotan del suelo y llueve té dulce del cielo.

Ahora aparecen veinte animales, que han venido a recibiros
a este lugar mágico, los más hermosos que jamás hayáis visto:
del tamaño de un lobo, cubierto de escamas arco-iris y una
ancha cabeza con grandes ojos de gato. Al sonreír os dejan ver
sus dos filas de puntiagudos dientes. Vosotros respondéis al
saludo dejando caer vuestras armas, no se vayan a enfadar.
Después os despojáis de la ropa y os tumbáis pacientemente a
que vengan a comeros vivos. Nada hay que temer, tan
profundamente hipnotizados como estáis, ya no podéis sentir
dolor.

Fin

216

Discutís y al final cedes, pero para cuanto se te pasa la
testarudez habéis perdido un tiempo precioso. Nunca sabrás si
será por tu culpa o la de Deor, pero lo cierto es que el ruido de
vuestras discusiones no pasaron desapercibidas a los grises que
os esperan emboscados en el peor lugar de vuestra ruta.

Fin

217

–Ahora, –le dices a Itair, –lo más importante es que ni nos
oigan, ni nos vean.
El príncipe sonríe. –¿Ni si quiera comer?

Su pregunta te lleva a poner tu mano sobre su hombro, una
familiaridad que no te hubieras permitido hace dos días, y los
dos tomáis rumbo este guiados por el sol.

La mañana pasa extrañamente sin más novedad que el
calor. Ahora el sudor perla vuestra piel y el cansancio os obliga
a tomar asiento. Es el momento peor, cuando sobreviene el
hambre y las dudas.

-Antes de que diga nada, alteza, todavía no estamos a salvo.
Los grises habrán ido a la cima de la montaña ahora se estén
preguntando dónde estamos.
–Pero les llevamos ventaja.
–Estoy de acuerdo alteza, y es una ventaja que, si la
perdemos, nos matan.

De nuevo os levantáis y seguís así hasta que se os corta la
respiración. Por la ruta que habéis seguido la montaña cae a
plomo al este, unos treinta metros, antes de retomar una
pendiente más sencilla. Hay salientes para pies y manos y la
bajada, aunque peligrosa y difícil, es posible sin cuerdas
3 344,234 . Otra idea sería fingir vuestras muertes, fabricando
peleles y vistiéndolos con vuestras ropas 255 .

218

–No, por favor, por favor, déjame.
–Alteza, los grises…
–Me duele y nos volveremos a caer.
–No lo haremos, le doy mi palabra.

Te agachas bajo el muchacho y, con toda la suavidad que
puedes, los cargas sobre tus hombros como una mochila.

–¡Ay!
–Itair, muchacho, llore todo lo que quiera, pero por los
Dioses, no grite.
–Es que duele un poco.
–Eso está mejor. Vamos a ir bajando, de vez en cuando
tendré que pisar fuerte y entonces le dolerá. Usted apriete los
dientes y grite todo lo que quiera, pero para dentro, sin abrir
los labios. Así me ayudará a vivir.

Y así seguís monte abajo hasta que a la madrugada os
encuentra una patrulla de veinte soldados a caballo. Estáis a
salvo.

Fin

219

Te quedas esperando en la cueva, donde te sientes más seguro.
donde el calor y el susurro del viento van turbando tus sentidos
hasta que los párpados se pliegan, vencidos por el inmenso
cansancio de estos terribles días.

No llegarás a despertar, y puedes dar gracias a los dioses por
ello.

Fin

220

Os movéis acechantes primero y al ver que los grises no
reaccionan saltáis a correr. Aceleráis todo lo que os dan
vuestras piernas, como las otras veces que ha estado en juego
vuestra vida, pero cuando pensáis que estáis a punto de salir,
cinco monstruos interceptan vuestro camino. Tienen la misma
piel que los grises, pero el tamaño de los tigres, seis fuertes
patas terminadas en garras y mandíbulas repletas de colmillos.

Fin

221

–Alteza, tenemos que irnos. –No te responde, sigue caminando
embobado y tienes que agarrar sus hombros y sacudirle para
que vuelva en sí. –¡Alteza!
–Todo es hermoso.
–¡No! Dese la vuelta, sígame.

Al instante, te toma la mano como si fuera un niño pequeño
y tienes que correr con él, vigilando cada paso. Al poco los
aullidos cesan y son sustituidos por golpes de patas a la
carrera. No has podido verlos, pero por el ruido sabes que no
son grises, sino algún tipo de jauría, quizás lobos. Para
empeorarlo todo vais directos a lo que parece un muro de
zarzales.

Puedes tratar de saltar sobre los matorrales 203 o
atravesarlos, aprovechando la energía que traéis 271 .

222

El carro de los condenados sigue su camino sin prestaros
atención. Tampoco presta atención a los grises que acaban de
alcanzar la cima y que os siguen lentamente, sin atreverse a
atacar. Las horas de la noche se van sucediendo así, vosotros
respetáis la distancia al carro y los grises respetan vuestra
distancia, pero llega un momento, rondando la madrugada, en
la que el carro se disuelve en el aire, junto con los verdugos
rojos y los condenados.

Los grises sonríen entonces y se disponen a atacar. No
tenéis tiempo ni para vuestras últimas oraciones

Fin

223

No estás dispuesto a morir en una emboscada. Deor, ¡corre!, le
dices, e inmediatamente te mueves tan rápido como te es
posible, pero la pendiente es traicionera y en tu precipitación
resbalas y caes al vacío.

Fin

Sales y te estremeces, la sangre te corre por todas las venas
huyendo del frío. El corazón bombea tan bien como siempre
debe hacerlo a tu edad. Te has traído el escudo de Deor y una
lanza de los grises y por un rato juegas a ser un gran guerrero.
No es muy inteligente, pero durante todo el rato, eso piensas,
has mantenido los ojos abiertos.Ahora viene eso que siempre pasa a los que guardan la
noche, esos ruiditos extraños, que casi siempre significan que
todo va como debe ir. “Un ruido, seguro que no es nada”, te
dices a ti mismo buscando tu valor, solo que entonces pasa
algo peor, un silencio, de esos de emboscada, que solo turban
tus pasos. Te estás alejando de la cueva, muy despacio,
agazapado, cuidando que ni la lanza ni el escudo tropiece con
nada, hasta que te cansas y los dejas atrás.Ahora te deslizas sobre el suelo, la hierba húmeda te araña
el pecho con su frío y tus ojos buscan aterrados hasta que los
ves. Grises, son solo dos y rebuscan cansados entre los
arbustos, pinchando con sus lanzas. Aún no te han visto pero si
siguen en esa dirección no tendrán más remedio que encontrar
vuestra cueva.

Tienes tu cuchillo, si pudieras saltar sobre uno antes de que
pudiera reaccionar, tendrías una buena oportunidad de victoria
239 . O tal vez prefieras volver a la cueva y avisar a Deor 40 ;
él sería capaz de liquidar a esos dos con tu ayuda, o incluso sin
ella.

225

–Alteza, deje que yo me ocupe de la caza. Por los dioses,
quédese aquí, siempre, aunque no vuelva, sobre todo si no
vuelvo.

Estas palabras son tu última despedida del príncipe y
también tu última esperanza, horas después cuando los grises
te descubran, te rodeen y corran contra ti, como una horda
inmensa, y te claven sus lanzas.

Fin

tombs

226

Hay algo en la actitud de los grises que te recuerda a las
artimañas de la guerra. Recuerdas a un general que, al rodear
una ciudad y comenzar un ataque, se “descuidaba” y dejaba
abierta una ruta. El enemigo, confiado, mandaba por allí sus
refuerzos o intentaba escapar, pero hiciera lo que hiciera en
realidad le esperaba una emboscada.

Por eso no te mueves, ni dejas al chico que abandone su
escondite, hasta que los grises, lentamente van
desapareciendo de vuestra vista. Entonces te arrastras a
explorar y, una vez que confirmas que de verdad se han ido,
corréis por vuestras vidas sin que nunca más los monstruos
vuelvan a encontrar vuestro rastro.

Fin

227

Corres en la oscuridad, Deor se ha quedado atrás y ya no
puede enfadarse, porque vuestra loca carrera os llevó justo en
medio de los grises. Él se interpuso y lo mataron, dándote unos
pocos segundos para escapar de los grises, pero han sido
demasiado pocos. Ahora se acercan y no podrás con ellos.

Fin

228

El río de luz te dio mala espina en cuanto notaste que
dominaba vuestras armas. O es tesoro de dioses o es ardid de
los demonios y, en cualquiera de los dos casos, lo mejor es
dejarlo en paz.

Guías al príncipe alejándoos de la luz, hasta que volvéis a las
sombras. Pronto las estrellas son vuestra única guía, buscas el
este, pero aquí en el monte roto, dónde las nubes se han
encaprichado reunirse, la orientación es mucho más difícil. En
todo momento tienes que comprobar el terreno, vigilar a los
enemigos que os buscan y, además, tomar el mejor camino.

Tienes ante ti un desfiladero, ya peligroso de bajar durante
el día, pero si lo consiguieras no te queda duda de que estarías
a salvo 5 3,258 . La otra posibilidad es dar un largo rodeo y
arriesgarte a ser descubierto por los grises durante las horas de
la madrugada 3 264,232.

229

El plan funciona y, mientras los grises tratan de figurarse lo que
ha pasado, vosotros dos ya habéis desaparecido tras los
árboles. Otra vez tenéis que internaros en el monte hasta que
no podéis saber donde estás y otra vez estáis mirando para
todas partes, no parando sino para esconderos, como cualquier
ratón.

–Deor, ¿a dónde vamos?, necesitamos ir a alguna parte, –te
dice el chico y tiene razón.

La Ciudadela del Búho te espera al este, con su guarnición
de soldados, que ya deben estar preguntándose qué ha sido de
la comitiva real. Lo malo es que los grises también deben ser
conscientes de eso. ¿Quieres retomar el camino a la cima 235
o te diriges ahora al este 217 ?

230

En cuanto el líquido toca la tierra se desliza sobre ella
transformado en un río que crece sin control. Alarmado,
devuelves el cáliz a la vertical e incluso lo tapas con tu mano,
pero todo es inútil, el río crece ahora por fuentes desconocidas.
Además el mundo se ha transformado hasta que la hierba se
vuelve negra, lo árboles púrpura y el cielo se viste de amarillo.
Pero no tienes tiempo de admirar el nuevo paisaje, donde
desaparecen montañas y valles, porque debéis correr por
vuestra vida, ahora amenazada por la crecida de estas aguas.
Pero estas siguen creciendo hasta rodearos completamente en
una pequeña isla negra que empequeñece sin parar.

En esas estáis cuando veis aparecer un barquero montado
en una barca de negra madera; una mujer parece, con cabeza
de cuervo y rema venciendo fácilmente la furia de las aguas.
¿Llamas su atención para que venga a salvaros 342 o
preferirás nadar cuando os cubran las aguas 347 ?

231

Escalofríos os recorren el cuerpo en cuanto atravesáis el
umbral de mármol. Hace verdadero frío aquí dentro a pesar del
verano y la luz que acaricia las paredes blanquecinas os
recuerda a un sudario. Sin embargo recorréis el estrecho pasillo
en pocos pasos y al final no encontráis nada, solo una urna de
alabastro con las cenizas de un difunto.

¿Deseas volver a la plaza pentagonal 340 o decides
internarte en la selva de hierba gigante 2 207,345, ?

232

Los grises llevan horas escondidos bajo el viento frío,
maldiciendo su suerte, pero ahora os descubren y se pegan a
sus rocas, esperando el momento fatal en que vuestros
cuerpos estén a su alcance. Entonces todas las jabalinas irán al
príncipe, que morirá lentamente mientras tu defiendes su
sangre.

Fin

233

Te da miedo llevar al chico por este despeñadero, arriesgando a
que sus lesiones vayan a peor o que acabéis los dos víctimas de
un nuevo accidente. Pero la espera os va congelando los
huesos y da tiempo a los grises a acercarse. Cuando llega el
alba decides que no hay más remedio que alejarse.

–Alteza, ¿puede caminar?
–Caminar, un poco, correr, no creo.
–No se preocupe, alteza, si somos listos no habrá que correr. 393

234

Aceptaste los riesgos, pero eso no atenúa el dolor de tu
fracaso. Sobre todo porque tu fracaso ha sido una caída de
catorce metros. Te has roto siete huesos, incluida la espalda y
estás paralizado de cintura para bajo. El príncipe aún
desciende, llorando, tú ahora le mientes, comiéndote todo el
dolor que puedes, diciéndole que no se apure, que estás bien.
Cuando esté a salvo le dirás la verdad y le pedirás que te
deje, para que los grises no le alcancen. Y si no acepta tus
palabras, tu propia daga acortará tu vida.

Fin

235

Inmediatamente volvéis a vuestra ruta hasta que coronáis el
lado opuesto de la montaña. Para entonces es imposible ver
nada más allá de veinte pasos y hasta hablar os cansa. Casi
dormís de pie. Y sin embargo, la salvación y la libertad puede
estar al pie de esta pendiente, más allá de vuestra vista, pero
cerca. ¿Piensas que tenéis que dormir 143 o te arriesgas a
bajar de noche 3 13,204 ?

236

–Tienes razón, –le dices a Deor.
–Alteza ha de saber que éste es el día más feliz de mi vida
porque usted va a vivir y ha de triunfar, los dioses le han
bendecido, de eso no hay duda.
No encuentras palabras con las que contestarle porque
sabes que él lo va a tener mucho más difícil.
–Adiós, Alteza, que reine diez mil años, hasta que la arena
se transforme en montaña y brote el musgo sobre su cima.
–Adiós Deor.

Segundos más tarde estás volando. Tus lágrimas se agregan
a la lluvia mientras te alejas del Monte de los Espíritus aunque
ya sabes que ninguno de los monstruos puede detenerte. Aún
no lo sabes, pero debes llorar también por ti, porque cuando
vuelvas a casa nadie te reconocerá por tu nuevo aspecto, te
tomarán por un espíritu de los muertos, los sacerdotes y los
magos se congregarán para echarte más allá de las murallas y
vagarás para siempre entre las bestias del aire.

Fin

237

–Eras su madre, Majestad, más ahora solo una sombra helada.
Ante tus palabras, los fantasmas engrandecen sus cuerpos, y
suenan las palabras de la reina,
–¿Qué sabes tú, necio, lo que somos? ¿Qué sabe ninguno
vivo de la muerte?
–Sé que éste no es vuestro lugar, llevaos
vuestro dolor y dejad que el niño viva y reine.

Uryele duda hasta desaparecer llorando ante tus ojos, junto
con su triste compañía 284 .

238

Llegáis al silo con los grises pisándoos los talones, pero la
puerta de madera hace tiempo que se ha desprendido de sus
goznes. Así que lo primero que haces es bloquear la entrada
con tus armas. Los grises se lanzan a por ti una y otra vez, pero
caen ante tu acero. Pronto el umbral se llena de cuerpos y
durante esos minutos de gloria te sientes invencible.

Sin embargo, para entonces la horda ha sido convocada y
eres lo suficientemente veterano para saber que tarde o
temprano te superarán.

Fin

239

Tus pasos jóvenes, tus leves pies no hacen ningún ruido. Con la
calma que has conseguido después de pasar tanto miedo llega
a un metro de la espalda del monstruo. Entonces saltas y le
clavas tu puñal, hiriéndole. Se revuelve de dolor y se enfrenta a
ti, mientras su compañero te apresa las piernas. Tu pequeña
arma no será rival para dos lanzas.

Fin

240

La bajada te resulta más fácil de lo que habías previsto. Es solo
el cansancio, el sueño y el hambre acumulada las que te hacen
dudar, pero el miedo a los grises es una fuerza más poderosa
que todo eso. Un bosque os espera en las estribaciones de la
montaña, tan espeso que los grises no os podrán encontrar
nunca.

Fin

241

Tomas los aires y a pesar de la noche puedes descubrir a los
grises cuando se acercan por el movimiento que causan a las
ramas. Desde ahora guías a Deor, primero a un refugio,
después por las rutas de la montaña, evitando a los grises
mucho antes de que estos puedan acercarse a tu amigo y sin
que esto puedan hacer nada salvo maldecirte. Poco a poco van
resignándose a abandonar vuestra persecución y al fin llegaréis
a tierras civilizadas donde tendrá que acostumbrarse a tu
nuevo aspecto.

Fin

242

–Deor, ¿no lo estás oyendo?, tenemos que escapar, rápido.
Deor responde comprensivo a tus palabras –No, alteza,
primero tenemos que saber a qué nos enfrentamos.

¿Te ofreces a ir a mirar tú? 157 ¿Prefieres que vaya él? 18
¿O insistes en que tenéis que huir ahora 247 ?

243

Deor te mira preocupado cuando sugieres tu idea, pero
después su cara se ilumina. -Entendido alteza, no se quede
atrás.

Corréis, siguiendo las huellas hasta que estas desaparecen
súbitamente.

–Lo sabía, –dices, –estaban hechas al revés para
engañarnos. Pero los engañados han sido los grises, que
todavía os esperan al final del camino mientras vosotros os
seguís alejando más allá de su alcance.

Fin

244

No hablas, ni siquiera haces un gesto, simplemente obligas tus
pies a caminar. Pronto empezáis a caminar en círculos en el
bosque hasta que, a una hora de la madrugada, descubres que
estás caminando solo. Sin que ninguno de los dos se diera
cuenta, te has quedado atrás, mientras que, a tu alrededor,
grandes como lobos, te ves rodeado de veinte arañas grises,
armadas de tela, ácido y veneno.

Fin

245

Tu regreso al mundo es recibido con el frío y el silencio.
Husmeas por los alrededores, buscando alguna pista pero tu
eres mal rastreador y tienes que desistir. Deor no ha dejado
pistas obvias y tú ni siquiera sabes exactamente qué debes
buscar 265 .

246

La búsqueda en plena mañana dio a los grises el tiempo que
necesitaban para encontraros, seguiros despacio y escoger el
mediodía como la hora en que moriréis.

Fin

247

No, Deor, tenemos que irnos ya, por favor. El sargento te lanza
una mirada que estaría acompañado de una palabrota de ser tú
uno de sus reclutas, pero calla y obedece. Acabáis así los dos
corriendo sin dirección 4 343,227

248

–No nos molestes, criatura de sangre, estamos muertos.
Reconoces la voz de la Reina Uryele, aunque sus labios no se
mueven. El resto de los fantasmas, ni siquiera te dirigen la
mirada.
–No os molesto, señora, – le respondes, –pero debo
proteger a su hijo.
Su respuesta es sencilla. –Soy su madre e impondré mi
voluntad sobre la muerte.

¿Continuarás tu desafío 237 o te apartarás por fin 277?

249

Una corta bajada y ya estáis en el bosque de matorrales, hasta
aquí todo ha ido bien, pero es justo en el momento de
desaparecer tras las ramas cuando distingues a un gris
agazapado entre las rocas, mostrando solo su cabeza que gira
de un lado a otro.

¿Os quedáis quietos 346 o seguís con vuestro plan 352?

250

Resignado a no encontrar a tu amigo, te vuelves a la cueva,
pero lo que no sabías es que los grises te han visto entrar y salir
y pronto asaltarán la entrada.

Fin

251

Esta carrera termina antes de empezar, porque cuando
comenzáis a correr uno de los grises se cruza en vuestro
camino. Lo matas, pero el combate te retrasa lo suficiente para
que los demás os alcancen.

Fin

252

El bosque os provee de las suficientes ramas caídas y
matorrales como para haceros una especie de iglú vegetal que
luego cubrís con hojas. No es mucho y no resistirá una lluvia
fuerte, pero sí os ocultará. Las cosas os van bien así el siguiente
día y la siguiente noche, ni siquiera escucháis otros sonidos que
no sean los de la naturaleza y los animales. Pero a la mañana
del segundo día los estómagos os revientan de hambre. Duele
constantemente y no sabéis que hacer para remitir el dolor.
¿Os decidís a cazar 179 o aguantáis el hambre 319?

253

Seguís las huellas despacio, no por que sea difícil seguirlas, sino
porque paráis a cada poco para descubrir la presencia de algún
gris, pero no encontráis ninguno. Todavía no lo sabéis pero os
encamináis directos a una emboscada; son siete grises que os
han estado siguiendo, aprovechando vuestra lentitud. Dos ya
están cerrado vuestra huida, los otros cinco preparan sus
armas.

Fin

254

Parece que el matorral no se acaba nunca, y aún seguís
intentando rodearlo cuando descubrís delante vuestra un
grupo de tres grises; probablemente la última esperanza que
tienen los grises para alcanzaros. ¿Arde tu sangre por un
combate 3 348,301 o prefieres una carrera salvaje con la que,
con suerte, salvar vuestras vidas 353?

255

Te cuesta convencer al príncipe que no accede a tu plan hasta
que le aclaras que os quedaréis con la ropa interior y la manta.
Después, juntando ramas de zarzales y hojas, rellenáis vuestras
ropas. Cañas dobladas y entrelazadas forman vuestras cabezas
y con ramas más gruesas y claras fabricáis las piernas.

El príncipe no está convencido del resultado.

–Se ve lo que son.
–De cerca sí, pero tendrán que acercarse y eso significa
bajar por ahí. Les llevará tiempo. Ahora vamos al sur, así medio
desnudos no quiero subir a la montaña.

Y al sur bajáis, nunca sabréis si será porque tomasteis al
final la ruta menos esperada, o si vuestros peleles funcionaron,
pero lo cierto es que los grises no recuperan vuestra pista y
acabáis rescatados por una partida de cazadores que pronto os
llevan a la civilización.

Fin

chozas

256

Quien no haya visto nunca espíritus creería que esta pared
caprichosa y resquebrajada le da al monte su nombre.
Hendiduras la siguen de arriba abajo, piedras brillantes la
salpican y junto a ella crecen desde el fondo, hasta sobrepasar
su altura, cilindros de roca y arcilla en precario equilibrio.

Sobrecogidos por la caída de cien metros, emprendéis la
bajada. Las dificultades aparecen desde el principio pero os
sobreponéis y poco a poco vais bajando hasta que, a medio
camino, descubrís a los grises asomando desde el precipicio.
Los nervios casi os hacen perder pie y aún os queda una caída
mortal. Sin embargo, tras mucho esfuerzo conseguís llegar
abajo. Seis grises han seguido vuestra ruta, aunque aún les
queda un gran trecho por descender, quizás cuarenta metros.
¿Salís ahora a todo correr 3 354,397 o intentáis derribarlos a
pedradas 4 289,359

257

La carrera ha sido larga junto al río pero con la fortuna de que
un rebaño de búfalos se cruzara tras vuestros pasos quedando
entre vosotros y los grises. Para cuando pudieron sobrepasarlos
ya estabais muy lejos.

Fin

258

A duras penas has conseguido sobrevivir a la caída. Han sido
solo seis metros y como por milagro no te has roto ningún
hueso, pero tienes los brazos cubiertos de sangre. El príncipe
está llegando junto a ti, jadeando. La noche te ha jugado otra
mala pasada; lo único bueno es que, sea como sea, ya estás en
el fondo del barranco.

–Deor, ¿estás bien?

Tú le respondes con una sonrisa y con un trozo de diente
que se te cae de ella. Justo entonces escucháis pasos que se
paran súbitamente apagando la risas. ¿Salís a toda prisa 355 o
te preparas para combatir 361?

Tu primer ataque deja a uno de los grises sin vida. El segundo
se revuelve, pero antes de que pueda reaccionar le atraviesas
las entrañas. Han quedado muertos y tienes que reaccionar,
escondes los cuerpos y vuelves corriendo al refugio, porque
sabes que en cuanto se den cuenta este no será un lugar
seguro 284 .

260

Tras el susto te vuelves a la cueva, temiendo que el ciervo esté
escapando de alguien. Pero lo que no sabes es que los grises,
escondidos, te han visto salir y entrar de esa cueva. Pronto van
a deslizarse sigilosos en su interior, donde no vas a poder huir
ni esconderte.

Fin

261

Os metéis por el pinar, confiando en su protección. Una vez
dentro la pendiente es perversa, cubierta de musgo y cayendo
en ocasiones a plomo, desde luego un terreno muy difícil por el
que correr. Si quieres, puedes cambiar de opinión y salir ahora
del bosque para emprender camino por la pendiente más
suave y pelada 267 , o bajar por la pared de formas caprichosa
3 256,362 . De lo contrario, sigue adelante 367 .

262

Sin tiempo para decidir, giras a dónde te parece y aceleras a
sacarte el corazón por la boca. Así exprimes al máximo el efecto
de la sorpresa y la confusión que recae sobre los grises cuando
desapareces de su vista junto con el príncipe, que te sigue de
cerca. Pero los crueles dioses han querido que, tras unos
primeros metros, acabéis en un pedregal erizado de espinos
que rápidamente frenan vuestra huida. Pronto os alcanzarán
los grises, por última vez.

Fin

263

Decides que la comida es lo primero. Vuestra excursión os
provee de un botín de cebollas silvestres y una camada de
cuatro pequeños roedores que, según las mentiras de Deor,
deberían ser gazapos. Un rápido fuego y un espeto convierte
todo en vuestro desayuno.

Recogido y limpio el lugar, buscas un árbol desde el que
descubrir el sol. Trepas lo justo, por no malgastar energías y
mientras tratas de calcular tu ruta, algo frío toca tu tobillo.

–¡Alteza!, –es Deor que ahora señala un oso gigantesco, dos
veces más pesado que cualquiera que hayas imaginado antes,
pero con pico de ave. Os mira fijamente y sacude luego el suelo
con sus patas. Puede que sea hora de correr 311 de trepar
tanto como podáis 318 o de alejarse muy despacio 336.

264

Esta suerte la habéis pasado, si habían grises cerca, todavía
están detrás, pero más allá de vuestra vista y quizás de vuestro
miedo, mientras os alejáis, hacia el este, de este monte de los
espíritus 95 .

265

Pasado el susto, te paras y escudriñas el bosque con tus ojos. Al
no ver nada, das un paso, miras y vuelves a mirar. Sigues
adelante. Hay un tronco caído entre dos árboles, casi como si
fuera una barrera, sospechoso… Un sonido. Te das la vuelta de
golpe… pero nada. Tres pasos más, ahora los ves, dos cabezas
entre los matorrales, son grises, puede haber más, ¡corre!
3 275,280.

266

–Estaremos a salvo cuando llegue el amanecer.
–¿Cómo lo sabes?
–Alteza, no lo sé, lo espero.
–Ya…
–Perdone Alteza.
–No Deor, perdóname tú. Dilo otra vez, por favor.
–Estaremos a salvo cuando llegue el amanecer.

El chico suspira y pronto estáis los dos caminando a buen
ritmo y casi sonriendo 3 95,363.

267

El viaje por esta zona ofrece pocas complicaciones y avanzáis
con rapidez, pero desde lejos los grises os han visto y con
silbidos están reuniendo toda su horda que está confluyendo
tras vuestra a toda velocidad. Escucháis el rumor de sus pasos,
y conscientes de ello, las manos se os llenan de frío y aceleráis
vuestros pasos, pero entre vuestros perseguidores hay muchos
que son muchos más veloces que vosotros. De tantos no
conseguiréis escapar.

Fin

268

Escondidos bajo la hierba veis pasar al farol lentamente. Te
preguntas quién pudiera estar caminando a estas horas y por
este lugar tan desolado. Un bandido nunca se dejaría ver de
esa manera y mucho menos otra víctima de los grises, ¿Será un
extranjero o un maestro de los espíritus, quizás?

Mientras pasas tus elucubraciones el farol también se apaga
de repente y ya no puedes ver ni la menor sombra del
caminante. Sin embargo ya no sabes si seguir escondido. El
príncipe parece dormido y quizás quieras hacer lo mismo 107 ,
aunque, por otro lado, quizás prefieras proseguir tu huida 99.

269

Sabéis que la torre es una cripta en cuanto entráis en ella. Es
más que el aire húmedo, la pálida luz que se cuela en el interior
o el olor que toma al asalto vuestras gargantas; el pasadizo
donde estáis baja retorciéndose en espiral y al llegar al fondo
del abismo desemboca en una entrada cerrada con huesos y
cráneos, de hombres, mujeres y niños.

–Deor, nos vamos de aquí, ¿verdad?

Te tomas tu tiempo para recuperarte del susto. La verdad es
que sería fácil apartar esos viejos huesos, bastaría sacar unos
cuantos y dar un buen empujón. ¿Pero quieres hacer eso 306
o haces caso al muchacho y volver por donde habéis venido
340 o seguir adelante a través de la selva de hierba
2 207,345?

270

Corres tras el ciervo, quizás pensando que si está huyendo será
por algo. ¡Tienes razón! En cuanto das el cuarto paso, doce
grises salen de entre los árboles desde diferentes posiciones y
corren a por ti con sus lanzas. Ahora no hay tiempo de pensar,
tu única posibilidad es correr 2 275,280 .

271

No pares, acelera, le gritas al príncipe, pero los zarzales son
espesos y las ramas no ceden a tu fuerza. El grueso cuero de tu
gambesón te salva de los pinchos, pero no de la caída. El
príncipe está mucho peor, zurcido de rasguños, pero eso no
tiene ninguna importancia. Lo único que cuenta son las
mandíbulas de la jauría monstruosa que dentro de un segundo
os alcanzará.

Fin

272

Deor te guía justo en la dirección contraria que marcan las
huellas de los grises. Se trata de un rastro demasiado fácil de
seguir porque ha sido marcado a posta. No podréis advertirlo
hasta que ya no quede nada por hacer sino morir con honor,
pero ahora doce grises ya sonríen acariciando las puntas de sus
armas.

Fin

273

Nunca sabrás lo que le ha pasado al príncipe, porque para
despertarás cuando un intenso dolor te cruce la garganta y la
sangre abande tu cuerpo hasta que mueras.

Fin

274

Habéis querido correr, pero ya han sido muchos días de
hambre y persecución. El príncipe cayó primero, exhausto por
lo poco acostumbrado que su vida le ha preparado para los
esfuerzos. Después fueron las lanzas las que acabaron contigo.

Fin

275

¡Lo has conseguido! Tu rastro se ha perdido entre los árboles y
aunque ha sido una carrera dura al final los grises han cedido.
Poco a poco vas recuperando resuello mientras piensas que
hacer. Desde luego no volver a la cueva, ni rehacer tus pasos,
sobre todo porque nunca en tu vida habías estado tan perdido
como en este momento. Lo que te pide el alma es esconderte,
pero eso ya ha fracasado, por no hablar del hambre que cada
vez es peor. Una cosa que no has probado es hacerte pasar por
un gris, si lo piensas desde lejos, con la piel embadurnada de
ceniza podrías pasar por uno ellos; bastaría con un pequeño
fuego 357 . Por otro lado tal vez sea mejor internarte en el
bosque, evitar a los monstruos y aguantar hasta que vengan a
rescatarte 365.

276

Tras desprenderte de tus botas te metes con tu compañero en
el lago. Durante los primeros metros tratáis de andar pero
pronto tenéis que desistir porque vuestros pies se hunden en el
fango o tropiezan con las bases de las cañas. El agua está turbia
y no podéis saber qué criaturas tocan vuestras piernas
mientras se deslizan por el fondo. Las armas, el escudo y la cota
de malla te pesan, y dudas si dejarlas atrás 302 o seguir con
ellas 372 .

277

–Señora, vuestro hijo duerme, le dices por fin, seguidme.
–Ya sé yo muy bien dónde yace mi hijo, ¡apártate!

Segundos más tarde ves al fantasma de Uryele introducirse
lentamente en su refugio y nada más después, un chillido te
atraviesa el corazón. Corres, el cortejo de los muertos ha
desaparecido. Entras al refugio, no hay nada, del chico no ha
quedado traza alguna, como si hubiera muerto en la
emboscada y estos últimos días fueran solo fruto de tu locura.

Fin

278

Ignoran tu presencia; los asesinos ni siquiera imaginan que
nadie les aceche. Pasan dos minutos de esos en los que cada
segundo cuenta, en que cada movimiento se queda en tu
mente y tu mano está lista para matar. Así los ves, acercándose
a vuestro refugio, y el detalle de sus babas cuando descubren
el cuerpo del príncipe, indefenso en su sueño, más no el filo de
tu espada cuando corta sus cuellos. 284

279

Ya sabías que el camino del desfiladero llevaba la traición en
cada uno de sus pasos. Desde el primer momento aceptaste la
pena de muerte con la que te amenazaba. Pero no estabas
preparado para ver a Itair caer veinte metros hasta romperse
las piernas y desangrarse lentamente junto a tus lágrimas.

Fin

280

Tres lanzas siguieron tu carrera. Una se rompió en un árbol, la
segunda se hundió en tu espalda y la tercera cayó junto a ti, sin
hacerte daño. Pero para entonces ya estaba tendido en el
suelo, perdiendo sangre. Ahora los grises se reúnen ante ti,
haciendo burlas y contemplando como te vas apagando
lentamente entre dolores hasta morir.

Fin

281

La bajada por este desfiladero escondía muchas dificultades,
pero las habríais superado todas de no ser por la persecución
de los grises. Fue por eso que tropezaste con el chico y os
fuisteis los dos montaña abajo hasta estrellaros con las rocas
del suelo.

Fin

282

Lo primero es saber dónde está el sol. Para eso Deor se fija en
el musgo de los árboles.

–Alteza, por ahí está el oeste. –Señala la dirección con su
brazo, que en el bosque no parece mejor ni peor que otra
cualquiera. Emprendéis una marcha apresurada, pero siempre
atentos a cualquier ruido que pudiera indicar la cercanía de los
asesinos, los primeros kilómetros serán los más peligrosos
285 .

283

Palpando el suelo del foso, apartando los cadáveres, acabáis
por encontrar una trampilla hexagonal, que abrís con gran
esfuerzo. Dentro encontráis un pozo, dotado de una escalerilla,
de algún metal antiquísimo que, por maravilla de los Ancestros,
no solo está libre de óxido sino que brilla con una luz verdosa.
Descendéis, ¿a qué otro sitio podéis ir?

Lo que os encontráis al fondo os sobrecoge: una cámara de
piedra sólida, llena de literas, y en cada uno de ellas, los huesos
y el polvo de algún desventurado. Pero también hay vida en
forma de insectos, que pululan como fantasmas bajo la luz
verdosa y, más aún de todo eso, agua, que corre por el fondo
en un canal subterráneo. Poco a poco descubrís lo que pasó,
estos deben ser de los últimos de los antiguos, que
sobrevivieron aquí las guerras hasta que se les acabó la comida,
pero vosotros no tendréis que esperar tanto tiempo, porque al
fondo también hay otro túnel, y éste sigue durante kilómetros
hacia el este, hasta salir de vuelta al mundo muy lejos del
alcance de los grises.

Fin

284

Por poco habéis conseguido evitar al peligro a y no puedes
evitar reír, sea por el miedo o por la simple fortuna de estar
vivo, ni tú mismo puedes saberlo. El chico te mira asustado y tú
te excusas diciendo que es para ahuyentar al miedo.

–Deor, ¿a dónde vamos ahora?
–No nos podemos quedar aquí, Alteza, seguiremos viaje a la
cima 366 .
–¿No será peligroso? Yo pienso que ahora, que es de noche,
si nos quedamos muy quietos seguro que no nos encuentran
371.

285

Un día más tarde llegáis a un extenso claro que aloja una
laguna circular, de trescientos metros de orilla a orilla con un
islote rocoso en su interior. Deor quiere rodearla 193 para
volver a vuestro camino hacia el oeste, pero tal vez prefieras
hacer una balsa para atravesar la laguna 287 .

286

A pasos precisos y calculados, pero sin titubeos acabáis en el
fondo del acantilado. Los grises todavía están tras vuestros
pasos, pero les lleváis buena delantera. Instintivamente sabes
que esta puede ser vuestra oportunidad de dejarlos atrás para
siempre y te lanzas a correr, con el chico a tu lado. Dos minutos
más tarde escuchas sus saltos llegando al suelo. Te das la
vuelta, debe haber unos ochocientos metros entre ellos y
vosotros, no es suficiente y se te cruza la idea de abandonar tu
espada y el escudo o quedarte atrás para entretenerles
mientras el príncipe escapa
374 , pero quizás lo mejor sea no
pensar absolutamente en nada y convertirte en el espíritu de la
carrera
379 .

287

Empezáis a fabricar la balsa inmediatamente. Lo primero es
reunir los materiales, los troncos que servirán de estructura, las
fibras que los ligarán y las ramas que servirán de relleno. Esto
os lleva tiempo y ruido por lo que, antes de que consigáis
terminarla los grises se han extendido entre vosotros y el agua,
bloqueando toda dirección de escape. Así, cuando ataque, no
tendréis esperanzas.

Fin

288

A la parte de tu mente que se le ocurrió lo de esperar al chico
le dedicas un grosero insulto. Insuflado de energía militar te
mueves por el terreno a súbitas marchas, interrumpidos en
parte para observar, en parte porque ya doblas más de veinte
años.

Te lo encuentras, el muy novato está trotando sin parar,
mirando al suelo para no caerse. No te ve hasta que lo atrapas.
–¡Alteza! ¡Podría haber sido un gris! –Tiemblas en cuanto te
salen las palabras. Solo el miedo te ha movido a hablar así.
Pero lo único que hace el chico es abrazarte, hundiendo sus
dedos en tus carnes, como si así estuviera a salvo.
–Calma, –le dices –tenemos que seguir.

Y quieres seguir, pero dejas que pase el tiempo para que se
calme, más que nada porque tu corazón necesita este tiempo
para recuperarse.

–¿A dónde vamos? –Te dice al fin.
–Déjeme… pensar…

Mientras recobras el resuello podrías decidir bajar la
montaña hacia el este 95 guiándote por las estrellas. Crees
que en esa dirección hay una vereda que conduce a la
Ciudadela del Búho, allí deberíais estar seguros. Por otro lado
es posible que los grises os esperen en esa dirección y quizás
prefieras esconderos en este bosque hasta que pase el peligro
58 .

289

Lo habéis conseguido. En realidad casi ninguna de vuestras
piedras acertó a alguno de vuestros enemigos, pero en cuanto
cayó el primero al vacío, chillando de miedo, el resto se retiró a
buscar mejor ruta, pero vosotros aprovecháis ese tiempo para
escapar tan lejos que nunca más volverán a encontraros.

Fin

290

El camino ahora está escoltado extrañas caretas de piedra que
aparecen escondidas entre la gigantesca vegetación que crece
en sus márgenesa los márgenes del camino. Seguís adelante
porque peores son los monstruos que os persiguen y cuando se
hace de día la vereda termina en una cúpula de tierra que
surge del mismo suelo; no hay ventanas, solo una abertura
rectangular delante vuestra y otra, del tamaño de un puño, en
su ábside. ¿Deseas entrar 333 o sigues adelante a través de la
selva de hierba 2 207,345, ?

291

Tras fracasar con las lanzas algunos de los grises os imitan y
saltan a los árboles. Bajan con ferocidad y arrojo pero abajo les
esperan vuestras espadas y entre el príncipe y tú vais
despachando a los que llegan, o los empujáis al abismo. Sin
embargo siguen llegando sin arredrarse, impulsados por un
odio demoníaco que no podéis comprender.

–Me estoy cansando. –Protesta el príncipe y tienes que
darle la razón, no hay alternativa, tendréis que intentar
descender esta pared 2 286,281 .

292

Aguantáis escondidos los dos juntos sin hacer un movimiento
pero son tantos los grises que están pasando y durante tanto
tiempo que la fatalidad hace que uno de ellos se tope
literalmente con vosotros. La lucha acaba en la muerte del gris,
pero para entonces ya estáis completamente rodeados.

Fin

293

Las cañas gruesas y la hierba gigante son una excelente materia
prima para las balsas. Los únicos problemas los da que solo uno
de vosotros está acostumbrado a trabajar con sus manos. Aún
así, a base de cortar cañas y atarlas en fardos, pronto tenéis un
par de flotadores, que unís con más cañas y hierba hasta
formar una plataforma. Vuestros estómagos rugen después del
trabajo y os tienta pescar, improvisando una red 364 , antes de
emprender viaje en la balsa 155.

294

Esta vez los ruidos que acompañaban vuestros pasos
demuestran ser algo más terrible: un grupo de grises que os
estaban acechando esperando el momento preciso. Veinte
lanzas volaron hasta vuestros cuerpos que ahora yacen
sangrando entre las cañas y el barro.

Fin

295

La senda de la espada termina en una pequeña torre
almenada. No tiene puertas ni ventanas, ni ninguna
decoración, salvo los nidos que las aves han construido en sus
aleros. Apenas levanta tres metros del suelo y os sería muy fácil
escalarla 269 , aunque quizás prefieras volver por donde
habéis venido 340 o seguir adelante a través de la selva de
hierba 2 207,345 .

296

La ferocidad de los grises tiene un origen demoníaco y no se
calma ni por el miedo a perder la vida. Por eso saltan sobre
vosotros y encuentra el camino de vuestras espadas. Su sangre
os salpica, pero siguen llegando uno tras otro.

Con todo, estáis a punto de eliminar la primera oleada y
ganar el tiempo suficiente para pensar, pero un maldito gris,
justo al tiempo de morir, atraviesa tu rodilla con su lanza.
Sabiendo los dos que no puedes huir, que quedarse aquí es un
suicidio, le ordenas al príncipe que intente salvarse solo,
deseándole la mejor de las suertes.

Fin

wf5

297

–No te muevas, por favor alteza, no te muevas. –La crudeza de
la situación hace que te olvides de la formas.

Quedáis los dos acurrucados bajo la hierba y la noche
mientras los monstruos van pasando uno tras otro, reventando
a sustos vuestros cuerpos, sin que este trance avance a su
resolución. Calláis como los grillos, como la naturaleza misma
que tiembla con vosotros. Itair te mira suplicante y entonces tú
le confortas con tu mirada y le pides en silencio que aguante
292 o que se haga una serpiente y se escurra contigo bajo la
hierba alta 380

298

El ulular que habías escuchado se disipa mientras el príncipe
cae en su sueño. Tú te pones a vigilar, conforme a la ronda que
aprendiste de recluta, y al final los ves, la docena de ellos,
avanzando en todas direcciones. Apenas tienes tiempo para
despertar a Itair, pero quizás nunca debieras haberlo hecho,
porque para entonces los grises ya están cargando contra
vosotros, empezando un combate que nunca podréis ganar.

Fin

299

El camino que surgía de la estatuilla de la corona de laurel os
lleva a través de la selva de hierba alta hasta lo que parece una
casa labrada de un solo bloque rectangular de mármol. No
tiene ventanas, pero tiene un vano por puerta que te permite
entrar en su interior 231 . También puedes seguir adelante a
través de la selva de hierba 2 207,345 o volver por dónde has
venido 340.

300

El consejo de Deor te lleva a aceptar también su conocimiento
de la orientación. Al este vais, pero bajo este bosque todo te
parece igual. En todo momento, tanto como es posible a tu
edad, mantienes la alerta buscando la sombra de algún gris.

–Deor, es raro que estemos tan, tan solos.
–Ajá.
–Y, ¿sabes por qué?
–No, Alteza.
–¿Me lo adivinas?
–Algo peor hay por aquí, puede ser eso.
–Vale.

Pero lo cierto es que durante este primer día tenéis suerte.
Algunos lobos pasan cerca de vosotros pero no muestran
interés al ver vuestras espadas. Por lo demás, la jornada se
completa con la caza de un conejo herido y la llegada de la
noche justo cuando alcanzáis una corriente, cuyas aguas bebéis
sin precaución.

Seguir adelante es una opción 386 , pero no confías en tus
fuerzas, ¿buscas la copa de un árbol donde dormir 395 ?

301

Cargas sobre ellos, el príncipe junto a ti. Las bestias no pueden
creer la furia que ven en vuestros ojos. Estáis hartos de ellos y
cada uno de tus golpes cuentan por los de tres hombres. Uno
tras otro, los grises van cayendo. Al primero le partes,
literalmente, la cara; Itair empala al segundo, el tercero se
derrumba en trozos, derribado por tus golpes.
Después, todo en calma, caes tú también.

–¡Deor!
–Alteza, si no le molesta, me gustaría morirme.

Y cierras los ojos, cinco veces te habían herido los grises y
solo ahora te das cuenta, mientras los brazos de un niño te
abrazan y sus lágrimas bañan tu rostro.

Fin

302

Dejas en el agua todo lo que te pesa, primero tú, luego tu
compañero, y después seguís adelante por la laguna, buscando
las zonas junto a la orilla norte, las más espesas de vegetación.
Seguís así durante horas, soportando los mosquitos, hasta que,
llegada la noche, os atrevéis a salir a campo abierto. Corréis y
andáis mientras las estrellas están el cielo y al llegar la
madrugada una patrulla de soldados de la Ciudadea del Búho
os alcanza. Estáis a salvo, enhorabuena.

Fin

303

–Alteza, si fueran grises tenemos que salir ahora y si no, lo
siento por su sueño. –Y así los dos salís andando
apresuradamente, tratando de no armar ruido alguno entre las
sombras de la noche. Es entonces cuando descubres a los
grises, acercándose a vuestro refugio y sonríes porque cuando
lleguen ya estaréis lejos camino de la cima 366

304

El camino del cuenco de piedra con agua se encuentra también
rodeado de la selva de hierba gigante que, si cabe, crece aún
más alta hasta cubriros completamente. Llueve sobre vosotros
y, de hecho, chapoteáis al andar, pero al mismo tiempo luce el
sol y el agua está templada por el verano. En esas estáis
cuando al pisar te hundes hasta la cintura y ante ti se abre la
selva de hierba hasta descubrir una corriente salpicada de
cañaverales.

¿Pretendes seguir adelante, nadando si es necesario 276 ?
¿Empleas el tiempo que sea necesario para haceros una balsa
293 o prefieres volver por dónde has venido 340 ?

305

Optas por seguir adelante, camino al éste, dónde sabes como
Deor que queda la Ciudadela del Búho, vuestra mejor y casi
única esperanza 95 o quizás al oeste 285 , donde nadie
podría imaginarse que iríais porque solo viven las bestias y los
peligros.

306

–Deor, esto no es una buena idea, de verdad.
–Confíe en mí, Alteza, tenemos que descubrir qué se oculta
aquí dentro.
–¿Por qué?

La respuesta llega cuando sacas uno de los huesos y el resto
de la obstrucción se desploma sonoramente. Ante vosotros hay
un cámara apenas iluminada por la luz que entra desde un
tragaluz circular. El polvo que dispersa esa luz se va
depositando para revelar un sarcófago de piedra. Itair fija sus
ojos aterrados en ti, pero tú continuas con la decisión que ya
habías tomado y antes de que el chico recuerde que es príncipe
te lanzas a abrir la tumba.

Pero tus esfuerzos solo descubren un cráneo aplastado,
unos huesos surcados de viejos cortes, una espada oxidada y
polvo. Frustrado, puedes tratar de volver a la plaza pentagonal
340 o quizás intentar atravesar la jungla de hierba gigante
2 207,345.

307

Tan pronto como os agazapáis y os lanzáis a correr, una energía
invisible os paraliza las piernas. Caéis rodando por el suelo,
pero incluso antes de que paréis salís flotando por el aire hacia
el carro de los condenados. De nada valen vuestras protestas,
los verdugos rojos, ahora te fijas, ni siquiera tienen boca con la
que responderos. Pronto, como el resto de los prisioneros, os
conformáis a apagaros en una esquina del carro hasta que os
dormís.

Despertáis en la tierra de la noche eterna, donde las
estrellas no brillan y las rocas están sembradas de viejos
huesos. Es una terrible gruta, flanqueada de gigantescas
estatuas de demonios, a la que os llevan, las puertas del
verdadero infierno.

Uno tras otro los condenados van entrando en la oscuridad
sin fin, pero cuando llega vuestro turno el infierno os rechaza.
Segundos más tarde estáis solos, a tres años de camino de
vuestro hogar.

Fin

308

Resguardados entre las plantas escucháis a los grises rondando
entre las ramas hasta que sus sonidos se alejan. El príncipe, por
milagro del cansancio, ya se ha dormido, y te tienta hacer lo
mismo permaneciendo en vuestro escondite 171 o
arriesgarte a infiltraros entre los grises 314 antes de que
amanezca.

309

Corréis tanto como es posible correr, pero este mágico bosque,
repleto de sombras y reflejos os separa. Tú escuchas un grito
de dolor y quieres pensar que es uno de los grises, abatido por
un golpe afortunado de Itair, pero entonces uno de los grises te
derriba al suelo.

Luchando, saltas sobre él clavándole la espada, pero ya todo
da igual, porque antes de que muera otros siete grises te
rodean con sus lanzas. Vas a morir.

Fin

310

–Vale, ahora repetir conmigo… Uroj.
–Uroj –La primera parte es fácil.
–Erbmudivres anrete a araf.
–Erb…mudi…vres anrete a araf. –Esta parte os cuesta más.
–Bien, ya está hecho, disfrutad la vida conmigo.

Y dicho esto veis el mundo transformarse a vuestro
alrededor. Ya no estáis en la montaña, sino en una galería en el
interior de la tierra. A vuestro alrededor pululan centenares de
criaturas, todas trabajando sin descanso, picando y
transportando diamantes por kilos.

–¿Dónde estamos? –preguntas a lo que parece el cruce de
macho cabrío y caballo.
–En las minas de los dioses que comen diamantes. Venga,
poneos a trabajar que seréis felices.
–Y os ponéis a trabajar y, la verdad, es que sois muy felices
picando diamantes. Quizás sea por el hechizo de la diosa cabra.

Fin

311

Saltas del árbol y arrancas tan pronto como pones pie en el
suelo. El monstruo chilla y corre tras vosotros, esquivando los
árboles como si fuera un halcón, pero con la fuerza de tres
osos. Rápidamente, sin remisión, os recorta la distancia. Deor,
en un último gesto, se da la vuelta con la espada, pero el
monstruo ni siquiera para, no tendría tiempo ni aunque
quisiera, y lo atropella en una masa de músculo y sangre. Deor
muere sin un grito y el monstruo, consumido por su rabia,
corre ahora hacia ti.

Fin

312

Un día más tarde, quizás dos, cuando abrís la trampilla, no
sabéis lo cerca que han estado los grises de encontraros. Pero
ya no están, ni siquiera en el mundo. La profecía ha perdido su
poder, la magia se ha disuelto y la que yace bajo los huesos,
sigue yaciendo bajo ellos, rumiando su venganza, prisionera de
su propio rencor, hasta que las más malvadas de las estrellas
vuelvan a darle nueva ocasión. Pero ese peligro no llegará hasta
que mueran de viejos vuestros nietos; de momento tanto
vosotros como el reino ha sobrevivido.

Fin

313

Un tajo de tu espada debilita las ramas del zarzal, el siguiente
raja su cráneo entre los ojos. Pero no tendrás ocasión de
celebrar tu victoria, porque al mismo tiempo ocho otros
monstruos han saltado el zarzal y lanzan sus mandíbulas contra
ti.

Fin

314

Más de una vez llegaste a pensar que había llegado vuestro
último momento, pero todo acabaron por ser fantasmas de tus
miedos. Al final la noche pasó y el alba os encontró ya muy
lejos de los grises. Todavía os espera un día de incertidumbre,
pero el peligro, aunque aún no lo sabéis, ya ha pasado. Al final
serán los soldados quienes os encuentren; el reino tendrá una
oportunidad, aunque para el pobre Itair empiece la etapa más
dura de su vida.

Fin

315

Deor te deja actuar mientras lidias con la diosa. –Excusadnos,
noble señora, –le dices tratando de no reírte haciendo
reverencias a la cabra, –pero soy príncipe y me debo a mi reino
y a todos los dioses del templo.

–¿Príncipe? ¿Tú te has visto? Pareces ya muerto, los dioses
se ríen de ti. No, mentira, se rieron de ti y ya te han olvidado.
–Aún así, noble señora, por causa de mis súbditos no debo
ofenderles.
–En fin, no sabes las riquezas que te pierdes, que tengas
suerte, en este caso, que tengas buena muerte, porque para
más no llegas. –Y, dicho eso, desaparece 305 .

316

Te recorre el terror instintivo a la caída, pero apenas dura un
instante, porque la bajada no es más de dos metros. Resoplas,
tratando de recuperar tu corazón, cuando sientes un bulto
golpeándote y derribándote otra vez al suelo. Echas manos de
la espada.

–¡Los grises! –Es Itair, que acaba de saltar sobre ti 327 .

317

Necesitáis hacer acopio de todas vuestra fuerza y astucia para
que la tapa del pesado sarcófago ceda y podáis apartar lo
suficiente para que revele su interior.

Huesos, todo esta cubierto de huesos perfectos, pintados en
blanco de plomo, solo recubiertos por una fina pátina de polvo.

–La que duerme bajo las huesos…

Sin una palabra más, escarbáis entre los huesos, con un
miedo que pronto se transforma en rabia vengativa y no os
paráis hasta encontrar el cadáver, negro como la obsidiana, de
un ser que apenas podéis reconocer como humano. La visión
os hace vacilar y en ese momento el malvado ser lanza sus
brazos al cuello de Itair. El muchacho lucha, la espada de Deor
ataca una y otra vez los brazos de la brujas, lanzando chispas, y
esquirlas de metal, hasta que los viejos miembros acaban
cortados. Librado el muchacho, seguís golpeando hasta reducir
a la bruja a una masa de polvo negro. Mientras, por todas
partes, los grises están volviendo a las sombras de donde
surgieron y la antigua maldición se va desvaneciendo para
siempre.

Fin

318

–¡Deor, arriba! –Le dices, mientras ganas tú también tanto del
árbol como puedes. Pronto los dos estáis colgados cada uno de
una rama, en el punto más débil y alto que aún puede soportar
vuestro peso.

Pero el monstruo se acerca lentamente, se yergue sobre sus
patas traseras y empieza a sacudir el árbol, que se mece como
una brizna de hierba. ¿Aguantáis 385 o tratáis de saltar al
siguiente árbol 5 339,391.

319

El hambre y las penalidades han sido demasiadas para ti. Han
pasado cinco días y ahora te revuelcas de fiebre en el fondo de
vuestra choza. Deor intentas hacer lo que puede para animarte,
pero poco a poco pierdes las esperanzas de sobrevivir. Al
atardecer del sexto día tampoco Deor se puede levantar,
apenas hablar y solo tienes la débil respiración de cada uno por
compañía. Segundos más tarde te deslizas al abismo
3 331,325 .

320

Prefieres el frío de la cima desnuda a la posible muerte hasta el
momento en que los dientes te empiezan a castañetear. Te
pegas a tu compañero buscando el calor de su cuerpo mientras
el mundo se va disolviendo en la nada.

Fin

321

Corréis, sin preocuparos por nada más, siempre hacia el valle.
Atrás han quedado grises y bestias; mientras que vosotros ya
muy lejos, camino del este, divisáis ahora el ejército del reino.
La salvación está cerca.

Fin

322

Lanzas la espada, que cae enseguida dando un sonoro “clank”.
Calculas que el suelo no puede estar a más de dos metros.
Armado con esa información te acercas con cuidado al borde y
te descuelgas despacio.

–Alteza, siga despacio, yo. –Dices mientras recuperas la
espada del suelo.
–No, despacio, no. ¡Los grises!

Un segundo más tarde el chico se ha lanzado sobre ti. Solo
por un milagro se ha librado de encontrar tu filo y no dudas
qué tienes que hacer 327 .

323

Las piedras de las hondas han llegado a golpear la balsa, y los
venablos de los grises han atravesado el agua, pero, por
vuestra habilidad o milagro ninguno os alcanzado. Entráis
ahora en el río, añadiendo a vuestras fuerzas, la de la corriente,
ganando una velocidad que vuestros desventurados
perseguidores solo podrán mantener durante quince minutos.

Después, y hasta llegar a la civilización, nadie habrá que os
persiga.

Fin

324

Os tiráis al suelo y os metéis bajo la hojarasca, mientras el gris
se aleja, mirando atrás, como vosotros habéis hecho antes. Un
segundo más tarde descubrís su perseguidor, una criatura de
tres metros, con pico de búho salpicado de sangre y hechuras
de oso. Corre derribando árboles jóvenes a su paso, atronando
la tierra a su alrededor. Casi sentís lástima del gris.

Cuando todo se calma volvéis lentamente a vuestro refugio,
donde comeréis a los pobres gazapos y esperaréis escondidos,
aguantando hambre y fatiga, hasta que los soldados os
rescaten.

Fin

325

Despiertas envuelto en mantas, en una tienda del ejército. Un
sanador está junto a ti, limpiándote los labios. Estás a salvo, te
dice, pero cuando le preguntas por Deor, baja la cabeza.

Fin

326

La vereda se hunde en la hierba, ahora tan alta como para
cubrirte hasta los hombros y pronto sobrepasará vuestras
cabezas. De hecho, cuando el viento la toca, se mece hasta
golpear suavemente vuestros cuerpos una y otra vez. Adelante
no puedes ver sino un mar de verde, arriba el cielo negro
tachonado de estrellas y atrás apenas el recodo que acabáis de
dejar atrás. 335

327

Ocho grises corren en el túnel, escuchas sus pasos, acaricias tu
espada. Itair prepara su arma. Llega el primero, muerto queda,
tres saltan, despachas a dos de dos cortes limpios, el príncipe
destripa al siguiente. Los otros cuatro dudan, y paran.

Das al príncipe señal para se agache. Las lanzas, desde el
otro lado, se mueven sin encontrar más que aire. Un salto, un
tajo de tu espada y cortas dos pies. Enrabietados, los que
quedan saltan al abismo, a clavarse en vuestros filos.

La furia tarda en pasaros, pero al fin, os sentís más fuertes
que nunca, decididos a explorar el resto de la cueva 283 o
volver al mundo 178 .

328

Una rabia asesina se apodera de vosotros cuando os lanzáis a
por el gris, pero él ni aún así os ve, solo sigue corriendo.
Segundos más tarde escucháis un trueno quebrando un árbol
mientras aplasta la tierra. Os giráis, es un monstruo de tres
metros, con hechuras de oso y un pico de búho ensangrentado
por mandíbula que ahora se lanza a por vosotros. De esto no
podréis escapar.

Fin

329

Solo un segundo sorprendéis a los grises. Un salto y
emprendéis la carrera, pero inmediatamente los tres grupos
convergen sobre vosotros. Llueven lanzas a vuestro alrededor, y
una te roza el muslo, tirándote al suelo. Te levantas, pero ya no
tendrás tiempo de escapar, lo último que ves son los ojos de
horror del príncipe cuando los grises os alcanzan.

Fin

330

Otra vez a la carrera, desde la distancia atisbas el caos que se
forma donde estaba la lanza, cómo los grises agitan las ramas a
su paso intentado mantener vuestro ritmo, quizás lo consigan.
2 370,377

331

Cuando despiertas estás envuelto en mantas, bajo la carpa de
una tienda del ejército. Un sanador está junto a ti, limpiándote
los labios.

–Ah, ya vuelve a la vida, su Alteza.
Tratas de incorporarte, –Deor, ¿dónde está?, –le preguntas.
–¿Quién? Ah, el sargento, por supuesto. Duerme, no se
preocupe por él, Alteza, mi mejor aprendiz está junto a él y
sanará.

Fin

332

La carrera os aleja del gris y pronto todo vuelve a la calma. Ya a
la tarde, reventados de hambre, llegáis a vuestro refugio. Allí
pasaréis aún una semana solitaria y angustiosa hasta que los
soldados os encuentren, desfallecidos de hambre, pero los
mejores amigos del mundo.

Fin

333

Hay una momia de un niño muerto a la entrada, atado de pies
y manos; una moneda de piedra cuelga de su cuello.

–Es un sacrificio, –dice Itair, –alguien ha sobornado a los
demonios para librarse del infierno.

Quizás, por tanto, sea buen momento para abandonar este
sitio malhado y volver a la plaza del pentágono 340 o probar
mejor suerte internándote en la selva de hierba gigante
2207,345. Por otro lado puede ser que te atrevas a seguir
adelante a pesar de esta tétrica advertencia 338.

wf2

334

Al internaros en el bosque habéis despistado a los grises por el
momento. Lo malo es que, de nuevo, habéis perdido el sentido
de la orientación y tenéis que deteneros antes de arriesgaros a
acabar en cualquier parte. Ese tiempo va pasando como la
nieve sobre las manos desnudas hasta que, al fin, Deor vuelve a
señalar al oeste.

Dos o tres horas, –no tienes forma de saberlo–, pasan sin
que nada interrumpa la rutina de troncos y ramas, pero
entonces una duda te cruza la cabeza, ¿de verdad es bueno
mantener siempre la misma dirección 382 o no sería mejor
zigzaguear un poco, a pesar del riesgo que habría que correr
2 392,87?

335

De pronto, la hierba gigante se aparta hasta acomodar una
explanada pentagonal pavimentada con losetas de piedra. En
cada ángulo hay un pilar de piedra, en cada pilar una hornacina
y dentro de ella una estatuilla. La vereda por la que llegáis
contiene una libélula de piedra en su hornacina; las otras
cuatro llevan una distinta cada una: moneda 290, espada
(295), un cuenco con agua en su interior 304 y una corona de
hojas de laurel 299.

336

Has oído que hay animales que deciden que sus presas son
todo lo que huye de ellos. Parece ser que en este caso es cierto
y lo que pasa es que la criatura mantiene su mirada en vosotros
hasta que desaparecéis de su vista y después os olvida.

Pasado el peligro volvéis a vuestra huida, pero a partir de
entonces todo está en calma. Poco a poco comprendéis que la
presencia de ese monstruo os ha salvado la vida, pocos grises
se han atrevido a internarse en el bosque y los que lo han
hecho deben haber acabado asesinados por este oso o
cualquiera de sus congéneres. Dos días más tardes, rotos de
hambre y cansancio, os abrazáis el uno al otro, llorando, ante la
patrulla de caballería que ha venido a vuestro rescate.

Fin

337

Lo que encontráis es un colgante de madera, con forma de alas,
cubierto de glifos mágicos, que reconoces como un amuleto de
protección, del tipo que se pondría un pastor o un trampero
que se viera forzado a venir por estas tierras. Sin dudarlo, te lo
pones, quizás su magia o la confianza que te hace ganar, te
ayuden un poco 208

Detrás de la momia sacrificada, la cripta es sorprendente
sobria. Solo hay un pasillo estrecho de piedra desnuda donde
ni el moho crece ni los insectos reptan. Hay luz que se cuela
desde una hendidura en el techo pero ni el menor rastro de
agua ni vida. Por fin, –han sido dos minutos pero os ha
parecido un siglo de miedo–, llegáis ante los restos de una
puerta de mármol partida en dos. Itair te tira del brazo, como
lo haría un chiquillo, para que no sigas adelante, pero llegados
a este punto ya no hay vuelta atrás y atraviesas el tétrico
umbral para descubrir un tesoro inmenso.Ante vosotros, brillando resplandeciente, en el centro de la
cámara circular fría y desnuda, como sacada de una fábula
antigua, tumbado en el suelo, aparece un sarcófago de plomo.
Es, de largo, como la altura de dos hombres, de alto os llega a
los hombros y lo suficientemente ancho como para alojar un
caballo.
Cuando se os pasa la emoción, caéis en la cuenta de que es
demasiado pesado y ancho como para poderlo sacar de aquí.
¿Abandonas pues el descubrimiento, volviendo a la plaza del
pentágono 340, o internaros en la selva de hierba gigante
2 207,345? ¿U os atrevéis a abrir el sarcófago? 317

339

Por poco, pero lo has conseguido. Te has estrellado contra dos
ramas, pero tus manos se han asido a ellas y das por buenos
los rasguños de piernas y brazos y el moratón que te va a salir
en la cara.

Haces señas a Deor para que te imite, pero el sonríe y niega
con la cabeza. Mientras, el monstruo duda, va de un árbol a
otro sin decidir qué hacer hasta que, tras tres idas y venidas,
prosigue su mortal trabajo con el árbol de Deor hasta que el
veterano guarda se suelta y se estrella sobre el suelo.

Desde tu precario refugio, lleno de vergüenza y miedo, pero
vivo, tienes que contemplar como la bestia lo devora hasta
dejar poco más que sus huesos y entonces, satisfecho su
hambre, desaparece entre los árboles.

Aprovechas la oportunidad para descender y escurrirte tú
también entre las sombras. Horas más tarde encuentras una
lobera abandonada, en la que te arrastrarás hasta que, dentro
de una semana, casi muerto de hambre y frío, te rescaten tus
soldados.

Fin

340

Volviendo a la explanada pentagonal escucháis unos extraños
ruidos, probablemente no sean nada. Cuenta el número de
veces que has estado en esta sección, incluyendo esta, y
súmale el resultado de un dado, sin contar positivos ni
negativos. Si la suma es de 7 o más ve a la sección 294.

Si es menor ahora puedes escoger un nuevo camino, ya sea
el de la moneda 290, el de la espada 295, el del cuenco con
agua 304 o el de la corona de hojas de laurel (299). Si estás
harto de estos caminos siempre puedes tratar de internarte en
la jungla de hierba 2 207,345.

341

En cuanto desaparecéis de la vista de los grises, ocultos por el
bosque, giráis bruscamente y os escurrís buscando un lugar de
ventaja en el límite del robledal. Encontrado, esperáis
agazapados , a que el último de los grises entre en él siguiendo
vuestro rastro y entonces serpenteáis silenciosos y rápidos de
vuelta a la Montaña de los Espíritus.

Pasará una semana, los grises os buscarán en el robledal, en
la llanura y en los ríos, pero en todas partes encontrarán las
espadas de los soldados y serán muertos. Después,
hambrientos y hechos polvos, recibiréis a vuestros
rescatadores con una sonrisa porque se ha salvado el reino y el
mundo.

Fin

342

La barquera lleva la barca hasta vuestra menguante isla, y sin
hablar ni hacer ningún gesto, deja que entréis. Justo en ese
momento una prodigiosa transformación os alcanza, ya no
sentís el movimiento de vuestros corazones, ni el hálito en
vuestra boca, ni sentís ya ni miedo, ni frío, ni odio, ni alegría ni
esperanza. Habéis muertos y solo quedan vuestras almas que la
silenciosa barquera transporta a su mundo, hasta el fin de los
tiempos.

Fin

343

Como por milagro habéis acabado los dos corriendo solos,
inmensamente solos, lejos de los grises que nunca más
volverán a encontrar vuestro rastro.

Fin

344

A punto estuviste en la bajada de caerte desde catorce metros.
Fue por tu poca cabeza, por estar más pendiente del príncipe
que de dónde pones tu pies, pero al final pudiste salir del
percance y debes dar gracias a los dioses por ello. Ahora, todo
olvidado, estáis los dos a salvo, corriendo hacia los bosque del
este donde los grises encontrarán las espadas de los soldados
antes que a vosotros.

Fin

345

La hierba ha conquistado este rincón del mundo hasta hacer
desaparecer todo lo demás. Además tanto la terrible jornada
de ayer, como la noche sin dormir, la falta de agua y comida os
han robado las fuerzas y la atención. Os habéis perdido y no
descubrís a los insectos que vuelan asustados entre las plantas,
ni a las ranas que saltan a sus charcos para cubrirse de barro, y
menos a los grises que sistemáticamente os han ido rodeando
y que dentro de diez segundos saltarán sobre vuestros cuellos.

Fin

346

Os quedáis como conejos hasta que el gris se retira y
desaparece de vuestra vista. Seguís así un largo rato, hasta que
se desvanece también el silencio y vuelven los tranquilizadores
sonidos de la naturaleza. Solo entonces os internáis en el
matorral, la espesura que será vuestra casa una semana más,
ya lejos de los grises, hasta que, cubiertos de polvo y mugre, os
encuentren los soldados de la Ciudadela del Búho.

Fin

347

La barquera ha desaparecido, las aguas os suben hasta las
rodillas y pronto os separan de la tierra. Desesperados, hacéis
lo indecible por nadar, pero la corriente es demasiado fuerte y
os conformáis con tomar aire, de cuando en cuando, mientras
la corriente os arrastra a su placer.

Horas más tarde el río de tu niñez arroja vuestros cuerpos
exánimes sobre la playa del palacio, despojados de todo. Es el
príncipe, grita una sirviente, y al poco os rodean docenas más y
en ese momento te dejas caer en el sueño, contento de haber
alcanzado el caprichoso favor de los dioses.

Fin

348

Ríes cuando cortas el aire, espada y escudo en ristre, como
cuando eras joven; el príncipe te sigue, ambas manos a la
espada y los grises os miran incapaces de entender vuestra
furia. Brillan vuestros filos, bailan vuestras espadas, los grises
caen, nada más podéis ver, nada más recordar; todo ha
sucedido con el favor de los dioses. Sonreís de nuevo porque,
de alguna manera, sabéis que aquí acaba vuestra pesadilla y
comienza vuestra aventura.

Fin

349

Camináis durante horas, sin ver el fin de esta jungla, hasta que,
va desapareciendo poco a poco, sustituida por la inmensa
estepa de las Tierras Salvajes, que se extienden hacia el sur.
Necesitaríais provisiones y fuerzas para atravesarlas, y la
desesperación no os impide adivinar que los grises os verían
desde kilómetros. Resignados, os internáis en la selva (207).

350

La flauta es un espíritu que baila bajo las aguas, ¿qué otra cosa
podría ser en esta laguna? Un espíritu que os atrae y atrapa,
entre las cañas, junto a ella, donde, disueltos en notas y
silencios, os convierte en aire y os añade a su música.

Fin

351

Crees que estuvisteis a punto de escapar, pero no tendrás
tiempo de lamentar ni aprender de tus errores, porque las
lanzas y las piedras de las hondas han herido vuestros cuerpos
y vuestra sangre se disuelve ahora en el río mientras vuestra
vida se apaga lentamente ante el regocijo de los grises.

Fin

352

Cuando ignoraste al gris cometiste un último error, porque os
descubrió al primer movimiento y se señaló vuestra presencia a
una docena de sus malditos compañeros. Después fue una
larga persecución, una corta lucha y la muerte.

Fin

wf1

353

Lo primero es la victoria, salir vivos, dejar bajo sus huesos a la
que nunca debió convocar a sus demonios. Hoy vuestras
huellas, marcan la tierra que apenas os ve, unidos al viento que
levanta vuestros cabellos. Atrás, cada vez más, atrás, los grises,
gastando sus fuerzas en dolor, por mantenerse cerca de
vuestro entusiasmo, y tras media hora uno, tras otro, los grises
se derrumban en su propio sudor. Los espíritus del monte os
han poseído, han esperado todo este tiempo para elegiros
como vencedores.

Eso, o es que habéis sido mejores.

Fin

354

La última carrera ha terminado en el interior de una marisma, a
la sombra de los espíritus. Habéis llegado aquí por no pararos a
pensar por pura casualidad y el destino; de haber seguido el
camino más lógico, los grises os hubieran perseguido por la
llanura, pero aquí estáis, rodeados de charcas, árboles y
mosquitos, lejos de cualquier gris y cerca de los soldados que
ya se aproximan a rescataros.

Fin

355

La súbita carrera sorprende a los grises, que se habían quedado
en el borde del precipicio. Sus hondas y sus proyectiles
acompañan vuestra huida, sin haceros ni un rasguño; vuestra
audacia y la poca luz os protegen hasta que desaparecéis en un
bosque cercano, más allá de sus últimos y desesperados
intentos por alcanzaros.

Fin

356

Das un toque al príncipe y giras bruscamente, a donde quieran
conducirte los dioses. Corres, aceleras, te gastas el alma en los
pulmones, arrancando metros a vuestros perseguidores antes
de que descubran qué ha pasado.

Y el engaño funciona, porque, cuando el alba os encuentre
rendidos en el suelo, no habrá rastro de los grises 314

Fin

357

Con sumo cuidado intentas encender un fuego, pero después
de diez intentos tienes que desistir. Si estuviera Deor, podría
hacer esto en cinco minutos, pero solo eres un príncipe que no
sabe nada de la vida en el bosque y ni frotando palitos ni
estrellando piedras consigues nada más que chispas que no
llegan a prender. ¿Qué hacer? ¿De verdad tienes confianza en
que podrías sobrevivir en el bosque tu solo 365 o convocas al
espíritu de Deor para que te enseñe el secreto del fuego 396 ?

358

Algunos de los grises se arriesgan a arrojaros sus proyectiles,
pero enseguida os ponéis demasiado lejos para ellos. Los
monstruos se lanzan al agua en cuanto comprenden vuestras
intenciones y respondéis remando aún más deprisa, dejándolos
atrás fácilmente, mientras intentan sobreponerse al fango y la
corriente.

Llegando a la orilla saltáis y corréis, tan rápido como podéis
al principio, para perderlos de vista. No lo sabéis todavía pero
los grises tendrán que renunciar, como no podía ser de otra
manera, a cruzar el lago y para cuando consigan fabricar su
propia balsa ya estaréis demasiado lejos. Aún os queda una
semana de supervivencia al aire libre entre fieras y lluvias; nada
que, después de lo pasado, se os ocurra llamar peligro.

Fin

359

Debe haber sido los nervios, la precipitación, el temor de
perder la vida, pero lo que pasa es que falláis la mayoría de las
piedras y las que aciertan caen tan suaves sobre los grises que
ni las sienten. No os queda otra que salir a correr 4 354,397

360

Los grises se han evaporado. Aquí los árboles son más altos y
los arbustos más espesos, aunque muchos estén aplastados. El
origen de todo esto está a vuestra izquierda, a solo cuarenta
pasos, un oso del tamaño de una casa, pero al que, como a los
grises, le falta la cabeza. No es un corte limpio, pero tampoco
una herida animal, sino como hecha a hachazos. Quizás sea la
obra de un espíritu, uno como el que os observa ahora mismo,
con cuerpo de gigante, enarbolando una alabarda en cada
mano, que se aleja de vosotros con su barba pintada en sangre.
Asustados, pensáis en dejarle ir, pero luego una idea loca se os
mete en la cabeza y lo seguís a él, a buena distancia, pero sin
perderlo de vista hasta que desaparece en las brumas de la
montaña. Para entonces los grises están muy lejos.

Fin

361

Desenvainas y te das la vuelta, para descubrir a los grises en el
borde del acantilado. Durante un segundo el único sonido que
resta es la respiración del príncipe, mientras se prepara para la
acometida que va a de venir. Justo después escuchas su grito,
es una piedra de honda, que le ha alcanzado. Está tendido en la
tierra, con la cabeza ensangrentada, incapaz de reaccionar. Te
agachas junto a él, una lanza se clava junto a tu pie, aún
respira, lo levantas y cuando te lanzas a correr una lanza se
clava en tu cuello.

Fin
desfiladero

362

El tiempo que habéis perdido en el pinar se lo habéis dado a los
grises para que encontraran vuestro rastro. Ahora os han visto y os
están esperando con armas envenenadas. No tendréis ninguna
oportunidad.

Fin

363

–Hola, dejad que me presente, mi nombre es Muerte y, hasta
ahora, he tenido mucha paciencia con vosotros. Me debéis un
muerto y no os veo amar tanto la vida como para que merezca
las inconvenientes a los que los dioses me someterán por
vuestra causa.

Esta presencia, que ha interrumpido vuestro paso, es un
joven pastor, con todos los aperos de su oficio, y un collar de
esclavo. Su rostro os sabe a un amigo largo tiempo perdido,
pero sin poder concretar quién es, pero lo más inquietante es
que su rebaño son esqueletos de cabras.

–¿Queréis un sacrificio? –Suplica el príncipe.
–¿Yo, Muerte? Me sobra el trabajo.
–¿Un templo, quizás? –Añades tú.
–Millones de cementerios me recuerdan. No, negociaré con
vosotros, dejo eso a los demoncillos del tres al cuarto, no es
digno de Muerte. Solo os exhorto a que viváis antes de morir, y
ahora, callad.

Y calláis, porque su magia no os deja musitar una palabra, ni
hacer un gesto, mientras el rebaño y su pastor se alejan hasta
que no queda más que sus campanillas y después ni eso 95 .

364

Os ponéis a construir una red con la rapidez que da el hambre,
pero no será lo bastante rápido, porque, antes de que podáis
terminarlo, una lanza te atraviesa el cuello desde detrás de las
cañas. Lo último que ves antes de morir es a tu compañero
lanzándose al agua en un desesperado intento de sobrevivir.

Fin

365

No estabas preparado, en absoluto, para los días que has
sufrido. No has conseguido cazar, apenas has conseguido
comida y las bayas que comiste ayer te hicieron arrojar. Incluso
en verano las noches en este bosque han sido frías y terribles.
Te duelen todos los huesos, tienes los labios llenos de llagas, la
piel hecha lija y apenas te sostienes en pie.

Más todo eso va a dar igual en un segundo, justo cuando
escuches la batalla entre los soldados y los grises; la misma en
la que los monstruos van a ser exterminados.

Fin

366

El viaje a la cima empieza relativamente fácil pero se va
complicando con la pendiente y el terreno, que os lleva a
sustos, caídas y algunos arañazos en las rodillas del príncipe.

Cuando la oscuridad llega a su plenitud con ella, casi como
una maldición, llega también el ulular terrible de los grises.
Quisieras saber si se están comunicando algo o solo buscan
destrozaros los nervios. En cualquier caso suenan demasiado
cerca.

Tu primer impulso es arrancar a correr mientras aún podáis
ver un poco 3 146,103 , pero tal vez prefieras deslizarte
sigilosamente entre las sombras 4 23,169 .

367

Seguís adelante, entre las raíces y el musgo que aquí crece
tupido y brillante. Vais muy despacio y así evitáis las traiciones
que, en forma de súbitas caídas, alberga este bosque anclado a
las peñas. Más bien aprovecháis los troncos y ramas de agarre
y así, poco a poco, protegidos por la espesura, descendéis el
Monte de los Espíritus. Cuando los grises descubran vuestras
formas, desde sus improvisadas atalayas, ya estaréis demasiado
lejos. Pronto os reuniréis con los soldados que os buscan.

Fin

368

Más ligero y más ágil al principio sacáis más metros a los grises,
pero estos os imitan, soltando también sus armas. No las
necesitan, sencillamente son demasiados. Poco a poco os van
arañando metros, hasta que os alcanzan y es el

Fin

369

Imitáis la llamada de los grises muy bien, demasiado bien. No
lo sabes todavía pero estáis atrayendo a los grises que pronto
se congregarán en torna vuestra rodeándoos hasta que os sea
imposible escapar.

Fin

370

Ha sido una carrera salvaje, pero una vez más habéis
conseguido despegaros de vuestros perseguidores hasta
conseguir perderlos de vuestra vista en lo más profundo del
bosque. 334

371

El chico estaba equivocado, este lugar ya no era seguro;
demasiadas cosas habían pasado como para pensar que los
grises no hubieran detectado nada inusual por aquí. Y siguieron
mandando exploradores, hasta que no os quedó otra que salir
a la cima a toda prisa 366 .

372

Conservar las pesadas armas y la armadura fue una mala
decisión que solo consiguió retrasaros, más y más, dando a los
grises la oportunidad que necesitaban, para descubriros y
rodearos en esta zona de cañas y lodo donde es imposible
correr y casi imposible luchar.

Fin

373

–Deor, rápido, –Itair te sacude el hombro, –hay un peligro.
–Alteza, ¿los grises? –Ahora despierto, te fijas en sus ojos, a
punto de llorar de miedo.
–No, hay dos grises, pero muertos, no tienen cuello, ni
cabeza, solo tienen sangre.
–Calma, Alteza ¿Ha visto a sus asesinos?
–No.
–Da lo mismo, tiene razón, es un peligro. Salgamos de aquí.
–¿A la cima del monte 366 o nos damos la vuelta y nos
escurrimos entre los grises 360 ? Tienen que estar asustados.

374

La certeza de la muerte disipa tu miedo. Vas a afrontar a esos
grises cuando vengan, con tus armas, y tu valor y tu carcajadas
y a contar a los que mates antes de que la muerte tome tu
vida. En cuanto al príncipe, solo puedes esperar que tu
sacrificio sirva para algo.

Fin

375

Era solo una medida desesperada, la idea de un niño, pero ha
dado resultado. Habéis pasado dos horas pegados a ese tronco,
rezando a los dioses; tú has prometido siete templos para
cuando llegues a reinar. Quizás por eso los grises no han
acabado por encontraros y ahora se alejan y también se abra
ahora un rayo de luz que ilumine vuestro camino hasta la cima
del Monte de los Espíritus 45.

376

Saltas sobre uno de los grises, y le clavas tu espada en la
espalda. Sangra, pero se revuelve, junto con su compañero y
como rayos intercambiáis golpes. El primer gris, herido otra
vez, expira, borboteando sangre negra y tu caes al suelo,
empalado por una lanza que se ha roto en tus entrañas.

Fin

377

La tierra, la única que tienes, la única que tendrás, acogerá tu
sangre cuando los grises lleguen junto a ti, hieran tus rodillas y
te rematen en el suelo; porque esta vez su velocidad ha
superado a la vuestra.

Fin

378

Decidís que sea Itair el primero que descienda por el pozo.
Atado a la soga, es solo cuestión de ir descendiendo poco a
poco y esperar que lo que haya allá abajo, sirva para
esconderse.

Pero lo que encontráis no es nada más que la humilde agua
y, descorazonados, os dais toda la prisa posible para salir de
aquí, y, aunque retrasados , elegir de nuevo si lanzaros a correr
por la pendiente desnuda 383 o meteros por lo que parece el
Jardín de la Bruja 200 .

379

Tus pensamientos desvanecidos vuelven a ti tras la carrera,
tumbado en la tierra, el viejo corazón dolorido y encabritado. El
príncipe está junto a ti, envuelto en sudor y polvo como
cualquier otro chico. Están lejos, lo sabes, todavía arrastrando
sus incómodas lanzas, y han perdido vuestro rastro. Para
cuando lo recuperen ya os habéis encontrado con los soldados
que hace tiempo han partido en vuestro rescate. Lo habéis
logrado.

Fin

380

Reptáis muy lentamente, cuidando de no mover los tallos de la
hierba gigante, ganando distancia poco a poco hasta quedar
más allá de sus ojos y sus orejas. Después, seguís más rápido,
pero sin atreveros, durante horas y horas, a poneros en pie
207.

381

Corréis, pero los grises ya estaban sobre vuestra pista y al salir
corriendo solo habéis revelado a todos vuestra posición exacta.
Ya estabais rodeados y ahora estrechan el cerco desde todas
partes, relamiéndose en el dolor que os van a causar.

Fin

382

No te equivocabas cuando pensaste que ahora ya no podrías
perderte. Tampoco se equivocaron los grises cuando previeron
hacia dónde ibas a ir y cuando decidieron el lugar desde dónde
os esperan emboscados.

Fin

383

La primera media hora no sorprende vuestro camino, pero
justo después la masa gris de la horda asesina, inmensa como
el horizonte, aparece tras vuestro camino. Ululando, los
monstruos cargan contra vosotros cuesta abajo, obligándoos a
correr hasta que el príncipe no puede más y cae. Aceptando tu
destino lucharás con el y antes de que su noble sangre manche
el suelo, algunos grises verán sus tripas en el polvo.

Fin

384

No queréis interrumpir a ningún santón en este monte de los
espíritus, lo que seguramente sea una buena idea cualquier día
normal. Pero este es un día en que todo está infestado por los
grises, en el que contáis con heridas y cansancio y en el que
vagáis de un lado para otro hasta que las diosas, los dioses y los
espíritus deciden que ya se han divertido lo suficiente con
vuestra amargura. O quizás sea una realidad tan sencilla como
que tarde o temprano los grises iban a acabar por asaltar este
jardín de la bruja y atraparos.

Fin

trasbatalla2

385

Aguantas unos horrorosos quince minutos hasta que tus brazos
pierden fuerzas y caes estrepitosamente al suelo. Rotas tus
piernas, el monstruo solo necesita un rápido zarpazo para
dejarte sin vida.

Fin

386

Atravesáis la corriente y seguís adelante, con la suerte de salir
del bosque justo cuando la noche acababa de imponer su
fuerza. Encontráis ahora el este en las estrellas y desde aquí
iniciáis un camino largo, evitando los peores peligros del
terreno, tanteando cada paso, hasta que aparecéis en las faldas
de la montaña 388.

387

Tu cara pide perdón cuando el cambio de rumbo que sugeriste
os lleva directamente a los grises, pero no hay sombra de
reproche en el rostro de tu amigo. –Morir no importa, –te dice,
–es el fin de todos. Lo único que importa es cómo vivimos y
como afrontamos la última hora. Y dicho eso alzáis vuestras
armas ante la horda monstruosa.

Fin

388

La noche a esta altura tan baja es cálida en verano y conseguís
cubrir tanto terreno que ganáis confianza en que los grises no
sean capaces de encontraros, por lo menos no antes de que
alcancéis la salvación del fuerte. Sin embargo cuando va
acabando la noche os topáis con un obstáculo imprevisto. Es la
misma hierba que ha venido creciendo hasta hacerse gigante.
Ahora mismo ya os cubre hasta los ojos y es tan espesa que
podría llamarse jungla.

Si os internáis en ella vuestro futuro quedaría en manos de
la diosa de la suerte 3 207,345 ¿Pero qué otra opción os
queda? ¿Rodear la jungla de hierba hasta encontrar un terreno
más despejado 349 ?

389

Tras un rato la criatura decide que no sois buenos para comer y
os deja en paz, abandonando vuestro árbol a todo correr.

–Deor, lo siento, pero lo hemos intentado a tu manera y
creo que es peor, no vamos al oeste 282

390

Venciendo el miedo, os aproximáis a la entrada de la choza y
llamáis. Os recibe el toque de una pequeña campana de cobre
bruñido y después un rostro amable, joven, calvo, envuelto en
una toca negra.

–Ah, una interrupción, o mejor dos interrupciones, pero
tranquilos que no les amasaré como si fueran un moco viejo. Si
tienen necesidad la atenderé, si quieren meditar conmigo les
doy mi bienvenido, pero de otro modo les ruego marchen
como esas nubes. Soy Kyonin, un aprendiz de la realidad nada
interesante.
–No, señor, –así se dirige a él, el príncipe Itair, –necesitamos
su ayuda, nos buscan para matarnos.
–Y casi lo han conseguido por lo que veo. Bien, éste es un
sitio ruidoso y tengo mis trucos, –dice mientras desplaza con el
pie descalzo la alfombra de la choza. Bajo ella hay tierra, que
con una mano aparta para descubrir una trampilla de madera.

Entráis, uno detrás de otro, en una cámara esférica del más
lóbrego aspecto, de asientos de tierra aplastada, un cuenco de
agua en el centro y, en cuanto Kyonin cierra la trampilla, de la
mayor oscuridad y silencio.

–Podéis elegir qué hacer mientras os buscan vuestros
asesinos, pasar miedo o meditar, yo ya sé lo que hacer, –y
dicho eso, el monje toca una campana, 2 312,394

391

El salto no fue suficiente y caíste antes de alcanzar el otro
árbol. Ahora yaces en el suelo con cuatro huesos rotos ante un
monstruo que ya se dirige a rematarte.

Fin

392

Los miedos acompañan cada uno de vuestros pasos y las horas
se empeñan en ir desgastando vuestras fuerzas. Cuando llega la
noche apenas os queda energía para seguir adelante, pero
tampoco podéis dormir. Camináis por tanto, tambaleándoos,
dejando que os guíen las pocas estrellas que desde lo alto se
cuelan entre las copas hasta que, al salir el alba, el paisaje se
transforma en una inmensa pradera salpicada de humedales,
poblada de toros salvajes, de lobos y corzos, de osos y conejos
y hasta bestias gigantes, pero sin el menor rastro de grises. Aún
os espera un gran viaje, una inmensa aventura, pero, de
momento, la muerte aún no podrá hacerse un festín con
vuestros huesos.

Fin

393

La luz del día os amplía las opciones, tenéis una zona de
pendiente despejada, sin más obstáculo que alguna roca que
los torrentes han arrastrado los días de lluvia 383 . Sin contar
eso, también hay una gran área de espinos, secos y duros, que
parece el jardín de una bruja 200 y, por último, por extraño
que parezca en este tierra desolada, un pozo, con su soga para
el cubo 378 .
wf5

394

Cuando al final os encuentran los grises no hay nada que
podáis hacer. Ya hayáis elegido meditar, despreciando aquello
que no podíais controlar o hayáis preferido revolcaros en
vuestros preocupaciones, nada tiene importancia, porque en
unos segundos las lanzas os atraverán una y otra vez, hasta que
no queda de vosotros nada más que un amasijo de carne y
sangre.

Fin

395

A las primeras de la madrugada, aún haciendo por despertarte,
te sorprendes agarrándote a una rama con todas tus fuerzas.
Miras abajo, es una criatura de leyenda, más alta que cualquier
oso, con su pelo, el triple de su constitución y un salvaje pico
de águila en su boca. Esta agitando el árbol, parando solo para
miraros. ¿Aguantáis 389 o tratáis de saltar al siguiente árbol
5 339,391

396

Nada se aparece ante ti a pesar de tus oraciones. Lloras
desesperado y te parece oír, en tu mente, una voz familiar que
podría proceder de tu propia imaginación, si no fuera porque
su tono es algo distinto del que estás acostumbrado.

–Siga intentándolo, maldito imbécil, y por lo que más
quiera, nada húmedo ni verde.

Y sigues éste, el que puede ser último consejo de Deor,
hasta que se produce el milagro de la chispa. A partir de ahí es
solo cuestión de introducir ramas y hojas secas hasta que
consigues tu cosecha de ceniza.

Ahora viene la parte desagradable de desnudarse y
embadurnarse de ceniza y la parte peligrosa en la que caminas
entre los grises, evitando acercarte a ellos, pero sin huir,
dejando que la distancia, la ceniza y tu valor desesperado les
confunda. Pasas así el día más terrorífico de tu vida, hasta la
mañana siguiente cuando, completamente solo en medio del
mundo, encuentras el río más bello del mundo y te bañas en él.
Muy cerca, cabalgan ya hacía ti, doscientos soldados del reino,
que te encontrarán desnudo, lo que, llegados a este punto, te
da absolutamente igual.

Fin

397

Habéis tratado de correr, pero esta vez vuestros esfuerzos no
han sido suficientes. Quizás haya sido el sudor derramado, si no
la sangre, quizás equivocaras dónde zigzaguear; lo único cierto
es la piedra de honda que ha alcanzado tu nuca y te ha
derribado, ciego e indefenso.

Fin

398

Vuestras desventuras acaban en una caída en una poza oscura,
llena de agua hedionda, entre un ciervo agonizante y los
huesos de las otras criaturas que han caído aquí antes que
vosotros.

Fin

399

Verano, hay un chico metido hasta las rodillas en un arrozal
bajo una lluvia lenta. Sabes que sueñas; has muerto y
resucitado siete veces desde que te clavaron la lanza en las
entrañas. Del cuerpo solo sientes la cabeza y la herida, apenas
notas las manos que te sujetan y tu mente entra y sale de
fantasías. Se te agotan las fuerzas, tanto que hasta el miedo se
ha debilitado, vives en un pequeño universo de dolor y sopor
del que no esperas salir nunca hasta la oscuridad.

Vuelves de pronto a ser el chico del arrozal, hay una niña
que se te acerca, te abraza y te besa. Su rostro es el rostro de
tu amor, al que viste morir y lloras.

El mundo se para. Te dejan sobre la hierba y unos dedos
muy fríos te palpan la garganta. Toses y abres los ojos: es uno
de los guardias de palacio, pero te cuesta recordar su nombre,
Deor. Su mirada te confirma lo que ya sabes, vas a morir y no
sabes si llorar o agradecer. Todos han muerto, tu madre, tus
hermanos y tu primer amor; tan muertos como el padre que
nunca conociste, el Rey muerto en batalla. Sonríes, de niño
soñabas con ser como él, ahora ya sabes qué se siente, ahora
que vas a morir y todo acaba.

De pronto te sientes levantado en el aire. ¿Qué está
pasando? Miras al hombre que esquiva tu mirada mientras se
interna contigo en el arroyo. Inmediatamente un escalofrío te
recorre el cuerpo, va a meterte en el agua hasta que mueras o
los dioses te resuciten. Protestas, si tuvieras tiempo para
pensar le dejarías hacer porque no tienes esperanzas de vivir,
pero es tu instinto el que lucha. De todas maneras ni siquiera te
escucha cuando tiende tu cuerpo sobre el agua. Un segundo,
dos y después te hunde con todo su peso, atrapándote contra
el lecho del río. Luchas, durante seis segundos hasta que sin
fuerzas te duermes. Vas a morir y te alegras de que todo acabe.
Ya se ha ido el dolor, ya todo está en calma hasta que, de
pronto, te vuelven las fuerzas. Vuelves a luchar y esta vez te
levantas, lanzando el guardia al agua, vivo, tan fuerte como
antes de la emboscada.

Pero no tienes tiempo para alegrarte. Detrás del agua
descubres a uno de los grises, aquel cuya lanza casi te lleva a la
muerte, corriendo hacia vosotros con su piel de ceniza, sus ojos
sin pupilas y su sed de muerte. Gritas y Deor desenvaina su
espada. Tú, con tus quince años, tus finas ropas, desarmado y
descalzo, ¿aprovecharás para huir? 2 72,181 o ¿intentarás
ayudar al guerrero? 2 86,28

wf2

400

–Alteza, –te dice Deor interrumpiendo tus pensamientos, –
no podemos estar muy lejos de la Ciudadela del Búho.
–Vale vamos… espera, espera ¿cómo de cerca?
–Dos, tres días, hacia el este, depende de los que pase,
alteza, pero no necesitamos llegar a sus muros, su guarnición
saldrá a buscarnos en cuanto piensen que algo le ha podido
pasar a, a…
–A la reina, mi madre. –Completas guardando la
compostura.
Piensas que la idea de Deor no puede ser demasiado mala,
al menos es una esperanza, pero quizás los grises, o quien sea
que los mande hayan previsto tal ruta. ¿Decides ir al oeste
donde no hay sino tierras salvajes 282 o decides seguir el
consejo de Deor 300 ?

3 comentarios sobre “Últimas Esperanzas, Librojuego

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