Cuatro – El Gran Engaño

El gran engaño

Ventana condenada con periódicos
Foto CC -by Jurek

Me perdí el gran engaño. Para los que no estuvistéis en España el 23 de febrero pasado os cuento que un famoso periodista de aquí montó un documental que cambiaba la historia de España. Solo había un pequeño detalle: al final reconocían que todo era una farsa.

A la mañana siguiente los españoles parecíamos divididos en dos bandos: los que juraban no haberse dejado engañar y los que reconocían que sí lo fueron. Y también en otros dos bandos: los que les parecía bien, e incluso útil la broma y los que no aceptaban que se hubiese jugado con su confianza.

Pues bien, yo cuando echaban el documental me encontraba leyendo un libro. La verdad es que, quizás para mi mal, hace años que desconfío de los medios de masas. Quizás porque desde joven me tocó descubrir en primera persona las discrepancias entre la realidad y los productos de la industria periodística. Y no, no es que exista mala intención ni, necesariamente, mala profesionalidad, es que el mercado, o sea nosotros, impone, imponemos unas demandas que hacen difícil la búsqueda de la verdad. Incluso, antes de fustigar a la prensa, deberíamos reflexionar si, en realidad, queremos conocer la verdad o oír lo que queremos escuchar.

La noticia “fast food””

¿Estamos obesos de informaciones? ¿Consumimos demasiadas noticias “fast-food”? Matan a una niña, tres minutos después queremos saber quién lo hizo, como, por qué, un análisis psiquiátrico de su personalidad y cuántos años se va a pasar en la cárcel. Exigimos una respuesta inmediata de las autoridades y ¡ay de ellas como se equivoquen! Entonces diremos que deberían haber esperado o sospecharemos que “nos ocultan algo”.

Hemos creído que consumir noticias es gratis. Ya hace demasiado tiempo que la mayoría de nosotros compra un periódico regularmente. ¿Para qué? Está la televisión, la radio, Internet y hasta el móvil para ofrecernos más contenidos de lo que somos capaces de consumir y además frecuentemente los mismos que los ofrecidos por la prensa escrita. Añada usted una crisis y ya sabe por qué el periodismo ha perdido su “glamour” en España. Ese “todo gratis” esconde que el coste que tiene la glotonería de noticias: tiempo y distracción. Perdemos tiempo en cosas que nos son intrascendentes —porque nada hacemos para cambiarlas— o que están fuera de nuestra capacidad, —no, Messi no te va a llamar para pedirte consejo—.

Todo momento excesivo de consumir noticias es un momento perdido a crear, a leer a Platón, a jugar, a amar, a estar con alguien, a sonreír, a disfrutar del silencio y de los placeres sencillos.

No existe obligación de “estar informado”

Yo no abogo por la abstinencia de noticias. Mi causa es más sencilla: liberarnos de la obligación de “estar informados”. Se dice que para opinar hay que estar informado. Pero, ¿para qué quiero opinar? ¿Ego? ¿Para confirmarme a mí mismo que los “míos” tienen razón y siempre la tendrán? ¿Para saber más que alguien? ¿Por el miedo a “perdernos algo”? Pues tranquilo, siempre te perderás algo.

Si las noticias son entretenimiento y espectáculo es porque queremos que sea así. El problema es que nos hemos equivocado. No necesitamos “estar informados” todos los días, de todo y a todas horas, no necesitamos tanta distracción, ni tanta distracción. Necesitamos vivir.

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